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Vargas observó cómo los técnicos forenses cargaban el cadáver de Xosé Quiroga en una furgoneta de color negro. Detrás de ella, Marzán deambulaba concentrado, garabateando en su inseparable cuaderno de tapas rojas. Tomaba notas con celeridad, como si temiera olvidar algún detalle crucial.
Absorta en la figura de su nuevo compañero, que, bajo los primeros rayos del sol de la madrugada, adquiría una apariencia casi fantasmal, no se percató de la presencia sigilosa del magistrado Juan Maldonado.
Él se acercó con intención de despedirse, le tendió su mano huesuda, que ella estrechó cordialmente con una sonrisa fugaz.
—El cuerpo será trasladado al Instituto de Ciencias Forenses de Santiago de Compostela. La autopsia se realizará mañana. He solicitado que le den máxima prioridad para que podamos disponer de los resultados cuanto antes.
—Se lo agradezco —contestó Vargas—. Mañana iré temprano a recoger los informes. Mientras tanto, hablaremos con las personas más cercanas a Quiroga y revisaremos sus coartadas. Quizá eso nos conduzca a algo.
Maldonado asintió con un leve movimiento de cabeza y se marchó en su coche.
Marzán se situó junto a ella y ambos observaron cómo el vehículo del magistrado arrancaba y desaparecía en la carretera.
—Todo esto es muy extraño, Noela. Las heridas que el asesino infligió a Quiroga, la tortura, las quemaduras, el corte en la garganta... No sé, es como si le hubiera dado muerte de tres formas distintas.
—No entiendo. ¿A qué te refieres?
—Sé que debemos esperar los resultados de la autopsia para tener una idea más clara de lo ocurrido —se explicó Marzán—. Pero lo que mencionó Maldonado sobre los tintes ceremoniales del crimen me recordó algunas lecturas que hice hace años sobre sacrificios humanos en prácticas celtas.
En aquellos cultos, las víctimas eran sometidas a diversas torturas como ofrenda para calmar la ira de sus dioses. La violencia con la que se ensañó el asesino parece más un acto de redención que una simple venganza. Como si estuviera expiando un pecado que aún no ha sido perdonado.
—Bien, pues sigamos esa línea de investigación. Debemos ahondar en el pasado de Quiroga. Si hay una conexión con la colonia de Monte do Carballo, tenemos que encontrarla. No puede ser una coincidencia que los restos humanos aparecieran justo antes de su asesinato.
Además, debemos descifrar qué intenta decirnos el asesino con el mensaje de Taranis Dispater. En eso, creo que el magistrado puede sernos de gran ayuda.
Vargas se despidió de Marzán y se dirigió a su coche, pero antes de subir, una figura al otro lado de la carretera captó su atención.
Un grupo de curiosos se había congregado en el lugar, entre ellos un hombre de unos cincuenta años, de rostro curtido por el sol, como alguien acostumbrado a trabajar a la intemperie.
El desconocido estaba montado a horcajadas sobre una Derbi Coppa de aspecto viejo y descuidado. Vargas reconoció la marca al instante; muchos hombres que trabajaban para las empresas de su padre usaban ese modelo.
Vio cómo se ajustaba la capucha de un chubasquero, ocultando su rostro. De pronto, él notó que Vargas lo observaba.
El hombre le sostuvo la mirada, pero con un atisbo de miedo.
Vargas percibió su nerviosismo, su lenguaje corporal lo delataba. Sus labios se movían con rapidez, murmurando algo inaudible, como si recitara una plegaria. En su mano, un colgante plateado giraba sin cesar.
Ese gesto le trajo a la memoria a las ancianas que pasaban las cuentas del rosario en la iglesia.
Vargas cerró la puerta del coche con suavidad y dio un paso en su dirección, pero el hombre, como si sintiera que el peligro lo acechaba, arrancó la moto de forma repentina y desapareció en la distancia.