19
El vaso de güiski cayó de la mesilla y rodó por el suelo. El repentino ring del teléfono sacudió la cabeza de Marzán como un martillazo. Encendió la lámpara y se puso las gafas. Miró el reloj: eran las cinco de la mañana.
Estaba desconcertado, otra noche más había sido atormentado por las pesadillas, el mismo sueño recurrente en el que se veía ahogándose en un mar embravecido. Desde su regreso a la Costa da Morte, aquellas visiones se habían intensificado.
El teléfono, que había dejado de sonar por un instante, volvió a emitir su molesto timbre, golpeando su cerebro con una fuerza insoportable. Recuperó el control de sus miembros y descolgó el auricular. Al otro lado, escuchó la voz alterada de Noela.
—Marzán, perdona que te llame a esta hora... —volvió a mirar el despertador en la mesilla de noche.
—¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo? —se incorporó con dificultad, se sentó en la cama y se pasó la mano por el pelo.
—Sí. Me ha llamado la Guardia Civil. Al parecer, han encontrado un cuerpo en un antiguo molino del siglo XVI, ubicado junto al cauce del río Grande, que atraviesa Ponte do Porto, una población situada entre Vimianzo y Camariñas. El cadáver estaba sumergido en el agua y presenta signos de tortura.
—¿Dónde estás tú?
—Estoy todavía en el hotel, llegaré en unos 30 minutos.
—Nos vemos allí entonces. ¿Han conseguido identificar el cuerpo?
—Todavía no es seguro. Pero los indicios apuntan a que es Xosé Quiroga, el alcalde que desapareció hace tres días.
—Joder... —exclamó Marzán.
Marzán pensó en Carme y su vínculo con Quiroga. Se apresuró a vestirse, eligiendo unos tejanos y un polo azul, acompañados de unas zapatillas Adidas de color blanco. Guardó las llaves en su cartera de cuero, asegurándose de no olvidar su inseparable cuaderno de tapas de color rojo.
Al abrir la puerta de su habitación, intentó no hacer ruido para no perturbar el descanso de Carme y Xiana. Sin embargo, la penumbra reveló una silueta inesperada: era ella, con un camisón de encaje y un cárdigan de lana que la envolvía como una aparición.
Su sorpresa se intensificó al cruzarse con su mirada, una que no pudo sostener.
—Es Xosé, ¿verdad? Lo han encontrado.
Marzán apretó la mano sobre la manilla de la puerta, dispuesto a salir a la calle. En ese preciso momento, no era capaz de enfrentarse a todo aquello. Bajó la cabeza y frunció los labios sin decir nada.
Ella comprendió enseguida que algo terrible había sucedido. Se llevó ambas manos a la boca, como si quisiera contener el horror, y luego rompió a llorar.