Los Hijos de la Peste 20
24%

20

Marzán llegó durante la madrugada a Ponte do Porto y se encontró con una pequeña población silenciosa, iluminada aún por las farolas que se erguían a ambos lados de la carretera que conectaba Vimianzo y Camariñas.

Ponte do Porto se expandía como los tentáculos de un pulpo en varias direcciones, incluyendo la orilla del río Grande, cuyo cauce de más de cuarenta kilómetros recorría varios concellos.

Recorrió la zona urbana en su Audi 80, observando las luces intermitentes de varios coches de la Guardia Civil. Miró su reloj: marcaban las cinco y diez de la mañana. El cielo comenzaba a teñirse de un tono ceniciento, anunciando el amanecer.

Estacionó en un área recreativa que le pareció adecuada y reconoció el Volkswagen Golf de la inspectora Vargas. Salió del coche, se abrochó la chaqueta vaquera para protegerse del fresco matinal y metió las manos en los bolsillos delanteros del pantalón.

Avanzó con cuidado por una senda acordonada que conducía a la ribera del río, cuyo caudal, ensordecedor tras las recientes lluvias, fluía con violencia.

Tras superar un pequeño control, donde un Guardia Civil con un chubasquero verde le pidió su identificación, se topó con dos hombres vestidos con monos de trabajo y supuso que eran del laboratorio forense.

Se acercó a ellos y preguntó por la inspectora Vargas.

El sendero se volvía cada vez más angosto y accidentado, con la vegetación descontrolada y salvaje.

Avanzaba con cautela, evitando los tojos que crecían sin orden, pero aun así, resbaló en el barro y cayó al suelo.

Sus pantalones quedaron empapados y el agua caló sus zapatillas, dejándole los pies húmedos.

En ese momento, una mano se extendió hacia él desde la oscuridad y lo ayudó a incorporarse. Era un guardia civil joven, de rostro atractivo y expresión serena, que le dedicó una sonrisa cordial.

Marzán le devolvió la sonrisa, aunque se sentía ridículamente torpe.

—Hay que tener cuidado, que el suelo está resbaladizo. ¿Se ha hecho daño?

Marzán no contestó. Aún estaba fastidiado consigo mismo. Se sacudió los pantalones embarrados con las manos y frunció el ceño con disgusto.

—Es usted Suso Marzán, ¿verdad? Nos avisaron en el control de su llegada y la inspectora Vargas me pidió que lo escoltara. Vamos, estamos cerca del lugar del hallazgo.

Marzán fue guiado por el guardia hasta la ribera del río. A unos cincuenta metros, tras unos arbustos, el sendero se ensanchaba, dando paso a una explanada frondosa donde se alzaba un molino medio derruido.

La actividad era frenética: varios guardias civiles vestidos de paisano iban de un lado a otro. Marzán reconoció a la inspectora Vargas, iluminada por los focos, hablando con un hombre alto, de unos cincuenta años, vestido con vaqueros negros y un jersey de punto azul.

Al ver a Marzán, Vargas hizo un gesto rápido con la mano, indicándole que se acercara.

—Estás horrible. ¿Qué te ha pasado?

—No digas nada. No ha sido una de mis mejores noches.

Marzán era plenamente consciente de su aspecto desaliñado con la ropa manchada de barro y la barba de varios días.

—Por cierto, te presento al magistrado Juan Maldonado, del partido judicial de Corcubión.

Ambos hombres se estrecharon la mano.

—Encantado de conocerle, Marzán. Sigo muy de cerca sus publicaciones. Son una referencia en criminología.

—Bueno, creo que mis libros han quitado el sueño a muchos estudiantes de Derecho en los últimos años.

Marzán esbozó una sonrisa y luego miró a su alrededor.

—¿Qué han encontrado?

Los tres avanzaron hacia la orilla, bajo un cielo que comenzaba a clarear. Entre las sombras, Marzán divisó lo que parecía un cuerpo flotando boca abajo, mecido por la corriente como una silueta espectral.

A medida que la luz desvelaba los contornos del río, la escena adquirió una nitidez escalofriante. El cadáver, atado a un antiguo canal de piedra —reliquia que en otro tiempo había dado vida al molino—, se confundía con las ondulantes formas del agua, como una criatura surgida de los abismos.

—Alrededor de la una de la madrugada —dijo Vargas—, una pareja encontró el cuerpo de Xosé Quiroga flotando en el río con evidentes signos de violencia.

El médico forense nos ha dicho que es posible que Quiroga lleve muerto unas cuarenta y ocho horas.

También hemos encontrado un cuchillo con sangre que ya hemos enviado al laboratorio.

Creemos que podría ser el arma homicida.

Marzán observó el entorno.

—¿Y cómo lo trajeron hasta aquí? Cruzar este sendero es complicado, más aún transportando un cuerpo. ¿Cuánto creéis que pesaba Xosé Quiroga? ¿Alrededor de noventa kilos?

—Descubrimos un sendero oculto que baja desde la carretera, entre los árboles. Muchas parejas de la zona lo utilizan para tener encuentros sexuales. Suponemos que el asesino llegó en su vehículo, bajó con el cuerpo por el sendero y lo arrastró unos cien metros.

—¿Y por qué arriesgarse tanto? Cualquiera podría haberlo visto. Este lugar debe tener algún significado para el asesino.

—La Guardia Civil está intentando localizar posibles testigos, pero será difícil conseguir una pista fiable. Todo ocurrió en la oscuridad.

—Estos molinos hidráulicos son muy populares —intervino el magistrado Maldonado, que hasta entonces había permanecido en silencio—. En la antigüedad, servían como refugio y lugar de encuentro para amantes como ahora.

Vargas y Marzán intercambiaron una mirada cómplice.

—¿Les sorprende? —Maldonado sonrió brevemente—. Aparte de mi profesión, soy un apasionado de las tradiciones y leyendas de la Costa da Morte. He publicado algunos estudios... todos tenemos nuestros hobbies ocultos.

El magistrado señaló el molino.

—Durante el siglo XVIII, estos molinos se conocían como «muiños de herdeiros».

Eran financiados por la comunidad y se construían junto a los ríos para moler grano y maíz.

Este en particular es un «muiño de canle» —señaló un punto en el agua junto al molino—.

El canal recoge el agua y la impulsa a través de una rueda de hierro llamada «rodicio», que se usaba para moler el grano.

Maldonado guardó silencio por un momento, pensativo, mientras la policía judicial extraía el cuerpo de Quiroga del agua. Luego miró a Marzán directamente.

—Se preguntarán por qué les cuento todo esto, ¿verdad?

En su rostro apareció una sonrisa enigmática.

—El molino, en la tradición cristiana del Siglo de Oro, está relacionado con la simbología del arrepentimiento y la contrición de los pecados. El canal por donde entra el agua simboliza la confesión, y el flujo continuo representa las gracias divinas que conducen al perdón.

—Es evidente que el asesino ha puesto mucho empeño en evitar cualquier componente aleatorio en el crimen —dijo Marzán—.

La disposición del cuerpo con los pies atados al canal del molino tiene un grado de teatralidad, pero no sería el primer ni el último asesino en hacerlo para despistar a la policía.

Marzán notó que comenzaba a caer una fina llovizna. Observó cómo los forenses colocaban el cadáver en una camilla tras finalizar la recogida de pruebas. Una vez en tierra firme, lo introdujeron en una bolsa de plástico negra.

Vargas hizo un gesto para que el equipo se detuviera y señaló algo a Marzán.

Él se acercó al cuerpo y se encontró con una escena espantosa.

El cadáver mostraba signos de livideces fijas y una avanzada relajación post mortem.

La rigidez había desaparecido, dejando el cuerpo flácido.

Las heridas y contusiones cubrían todo su cuerpo.

La garganta había sido prácticamente seccionada, dejando la cabeza unida por apenas unos tendones.

Sus manos presentaban quemaduras de tercer grado, probablemente causadas por algún tipo de ácido, destruyendo por completo sus dedos y el pene también había sido amputado.

—Quiroga fue torturado de la manera más cruel hasta la muerte. Las heridas fueron infligidas sistemáticamente mientras aún estaba vivo, con el objetivo de provocarle el máximo dolor posible —señaló Vargas.

—Esto confirma los posibles tintes rituales del crimen… o al menos eso es lo que el asesino quiere que creamos —dijo Maldonado.

Marzán pidió a los forenses que colocaran el cuerpo para su inspección. Se puso unos guantes de goma, todavía húmedos de desinfectante, y comenzó a palpar meticulosamente la cavidad oral y la columna, descendiendo hasta la región pélvica.

De pronto, algo inusual captó su atención. Un trozo de tela asomaba del ano.

Con unas pinzas, lo extrajo con sumo cuidado.

Era un pedazo de tela enrollado y manchado. Tras limpiarlo con agua, desplegó el tejido. En su superficie se revelaba un texto en latín:

«Taranis Dispater»

— Esus Marte —murmuró Maldonado, pensativo—. Hace mucho tiempo que no oía hablar de este ritual. Aparece en leyendas, cuentos y tradiciones. Antiguos grimorios lo mencionan. Se remonta a tiempos ancestrales, cuando los primeros pobladores celtas habitaban estas tierras.

El ambiente se volvió aún más tenso mientras la llovizna seguía cayendo sobre aquel macabro escenario.

El misterio y la oscuridad parecían cerrarse en torno a Marzán y Vargas, dejando entrever la magnitud del caso que tenían entre manos.