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Xosé no estaba tranquilo. Carme tenía toda la razón: los acontecimientos se habían precipitado desde la aparición de aquellos restos humanos en la antigua colonia del Monte do Carballo.
Se preguntaba si, después de tantos años intentando borrar todo vestigio de un pasado del que no se sentía orgulloso, el destino iba a cobrarse otra deuda más.
¿No había sido suficiente lo que la vida le había arrebatado con la muerte de su amada Gloria?
¿No había pagado ya un peaje cruel como consecuencia de sus acciones pasadas?
A principios de los años cuarenta, él era muy joven, sin experiencia y lleno de falsos ideales.
Se dejó seducir fácilmente por la ideología del Movimiento Nacional y se alistó en la Falange con solo veinte años.
Su entusiasmo y sus dotes para la oratoria le permitieron progresar dentro de la organización, hasta que en 1944 se unió a los Servicios de Información e Investigación (SII),
una especie de organización parapolicial destinada a vigilar y delatar a la disidencia y a los presuntos enemigos del Régimen.
Xosé redactó muchos expedientes y acusaciones, incluso contra vecinos a los que conocía desde su infancia.
Algunos de esos informes derivaron en juicios sumarísimos, fusilamientos, penas de cárcel e incluso deportaciones a campos de trabajo.
Estar cerca del Régimen le permitió obtener el dinero suficiente para comprar tierras, ganado y montar su empresa maderera, con sede en Bayo, una población a diez kilómetros de Vimianzo, donde ahora, por azares de la vida, era alcalde.
En la penumbra de los años setenta, tejió pactos clandestinos con familias desoladas por las sombras de la represión franquista, almas marcadas por la pérdida de progenitores y abuelos en los días más oscuros de la posguerra.
Su astucia lo llevó a explotar sus vulnerabilidades, aquellas que los empujaban a anteponer un ápice de dignidad sobre las cenizas de la memoria.
Esos convenios se convirtieron en su escapatoria hacia una existencia menos amarga, dotándolos de un efímero consuelo material.
Xosé, envuelto en el manto de la ambición, nunca vistió con orgullo tales acciones; sin embargo, comprar el silencio ajeno se convirtió en la piedra angular para despojarse de su pasado turbio y limpiar su imagen.
Así allanó el camino hacia sus ambiciones políticas, liberándose de los pesares que una vez lo encadenaron.
Sin embargo, ahora era consciente de que el descubrimiento de aquellos restos humanos en la antigua colonia le traería problemas.
Maldijo una y otra vez aquel día de primavera de 1948 en el que conoció al coronel Marcos Carrión.
Mantuvieron una relación más o menos estrecha que le ayudó a impulsar definitivamente su carrera como responsable de la comarca en el SII.
Todo fue sobre ruedas hasta que Carrión le pidió ayuda para crear y gestionar una nueva colonia preventorial en un antiguo castillo abandonado cerca de Camariñas, donde escolarizarían a los hijos de padres y madres prisioneros acusados de traición.
Al principio, todo parecía normal. Él se encargaba de firmar los expedientes de los niños que iban a ser separados de sus familias y trasladados a la colonia, pero pronto las cosas se torcieron.
El sacerdote a cargo de la institución, el padre Bieito Camargo, un joven ambicioso con la vista puesta en un rápido ascenso dentro de la jerarquía eclesiástica, no hizo nada para acallar los rumores cada vez más extendidos sobre presuntos abusos a los niños internos.
Esa fue la época más dolorosa de su vida, llena de remordimientos que apenas le dejaban dormir. Nunca pudo imaginar la gravedad de los hechos, que desembocaron en asesinatos y desapariciones.
Ahora, tras el descubrimiento de los restos en el castillo, era solo cuestión de tiempo que la investigación policial llegara hasta él.
Su firma estaba en todos los expedientes de traslado de los niños durante más de diez años.
Aquello podía significar el fin de su carrera política.
Estaba nervioso, incapaz de ocultarlo, especialmente frente a Carme.
Por primera vez, vio desconfianza en sus ojos.
Debía aprender a controlar mejor sus actos y no parecer dominado por la ansiedad.
Tenía suficientes contactos para averiguar el avance de la investigación y entorpecerla.
Sin embargo, reflexionando sobre el asunto, le pareció extraño que la policía hubiera enviado a una experimentada inspectora y a un experto criminalista para investigar unos hechos que ya estaban prescritos.
Debía de haber algo más detrás de todo esto.
De hecho, el mismo magistrado de instrucción, a quien conocía desde hacía muchos años, le confirmó que la inspectora Vargas fue designada como miembro de la comisión judicial desde Madrid y que tenía órdenes directas de reportar a altos cargos del Gobierno y de la Iglesia sobre la evolución del
caso.
Xosé continuaba de pie, con el paraguas abierto bajo la lluvia, después de que el Seat Ibiza blanco de Carme doblara la esquina y se adentrara en la Rúa de Trasariz, que conectaba directamente con la carretera comarcal de Camariñas, la misma vía que la llevaría hasta su casa en Laxe.
Allí, medio empapado, se dio cuenta de que la luz del día había desaparecido y la noche, junto con la lluvia, confería a la plaza del ayuntamiento un halo de inquietante tranquilidad.
Se puso en marcha, caminando hacia la Rúa de Rosalía de Castro, donde había dejado aparcado su Fiat Tempra plateado.
Durante el trayecto, como era habitual, se detuvo varias veces a charlar con sus vecinos.
Una vez en el coche, tomó la carretera de Finisterre en dirección a su hogar, una vivienda unifamiliar situada al pie de la carretera, cerca de un yacimiento celta conocido como el Castro de las Barreiras.
Absorto en sus pensamientos, no se percató de la presencia de un pequeño coche blanco estacionado unos metros más allá del suyo.
El vehículo arrancó el motor y una figura oscura se movió en su interior.
Con las luces encendidas, el coche derrapó ligeramente sobre el barro, chirriando sobre la calzada.