18
El gran caserón en las afueras de Vimianzo, erigido sobre una vasta extensión rústica, se había transformado en un imponente monumento a la desolación para Quiroga.
Cada rincón, adornado con el exquisito gusto de su difunta Gloria, evocaba recuerdos punzantes: el aroma sutil que aún flotaba en el aire, la disposición meticulosa de los muebles, cada retrato que adornaba las paredes e incluso el vibrante caleidoscopio floral de su jardín,
todo ello servía como un cruel recordatorio de su ausencia.
Aquella casa, antes escenario de un amor profundo y cuidado mutuo, se había convertido en un mausoleo para él, vacía desde que el cáncer le había arrebatado a Gloria en un cruel susurro del destino.
El hogar que habían construido juntos ya no era más que una prisión de ladrillo y cemento que encapsulaba su dolor.
Decidido a escapar de esa sombra, Xosé sabía que vender la casa era su única salida.
Ansiaba preservar el recuerdo de Gloria, pero deseaba hacerlo a su manera, conservando los momentos luminosos y dejando atrás los más oscuros.
Las cajas de mudanza, testigos silenciosos de su inminente partida, estaban listas.
Pronto dejaría atrás aquel santuario de recuerdos para iniciar un nuevo capítulo en un apartamento en Muxía, llevando consigo el dolor y la esperanza de renacer.
Desde la muerte de Gloria, Xosé se había refugiado en la rigidez de sus rutinas.
Como cada noche, se recluyó en el despacho, organizando meticulosamente las tareas del día siguiente, tanto municipales como empresariales.
Esa dedicación lo absorbía, distrayéndolo de pensamientos dolorosos.
La única conexión cercana que mantenía, aparte de con Carme, era con Luisa.
Ella, más que una empleada, desde hacía seis años se había convertido en su pilar, cuidando no solo del hogar, sino también de su bienestar, casi como un miembro más de la familia.
Un par de golpes delicados en la puerta atrajeron su atención.
Era Luisa, que apareció sigilosamente, como cada noche a las ocho, para despedirse hasta el día siguiente.
Se había quitado el uniforme de trabajo que usaba habitualmente y, con una gran sonrisa que iluminaba su rostro jovial y blanquecino, le saludó.
Tenía el pelo teñido de rubio, abundante y recogido en un moño.
Al hablar, su boca ancha de labios finos recordaba al boqueo de los peces al ventilar sus branquias.
—Don Xosé, me voy... ¿cómo ha ido el día?
—Muy bien. ¿Ya has terminado?
—Sí... le he dejado un poco de pescado en el horno para que cene. Debe comer algo, está muy delgado.
—Gracias, Luisa —sonrió—. Hasta el miércoles.
—Por cierto, Don Xosé, en el jardín he visto que las dalias se están secando. He llamado a la empresa de jardinería para que vengan mañana y les echen un vistazo. Creo que están enfermas.
—Muy bien, Luisa, muchas gracias.
A Quiroga le divirtió la seguridad con la que Luisa había llegado a la conclusión de que las dalias estaban enfermas sin tener conocimientos de jardinería.
Luisa cerró la puerta del estudio con un susurro, dejando a Quiroga sumido en un mar de pensamientos.
El eco de la puerta principal acentuó su soledad.
Se volvió hacia su escritorio, donde la luz temblorosa de una lámpara arrojaba sombras sobre cuadernos de tapa azul.
La contabilidad esperaba, pero su mente vagaba hacia Carme.
Se lamentó de cualquier sombra de duda que sus palabras hubieran podido sembrar sobre él, pues era injusto para quien había sido su sostén tras la pérdida de Gloria.
Un gesto de disgusto cruzó su rostro; entrecruzó las manos, buscando calma. Con un suspiro, se obligó a enfocarse, pero un golpe sutil, casi furtivo, fuera del estudio, cortó el hilo de su concentración. Quiroga se tensó y se puso en alerta.
No oyó nada más. Frunció el ceño y esperó un par de minutos, luego volvió a colocarse las gafas y retomó su tarea.
De repente, escuchó otro golpe, esta vez con más violencia.
Algo se había roto en el piso de arriba.
Y nuevamente, otro golpe más, el tercero, y de nuevo el silencio. Ahora sí que estaba asustado.
Dejó las gafas con cuidado sobre la mesa y se levantó.
Salió del despacho y cruzó el salón hasta el vestíbulo, desde donde partían los peldaños de una escalera que conectaba con el piso superior.
La escalera tenía un elevador, ahora en desuso, que había ayudado a Gloria en los momentos más críticos de su enfermedad a subir a su dormitorio.
Levantó la vista, buscando una explicación para los golpes, pero no encontró nada. Todo volvía a estar en calma.
Quería evitar el engorro de subir para nada, pero volvió a escuchar otro golpe, más fuerte aún, y el sonido de cristales rotos. Afuera, el viento soplaba con fuerza y la lluvia golpeaba el tejado con un ritmo monótono.
Al final, decidió subir. Llegó hasta el rellano, donde se situaban las tres puertas de madera blanca que daban acceso a los dormitorios.
Notó que una de ellas estaba entreabierta.
Era la habitación de Gloria, donde había pasado sus últimos días.
Se sorprendió: esa puerta permanecía cerrada con llave desde su muerte.
Sintió cierto enfado, pensando que Luisa, por despiste, la había dejado abierta a pesar de sus instrucciones de que esa habitación no se volviera a abrir jamás.
Avanzó con paso firme y, dentro de la habitación, una de las hojas de la ventana se sacudía con furia contra la pared, dejando entrar la lluvia a raudales.
—Qué desastre —murmuró.
Cerró la ventana rápidamente y observó los cristales esparcidos por el suelo, mientras el parqué se oscurecía con la humedad.
En ese momento, un golpe en la cabeza lo desestabilizó. Buscó apoyo en la pared, provocando la caída de varios cuadros. Un dolor abrasador lo inmovilizó, sumiéndolo en un breve lapso de inconsciencia. Se desplomó, sintiendo el sabor metálico de la sangre en la boca.
De repente, una mano firme lo cogió del brazo y lo volteó con brusquedad. Todo se volvió borroso, pero pudo distinguir una figura con unos ojos de color azul intenso que lo observaban, sumiéndolo en un abismo de terror.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —balbuceó.
El desconocido lo manejaba como a un muñeco de trapo. Intentó resistirse, pero el miedo lo paralizaba. Sintió cómo le desabrochaban el cinturón y le bajaban los pantalones hasta los muslos.
Luego, el pinchazo de una inyección.
Miró al agresor, suplicante, pero el hombre lo observó con frialdad, sin mostrar emoción alguna.
—¿Quién eres? ¿Por qué estás haciendo esto? —repitió con un hilo de voz.
La droga comenzó a hacer efecto. Su cuerpo se relajó, su mente proyectó imágenes de su pasado. Vio a Gloria, sonriéndole, extendiendo los brazos. El placer lo embargó.
Poco a poco, todo se tornó gris y lejano. Lo último que percibió fue una cadena brillante en el cuello del desconocido, con la efigie de una santa que reconoció al instante.