Los Hijos de la Peste 14
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Aquella misma tarde, después de salir de los Archivos Diocesanos y comer un bocadillo rápido en un bar, Vargas puso rumbo a Laxe, donde la esperaba Marzán.

Esperó cinco minutos junto a su Volkswagen Golf hasta que la puerta principal de la casa se abrió.

Tras ella apareció Marzán, con el rostro desencajado, ojeras profundas y una barba incipiente que le daban un aire desaseado.

El criminólogo esbozó una ligera sonrisa como disculpa por su aspecto.

Vestía unos vaqueros desgastados Levi’s y un polo arrugado de Ralph Lauren, lo que denotaba una clara improvisación al vestirse esa mañana.

Le ofreció la mano, que ella estrechó con laxitud, y juntos entraron en la casa, cruzando un patio con un pequeño jardín delantero.

El comedor, ahora convertido en su improvisado centro de operaciones, albergaba sobre la mesa un caos ordenado de documentos y fotografías esenciales para la investigación.

Entre la maraña de papeles, Vargas extrajo un pequeño bloc repleto de anotaciones.

Su mirada fluctuaba entre las líneas escritas y Marzán, quien, sumido en un silencio reflexivo, organizaba meticulosamente el material de oficina, delineando una precisión que rozaba lo obsesivo.

En esos momentos de aparente quietud, Marzán se perdía en sus pensamientos, murmurando palabras apenas perceptibles, como si dialogara con las sombras del caso.

—¿Te encuentras bien, Suso?

Él levantó la cabeza y la miró.

—Estoy bien. Solo he pasado una mala noche… eso es todo.

Ella asintió y puso de nuevo toda su atención en su cuaderno de notas.

Él se levantó y, con pasos medidos, se dirigió a la cocina, donde el aroma del café recién hecho lo envolvió.

Tomó la cafetera rebosante y vertió el líquido oscuro y aromático en dos tazas adornadas con la imagen de Naranjito, símbolo nostálgico del Mundial de Fútbol de 1982.

Mientras el vapor serpenteaba en el aire, se detuvo un momento para apreciar la calidez que el simple acto de servir un café podía aportar a la rutina matutina.

—¿Has averiguado algo en tu visita a los Archivos Diocesanos?

—Sí, bastantes cosas... He obtenido respuestas a algunas incógnitas que me rondaban la cabeza, entre ellas por qué instalaron una colonia preventorial en una aldea perdida de la Costa da Morte.

Parece ser que en la provincia de A Coruña, tras finalizar la Guerra Civil, se crearon varios campamentos de prisioneros de larga duración en ciertas poblaciones como A Coruña, Betanzos, Cedeira, Ferrol, Muros, Padrón, A Pobra do Caramiñal y Rianxo.

Pero hay uno en particular que despertó mi interés: un campo localizado en unas viejas naves situadas en el actual aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela.

Vargas señaló con un bolígrafo Bic azul unos párrafos subrayados en la copia manuscrita de un documento firmado por un coronel llamado Luis Martín Pinillos, mientras Marzán la escuchaba con atención y limpiaba los cristales de sus gafas con un pañuelo.

—Vale... ¿Y qué relación tiene este campo de concentración de prisioneros republicanos con la colonia preventorial del Monte do Carballo?

Vargas sacó de su cartera una fotocopia de un documento manuscrito.

—Este otro documento es el acta fundacional del campo situado en Lavacolla, en Santiago de Compostela.

Su inauguración fue en mayo de 1939, apenas un mes después de que terminara la Guerra Civil.

El campo fue gestionado por una organización creada al efecto, llamada Batallones de Trabajadores, que proveía de mano de obra forzosa a empresarios, alcaldes y jerarcas afines al régimen para construir o rehabilitar carreteras, ayudarles con los duros trabajos del campo,

desbrozar sus fincas y demás tareas forzadas.

Marzán leyó la documentación, pero Vargas notó en su rostro un rictus de impaciencia, así que decidió ir al grano.

—Estas actas que tengo aquí están firmadas por un tal coronel Marcos Carrión, detallando la «recomendación» de fundar una institución en la Costa da Morte para educar a los hijos de los reclusos internados en campos de trabajo forzados.

Muchos de estos jóvenes se quedaron huérfanos tras la muerte de sus padres, víctimas de las extenuantes condiciones en los campos de concentración.

La administración de la colonia recayó en algunos clérigos de la Iglesia Salesiana, simpatizantes del régimen, encargados de brindarles educación y bienestar.

Sin embargo, este lugar acabó convirtiéndose en un centro de adoctrinamiento del régimen, donde el maltrato y la humillación eran moneda corriente.

—Es interesante, Noela... pero hay algo que no termina de encajar.

Estos documentos dejan claro que los campos de prisioneros estuvieron directamente vinculados a la creación de la colonia preventorial, y es evidente que los sacerdotes que aparecen en la fotografía tenían conexiones con el régimen y sus prácticas.

Sin embargo, sigo sin ver la relación entre el campo de Lavacolla y los huesos hallados en la colonia.

No creo en ninguna conspiración orquestada desde los campos de trabajo.

Más bien, estos crímenes me parecen actos aislados de desesperación, cometidos por alguien con un resentimiento muy personal.

Los informes forenses que me enviaste refuerzan esa idea: todo apunta a que las muertes fueron motivadas por venganzas individuales y no por un plan organizado desde los campos de prisioneros.

Estamos buscando a alguien que, en su día, tuvo un motivo muy personal para cometer estos asesinatos.

Vargas lo interrumpió y apoyó una mano sobre su muñeca.

—Espera... todavía no he terminado. También hablé con un amigo, un alto cargo del Opus Dei, que me ha ayudado a recopilar información sobre los sacerdotes que trabajaban en la colonia durante esos años. Todo a partir de esta fotografía.

Sacó de su carpeta la misma imagen que había encontrado en los Archivos Diocesanos y la extendió sobre la mesa.

En ella aparecían cinco sacerdotes vestidos con sotanas, posando distendidamente.

Uno de ellos sostenía una copa de vino, mientras que otro, más joven, de cabello rubio y corto, estaba sentado en un banco de madera.

Junto a ellos, un chico con una hoz en la mano derecha observaba la escena con una expresión sombría.

Vargas se inclinó sobre la imagen y señaló con el dedo varios puntos concretos.

—Fíjate en lo que tienen colgado del cuello estos dos individuos.

Marzán examinó detalladamente la fotografía. Miró a la inspectora sorprendido y dijo:

—Vaya... ¿Es lo que creo que es?

Vargas mostró una amplia sonrisa.

—Sí... los mismos colgantes que encontramos junto a los cadáveres. Además, mira detrás de la fotografía la fecha que está escrita.

—Mayo de 1952 —leyó Marzán. Luego abrió una de las carpetas que contenía el informe forense y volvió a leer:

—El análisis de los restos óseos habla, sin ser muy específicos, de principios de la década de los cincuenta.

Marzán apoyó los codos sobre la mesa y se mesó el pelo con ambas manos.

—Entonces, ¿crees que el asesino puede ser uno de estos cinco sacerdotes que aparecen en la fotografía?

—No lo sé, pero vale la pena comprobarlo.

Estos dos sacerdotes que ves aquí... —señaló Vargas a dos de los individuos que estaban de pie—.

El padre Agustín Álvarez y el padre Jaime Riera son los dos sacerdotes que aparecieron muertos el año pasado víctimas de un extraño ritual.

He podido hablar con el agente que estaba a cargo de la investigación, y me ha confirmado que junto a los cadáveres también se encontraron medallas con la efigie de Santa Mariña de Augas Santas.

—¿Y la policía no le dio importancia a ambas pistas? —preguntó Marzán con expresión de sorpresa.

—Claro que sí, pero parece que la orden de cerrar el caso vino de muy arriba.

—Qué raro... —apostilló Marzán, alargando las palabras—. Entonces, tenemos dos sacerdotes cuyas muertes aparentemente pueden tener alguna relación con nuestro asesino. ¿Has podido identificar al resto de los individuos de la foto?

—Sí. El chaval de la hoz parece que trabajó en la colonia como chico para todo. Su nombre es Euxenio Rodríguez, apodado Uxío. Todavía vive en la zona. A lo largo de su vida ha tenido bastantes problemas con la ley... ya sabes, trapicheos con la droga y contrabando de tabaco.

El sacerdote de más edad es el padre Ángel Rivera. Aún no he podido averiguar si sigue vivo, pero espero tener noticias pronto. Por lo que me ha comentado mi amigo del Opus, estuvo entre los años sesenta y setenta destinado en las misiones salesianas en África.

Y este otro... —señaló de nuevo a otro personaje de la foto—. No te vas a creer quién es. Me refiero al sacerdote rubio que está sentado. Es Bieito Camargo.

—Bieito Camargo... ¿De qué me suena ese nombre?

—Es el actual obispo de Mondoñedo-Ferrol.

—¡No me jodas! —exclamó Marzán.

—Sí, Suso, debemos seguir investigando. Tengo la intuición de que alguno de estos individuos que aparecen en la foto podría haber tenido relación con nuestro asesino... si no es uno de ellos.

—Sí... y me parece, Noela, que vamos a tener más trabajo del que preveíamos.