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Julio de 1989
Carme Suárez Marzán se había convertido en un pilar fundamental dentro de la alcaldía de Vimianzo, desempeñándose como secretaria con una dedicación que ya sumaba seis años. Agradecía tener un empleo estable y se sentía orgullosa de su estrecha colaboración con el alcalde, Xosé Quiroga.
Su familia era su refugio y pasión: un esposo al que amaba y dos hijos adolescentes que se nutrían de su sabiduría y cariño. Sin embargo, a pesar de la fortaleza que irradiaba, Carme albergaba inquietudes y el deseo de explorar horizontes que trascendieran los límites de su rutina diaria.
La oficina de la alcaldía, con sus paredes testigos de innumerables decisiones y secretos, se había convertido en su segundo hogar. Su relación con el alcalde Quiroga, marcada por el respeto mutuo y la profesionalidad, le ofrecía una visión privilegiada de las complejidades del poder y la política.
Xosé Quiroga, por su parte, había atravesado momentos difíciles. Desde la muerte de su esposa, Gloria, se había refugiado en el trabajo, pasando largas jornadas en la alcaldía para no sumirse en la soledad y los recuerdos. Pero desde que conoció a Carme, su vida cambió.
Entre ellos se forjó una amistad sólida y duradera, que trascendía lo meramente laboral.
Con el paso de los años, habían compartido momentos duros y otros de alegría, forjando una conexión profunda y genuina.
Aunque a veces una tensión sexual latente se insinuaba entre ellos, ambos decidieron mantener su relación dentro de los límites de la amistad y la profesionalidad.
Carme había demostrado su valía en el Ayuntamiento, ganándose el respeto de todos, mientras que Quiroga había encontrado en ella una confidente, alguien en quien apoyarse en tiempos turbulentos.
En resumen, su relación era comparable a la de aquellos amigos de toda la vida que se mantienen unidos a pesar de los altibajos.
La relación de Carme con su esposo, Toño, también era firme, a pesar de haber pasado años separados mientras él trabajaba como albañil en Suiza para mantener a la familia.
Ahora, con la jubilación de Toño cada vez más cerca, por fin podrían disfrutar juntos de una vida en común que nunca habían tenido.
Los estudios de ingeniería de su hijo, Alfredo, y la adolescencia de su hija, Xiana, ocupaban un lugar fundamental en su vida. Gracias a su trabajo en la alcaldía, Carme había conseguido equilibrar su vida personal y profesional.
La noche en que desapareció Quiroga había empezado como tantas otras: una jornada interminable que se prolongó hasta tarde. Carme nunca se marchaba hasta asegurarse de que el alcalde no la necesitaba.
Desde la muerte de su esposa, Quiroga se había acostumbrado a convertir la alcaldía en su refugio, en un lugar donde se sentía seguro y protegido.
Los despachos de Carme y Quiroga eran contiguos. Ambos compartían un gran ventanal con cristales esmerilados que filtraban la luz, impidiendo ver el exterior.
Cuando decidió irse a casa, él asomó la cabeza por la puerta de su despacho. Vestía una camisa de rayas finas, blancas y verdes, y su sonrisa, ligeramente avergonzada, capturó la esencia de la amistad que los unía.
—¿Todavía estás por aquí?
—Ya sabes que sí... —ella sonrió, mostrando una mezcla de fatiga y cariño—. Es tarde, recojo mis cosas y me voy a casa; Xiana me está esperando.
Ajustándose la gabardina con movimientos metódicos, su tono se tornó más serio al recordar las responsabilidades del día siguiente.
—Por cierto, Xosé, acuérdate de que mañana viene el arquitecto a primera hora para revisar el presupuesto de la reparación del techo del polideportivo. Y a las diez, tienes reunión con el presidente de la asociación de empresarios para tratar la captación de fondos para las fiestas.
—Vale... —Quiroga se apoyó contra la pared, con las manos entrelazadas tras la espalda. —Entonces... ¿no tienes tiempo para tomar algo rápido?
—No, lo siento, Xosé. Hoy le prometí a Xiana dar un paseo después de cenar. Aunque, por lo que veo, ha empezado a llover... —Carme abrió la ventana y se asomó al exterior. —Si quieres, mañana podemos ir a comer al Pastoriza.
Quiroga confirmó la cita con un leve asentimiento.
—Por cierto, me he enterado de que Suso Marzán, el escritor y criminalista, se aloja en tu casa. No sabía que era tu primo.
—Vaya... las noticias vuelan. ¿Cómo te has enterado?
—Esta mañana hablé con el alcalde de Camariñas. Me dijo que habían enviado a una inspectora de Madrid para investigar los restos encontrados en el castillo.
—Sí... mi primo Suso está colaborando con la Policía en la investigación. Lo han contratado por su experiencia en este tipo de casos.
—Ya veo… —dijo Quiroga, pensativo—. ¿Te ha contado algo tu primo?
—No, solo que está trabajando con la inspectora Vargas. La conocí esta mañana. Parecía muy segura y determinada; estuvo hablando con Suso un buen rato.
Carme percibió demasiada curiosidad en Quiroga, pero se mordió la lengua.
—¿Te preocupa algo, Xosé?
Quiroga frunció el ceño, pero luego dejó caer los hombros.
—La verdad es que sí —dijo con sinceridad—. Los restos humanos hallados en el castillo conmueven a cualquiera, y si el tema sigue en los periódicos unas semanas más, no ayudará a la imagen del Ayuntamiento.
Carme notó cierta inquietud en su tono, una leve tensión en su voz.
—Lo siento, Xosé. No sabía que seguías preocupado por el tema. Si necesitas algo, ya sabes que puedes contar conmigo. —Carme puso una mano sobre su hombro.
—Gracias —dijo Quiroga, con semblante serio.
Se mantuvieron en silencio unos instantes. Finalmente, Quiroga suspiró y esbozó una sonrisa más amistosa.
—Venga... te acompaño. —Dio media vuelta. — Voy a por mi chaqueta, creo que es hora de que yo también me vaya a casa.
Bajaron juntos las escaleras. Desde el soportal contemplaron la lluvia caer con fuerza. Quiroga abrió un paraguas negro y le ofreció el brazo a Carme.
—¿Dónde has dejado el coche?
—Allí, junto al supermercado.
Pasearon en silencio, disfrutando del sonido de la lluvia.
—Gracias por tus palabras, Carme. Es bueno saber que cuento contigo.
Carme lo miró de soslayo con una sonrisa sincera.
Unos segundos de silencio se interpusieron entre ellos, aunque esta vez fue un silencio cómodo.
—Xosé... algo te preocupa. Pareces tenso.
Quiroga pareció sorprendido por la pregunta, pero luego rio con nerviosismo.
—¡Parece que no me conoces! — exclamó—. Estoy bien, solo un poco inquieto. No quiero que esto se llene de periodistas hurgando en hechos luctuosos de hace décadas.
—Lo entiendo.
—Pero no te preocupes, no pienso obsesionarme. Sé que tengo el apoyo de personas como tú.
Carme se sintió halagada por sus palabras, pero también inquieta. Había algo extraño en la forma en que Quiroga hablaba del caso.
Llegaron al coche. Quiroga le abrió la puerta y le dio un apretón de manos antes de despedirse.
—Carme, supongo que valoras nuestra amistad. Si te enteras de algo sobre la investigación de tu primo, me lo contarás, ¿verdad?
Carme lo miró con desconfianza. Asintió, forzada por la situación.
—Adiós, Xosé. Que tengas buena noche.
Carme arrancó el coche y cerró la puerta con brusquedad. Mientras se alejaba, no pudo evitar preguntarse qué ocultaba realmente la actitud de Quiroga.