15
1958
Allí estaba el padre Ángel, su figura recortada contra la bruma matutina, envuelto en su sotana negra que parecía absorber la escasa luz.
La niebla, espesa como secretos no revelados, se enredaba alrededor del viejo castillo, creando un telón de fondo ominoso para el sacerdote de mirada penetrante.
Su silueta, inmóvil bajo el arco gótico, evocaba imágenes de santos en sus nichos, aunque su aura tenía un matiz perturbador.
Uxío no podía evitar sentir una mezcla de respeto y recelo; el rítmico balanceo de la medalla de plata en las manos del padre, un amuleto para sus «favoritos», le parecía un ritual cargado de un significado oscuro.
Aunque el padre Ángel irradiaba una calma superficial, su presencia imponía una influencia casi siniestra en Uxío, que veía en él la encarnación de presagios funestos, como el vuelo de un cuervo en la oscuridad, augurando tiempos turbulentos.
En aquella fría mañana de lunes en febrero, Uxío se sumergió en las labores de limpieza y desbroce que le habían asignado, mientras el padre Rivera supervisaba a los cuarenta niños de la colonia en sus juegos inocentes, ajenos a todo excepto al breve respiro antes de retomar las clases.
Con cada paso que daba, empujando la carretilla llena de herramientas, Uxío sentía cómo su desprecio por esos niños, a quienes veía como descendientes de traidores, alimentados y cuidados por el Estado, crecía en intensidad.
Eran el símbolo de una nación que, en su opinión, había abandonado a los suyos, a personas como él y su familia, condenándolos a la miseria.
El padre Ángel, con sus constantes murmullos sobre los «hijos de la peste», avivaba la llama del rencor en el corazón de Uxío, reforzando una y otra vez su odio hacia ellos.
Cuando una fruta madura golpeó su rostro, la sorpresa dio paso a una humillación profunda.
Mientras se limpiaba la cara, la risa burlona de los niños lo inundó de una ira desconocida, naciendo en él un oscuro deseo de venganza.
Los insultos —«¡Uxío es un pailán! ¡Uxío es un lambecús!»— resonaban en sus oídos, y su furia se dirigía especialmente hacia el cabecilla, un niño de piel pálida y ojos azules intensos, que, junto a su hermano Xosé, solía convertir a Uxío en el blanco de sus mofas.
Uxío cogió un palo de dentro de la carretilla y se dirigió hacia ellos con una actitud amenazante.
Notó la mirada del padre Ángel sobre él, y vio cómo una ligera sonrisa se dibujaba en sus labios.
Uxío se envalentonó, gritó y se lanzó contra los niños mientras se dispersaban.
Consiguió agarrar a uno de ellos y levantó el palo para golpearlo.
Fue entonces cuando sintió una mano firme agarrándole del brazo. El chico se liberó y escapó asustado, mientras el resto de los niños seguían burlándose de él.
El padre Rivera lo giró y puso sus manos sobre sus hombros, mirándole fijamente a los ojos.
—No te preocupes —le susurró al oído—. Dios ha reservado para ti una importante misión para salvar esas pequeñas almas.
Mientras caminaban juntos hacia la carretilla, el padre Rivera le pasó el brazo por encima del hombro, aprisionándole ligeramente el cuello.
Sentado sobre el pequeño muro que rodeaba el castillo con los pies colgando, el niño de ojos azules profundos observó la escena con una extraña expresión en el rostro.
Había algo en ella que le resultaba de especial interés.
Sus ojos parecían emitir un destello inquietante, como si pudiera ver más allá de lo que los demás podían percibir.
Uxío sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo, como si aquella presencia silenciosa pudiera leer sus pensamientos más oscuros.
Pero cuando trató de ahuyentar aquella sensación, el niño había desaparecido, dejando tras de sí una sensación de intriga y misterio.