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El lunes de la penúltima semana de junio, Noela, con la autorización del obispo Romero, se presentó en el Archivo Diocesano de Santiago de Compostela, un viejo edificio ubicado en el Monasterio de San Martín Pinario,
con la intención de encontrar información que la ayudara a comprender los sucesos acontecidos en la colonia Monte do Carballo hacía tantos años.
En aquel archivo se guardaban los libros parroquiales y documentos relacionados con las obras pías, fundaciones, cofradías e instituciones gestionadas por la Iglesia durante los últimos cien años.
Vargas siempre se había sentido muy cómoda analizando y estudiando registros, un trabajo que muchos de sus compañeros consideraban tedioso dentro de la investigación policial, pero que a ella le apasionaba.
Siempre pensó que los escritos dejados por el hombre a lo largo de la historia eran la huella de sus intenciones, de sus hechos; a través de ellos se podían descubrir pequeños detalles que, de otra manera, pasaban desapercibidos en la investigación de campo.
Noela Vargas accedió a una amplia sala repleta de armarios de color metalizado y se dirigió hacia un hombre de unos sesenta años, sentado detrás de un escritorio.
Vestía una bata blanca y tecleaba con más voluntad que pericia en un ordenador marca IBM.
La torre de libros que tenía apilados sobre la mesa parecía estar a punto de derrumbarse.
Detrás de él, varios sacerdotes y jóvenes investigadores estaban concentrados en sus lecturas, creando un ambiente de profundo respeto.
Carraspeó para llamar la atención del hombre, que no se había percatado de su presencia.
Él se volvió lentamente, se quitó las gafas y las dejó caer sobre la cuerda que llevaba al cuello, donde quedaron balanceándose sobre su pecho.
Vargas pudo ver el alzacuellos asomando por la parte superior de la bata.
—Buenos días. Soy la inspectora Vargas. Tengo permiso del obispado para acceder al fondo documental —anunció al sacerdote mientras le entregaba el sobre que contenía la carta de autorización.
—Sí... inspectora. El secretario del obispo se puso en contacto conmigo para avisarme de que usted iba a venir —respondió, devolviéndole la carta y poniéndose en pie—. Por favor, acompáñeme.
El sacerdote la guio por un laberinto de pasillos repletos de armarios numerados y etiquetados con los años correspondientes.
—¿Exactamente qué está buscando?
—Busco información relacionada con las colonias preventoriales que existían en Galicia durante la dictadura y que fueron gestionadas por sacerdotes salesianos. En concreto, me interesa una llamada Monte do Carballo.
El sacerdote la condujo a una sección de la sala que contenía los archivos de los salesianos. Se puso las gafas para leer los años escritos en el lomo de los archivadores.
—¿Qué año en concreto está buscando, inspectora?
Vargas consultó un pequeño bloc de notas que sostenía en la mano.
—Principios de los años cincuenta, más o menos.
El sacerdote sacó del armario dos archivadores. Vargas se dio cuenta de su peso por la expresión de esfuerzo en su rostro.
—En esta sección encontrará información relativa a las instituciones gestionadas por los salesianos durante esos años: cofradías, instituciones gubernamentales, colegios, etc. Seguramente no están colocados en orden cronológico,
lo que significa que quizás le llevará un poco de tiempo encontrar lo que busca.
—No importa... suponía que podía ser así.
El sacerdote la acompañó a una mesa de madera blanca con una lámpara de aluminio y colocó las carpetas sobre la superficie.
—Aquí estará tranquila, inspectora —dijo con una sonrisa—. ¿Le apetece que le traiga un poco de agua?
—No, muchas gracias. Estoy bien.
—Si necesita algo, estaré en mi mesa.
Vargas abrió el primer archivador y desparramó cientos de documentos sobre la mesa, clasificándolos en dos montones.
Había de todo: cartas amarillentas por el tiempo, documentos que habían perdido parcialmente sus portadas, manuscritos y fotografías en blanco y negro que mostraban sacerdotes vestidos con sotanas en multitud de reuniones y eventos.
Las horas pasaron rápidamente. El único testigo del tiempo transcurrido era un pequeño reloj colgado en la pared. Su estómago comenzó a gruñir de hambre, y la creciente desesperación ante la posibilidad de no encontrar nada de valor la hizo plantearse dejarlo por el momento y volver otro día.
Estaba a punto de renunciar cuando encontró una fina carpeta azul que contenía papeles sellados en rojo con el yugo y las flechas de la Falange, acompañados por un acrónimo: ICCP y un membrete con el texto Inspección General de Campos de Concentración de Prisioneros.
Entre los papeles había legajos manuscritos con listados de nombres de decenas de prisioneros destinados a un batallón de trabajadores forzosos.
También encontró varias cartas firmadas por un tal coronel Marcos Carrión, donde se proponía crear una institución para «acoger a huérfanos y a los hijos de prisioneros enfermos, cuidar de su salud y de su alma, y conducirlos por el camino recto de la fe en Cristo».
Más adelante, halló un documento de 1950 que confirmaba que el régimen de Franco había aprobado la construcción de una colonia en la población de Santiago do Carballo. Estaría regida por salesianos bajo «la más estricta disciplina y la voluntad de servir a Dios y al Régimen».
Al cerrar la carpeta, consideró dónde podría encontrar más información sobre los sacerdotes a cargo de aquella institución. Habló con el sacerdote encargado de los archivos, quien la condujo a otra sala donde se almacenaba documentación adicional sobre las instituciones dirigidas por los salesianos.
En un archivador marcado con el código B-SAL-2111, encontró listas de alumnos y fotografías de los años cuarenta y cincuenta.
Había imágenes de niños sentados en sus escritorios junto a adultos que debían de ser sus profesores, otros jugando con aparente felicidad en el patio del castillo, niños tumbados en sus camas boca arriba y sonriendo, y comedores vigilados por sacerdotes.
En un sobre viejo descubrió fotografías en blanco y negro de grupos de sacerdotes vestidos con sotanas negras. Examinó cada una con detenimiento hasta que, en una, aparecían cinco sacerdotes posando distendidamente.
Dos de ellos, que no debían pasar de los treinta años, estaban de pie y sonriendo.
Otro, sentado en un banco de madera, era bastante joven, delgado y con el pelo muy corto y rubio.
Un cuarto sacerdote, de tez morena, apoyaba su hombro en el tronco de un roble y sostenía una copa de vino a medio terminar, mientras que el quinto, de ojos claros y orejas prominentes, estaba sentado junto al sacerdote más joven.
Junto a ellos se encontraba un chico con una hoz en la mano derecha, de expresión triste.
Algo llamó la atención de Vargas: dos colgantes colgaban de sus cuellos. Cogió una lupa y los examinó con detenimiento. Se quedó helada.
Eran las mismas medallas de Santa Mariña de Augas Santas que habían encontrado junto a los cadáveres del castillo.
Miró el reverso de la fotografía.
Mayo de 1952.
Vargas hizo copias de toda la documentación y contactó con el obispado para solicitar permiso para quedarse con las fotografías. Antes de salir del archivo, marcó un número desde un teléfono góndola de color verde.
—Suso, tenemos que vernos. He encontrado información relevante para el caso que podría llevarnos en la dirección correcta.