Los Hijos de la Peste 22
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Al día siguiente, Vargas se desplazó hasta el Instituto de Ciencias Forenses de Santiago de Compostela. La habían avisado temprano de que la autopsia de Quiroga había concluido.

El Instituto de Ciencias Forenses estaba ubicado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela, un edificio de piedra de arquitectura sobria, con una fachada austera que reflejaba su carácter académico y científico.

Se accedía a través de un portalón de estructura sencilla, flanqueado por muros robustos y ventanales altos que dejaban pasar la tenue luz del día.

En su interior, largos pasillos de suelos de mármol y techos altos acentuaban la solemnidad del lugar, donde se realizaban autopsias, exhumaciones y formación para futuros médicos forenses.

Vargas esperó a que la doctora encargada de la autopsia la recibiera. Aguardó pacientemente en una sala cuyas paredes estaban pintadas de un verde mortecino.

Cuatro bancadas con cinco banquetas de madera, algunas bastante estropeadas, estaban ocupadas por visitantes cuyos rostros reflejaban la desesperación de una pérdida reciente.

Vio a un hombre mayor, de unos setenta años, vestido con un traje oscuro, absorto en la lectura de un libro de bolsillo.

También divisó a una mujer de mediana edad, con la mano apoyada en la mejilla y la mirada perdida.

La estancia carecía de decoración, salvo un reloj de pared, tan sobrio como el lugar.

Su tic-tac resonaba con una precisión casi insoportable en el silencio opresivo de la sala.

Vargas se sentó y su mente viajó a un momento del pasado: en ese mismo edificio, había acompañado a Lucía a reconocer el cuerpo de su hijo Quique.

Recordó el llanto desconsolado de una madre que acababa de perder lo que más quería en el mundo junto a su propio estado de catalepsia emocional, sintiendo cómo su alma se rompía en mil pedazos.

Pensó en la mano de Lucía, que rechazó la suya con brusquedad cuando intentó consolarla. Ese gesto levantó un muro definitivo entre ellas. Desde entonces, no volvieron a verse ni a hablar.

Una lágrima resbaló por su mejilla, y Vargas la secó con un rápido movimiento de la mano.

Perdida en aquella ensoñación, regresó abruptamente a la realidad cuando una mujer de mediana edad, vestida con un batín blanco, preguntó por ella.

La mujer tenía el pelo rubio teñido y recogido en un moño.

Vargas percibió en ella un cierto aire descuidado, quizá fruto de las largas horas dedicadas a su trabajo.

Sobre su pecho colgaban unas gafas de pasta rojas, sujetas con un cordón del mismo color.

Se las puso torpemente con una mano mientras sujetaba una carpeta con la otra.

—Inspectora Vargas, soy la doctora Llopis —le tendió la mano, flácida y fría—. Soy la patóloga forense encargada de la autopsia de Xosé Quiroga. Por favor, acompáñeme. Acabamos de terminar.

—¿Hay algo de interés? —Vargas la siguió por el pasillo con cierta dificultad.

—Podríamos decir que sí, inspectora. —Llopis esbozó una sonrisa enigmática.

Antes de entrar en la sala de autopsias, Vargas tuvo que ponerse un equipo especial para evitar la contaminación del lugar. Al hacerlo, revivió mentalmente otras visitas a aquel sitio cuando estuvo destinada en Santiago, un fuerte olor a desinfectante le golpeó los sentidos.

Vio una estancia espaciosa, de paredes cubiertas de azulejos blancos.

Grandes ventanales permitían la entrada de luz natural, iluminando el amplio patio interior.

En el centro de la sala se disponían cinco camillas de autopsia.

Vargas observó las repisas de aluminio colgadas en las paredes, repletas de frascos de cristal con sustancias de los más diversos colores.

Sobre una de las camillas, tapado con una sábana hasta la cintura, yacía el cadáver de Quiroga. Su pecho seguía abierto, lo que obligó a Vargas a apartar la mirada con un leve gesto de incomodidad.

Entonces reparó en un joven que recogía cuidadosamente los instrumentos, con la delicadeza de un músico al finalizar su concierto.

Supuso que era un estudiante encargado de limpiar y desinfectar la sala tras cada intervención.

En cuanto entraron, el joven desapareció como un fantasma, sin hacer el más mínimo ruido.

A lo largo de su carrera, Vargas había visto suficientes cadáveres como para no inmutarse ante el de Quiroga. Sin embargo, esta vez fue distinto.

Las livideces cadavéricas, ya fijas y de un tono violáceo oscuro, marcaban su piel. Su rostro, hinchado por la congestión post mortem, presentaba un rictus tenso que desdibujaba sus facciones, acentuando el horror de su muerte.

A su alrededor, varias bandejas metálicas contenían los órganos extraídos durante la autopsia. Incluso para una policía veterana como ella, aquella escena resultaba difícil de asimilar.

Mientras tanto, la doctora Llopis revisaba el contenido de una carpeta miniclip, hojeando sus notas con gesto meticuloso.

El silencio se prolongó durante dos largos minutos, mientras pasaba las páginas una y otra vez.

Vargas de nuevo fijó su atención en el cadáver, deteniéndose en los brazos, que sobresalían de la sábana, cubiertos de moretones.

—Bien... —dijo Llopis, rompiendo finalmente el silencio—.

En la inspección ocular hemos localizado múltiples heridas contusas provocadas por un arma percutora, quizá un martillo o algo similar.

También hemos identificado varias quemaduras en el cuerpo, producto de la corrosión causada por un ácido.

Vamos a analizarlo, pero creo que se trata de fósforo blanco.

—Dios Santo... —susurró Vargas.

Llopis tomó una de las manos del cadáver y la levantó, mostrándosela a Vargas.

—Como puede ver, han desaparecido varios dedos de ambas manos.

—¿Qué demonios le hicieron?

—El asesino obligó a la víctima a sumergirlas en un recipiente con este ácido. En todos mis años de forense, jamás había visto semejante crueldad.

Llopis se quitó las gafas y las dejó delicadamente sobre su pecho.

—Y lo peor de todo... —prosiguió— es que esto lo hicieron cuando aún estaba consciente.

Vargas se estremeció.

—¿De qué clase de monstruo estamos hablando?

—Espere, hay más. La víctima estuvo narcotizada durante todo el proceso con una sustancia alucinógena derivada del Cornezuelo del centeno. Esta sustancia le inhibió la voluntad, pero el dolor fue tan insoportable que su corazón no lo resistió y murió de un paro cardíaco.

—¿Entonces el corte en la garganta no fue la causa de la muerte?

—No. El asesino lo hizo después. Todo indica que Quiroga ya tenía problemas cardíacos y obviamente, el asesino desconocía este dato. Vamos, que podemos decir que le arruinó la fiesta...

Llopis apretó los labios, midiendo cuidadosamente sus palabras.

—Creo que no se esperaba este desenlace. Luego, le cortó el cuello como parte del...

Se detuvo, dubitativa.

—... del ritual.

—Sí, una especie de ritual —Llopis asintió, pensativa.

—También encontramos en su estómago una pequeña cadena con la imagen de una santa.

—¿Cree que la ingirió voluntariamente?

—No lo sabemos. Quizá el asesino le obligara a hacerlo.

Llopis le entregó una bolsa de plástico precintada.

Vargas la tomó y examinó el objeto. Era la misma medalla de Santa Mariña de Augas Santas que habían encontrado entre los restos de los niños del preventorio. Vargas giró la medalla entre los dedos, contemplándola con expresión sombría.

—¿Cuánto tiempo cree que Quiroga estuvo sometido a la tortura?

Llopis cruzó los brazos y suspiró.

—Es difícil de determinar con precisión, pero calculamos alrededor de veinticuatro horas. No puedo imaginar el sufrimiento que debió soportar.

Vargas exhaló lentamente, intentando procesar la brutalidad del crimen.

—Muchas gracias, doctora. ¿Puedo llevarme una copia del informe con las conclusiones?

—Sí, claro. Aquí tiene.

Llopis extrajo un documento de la carpeta y se lo entregó.

Entonces, como si recordara algo de repente, Llopis la miró con seriedad.

—Una última cosa, inspectora...

Vargas levantó la vista del documento.

—No deja de ser una opinión, pero... verá, soy una apasionada de la antropología y la arqueología forense. Y este crimen me recordó a ciertos restos humanos de la Edad Media que he examinado recientemente.

—¿A qué se refiere?

—A sacrificios rituales.

Llopis se quitó las gafas y las sostuvo en la mano mientras hablaba.

—Se han encontrado cuerpos en turberas de varios países del centro de Europa, restos de hombres, mujeres y niños. Todos ellos presentaban heridas similares a las de Quiroga.

—¿Por qué se realizaban esos sacrificios?

—No hay demasiada información al respecto. Posiblemente eran tradiciones heredadas del mundo celta, ceremonias de expiación para obtener el perdón de sus dioses. También podían ser castigos por deudas no saldadas o rituales para bendecir las cosechas mediante el derramamiento de sangre.

Vargas frunció el ceño.

—¿Cree, doctora, que existe alguna relación entre estos rituales y el asesinato de Quiroga?

Llopis hizo una pausa antes de responder.

—No lo sé. Pero lo que sí puedo afirmar es que este crimen tiene un claro componente de castigo.

—¿Castigo?

—Sí. Hay una deuda no saldada... una venganza. La rabia con la que se infligieron estas heridas es prueba suficiente.

Vargas estrechó la mandíbula.

—¿Entonces cree que el asesino conocía a Quiroga? ¿Descarta que sea una víctima aleatoria?

Llopis asintió sin dudar.

—Lo conocía, sin ninguna duda. Nadie comete semejante atrocidad sin una conexión personal con la víctima. Le repito que no soy psicóloga ni criminalista, pero esto no es obra de un aficionado. Es despiadado. Está acostumbrado a matar. Y lo peor de todo, inspectora...

Vargas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Este no ha sido su primer asesinato.

—Lo sé.

Llopis le sostuvo la mirada.

—Ni será el último.