12
Habían pasado tres veranos desde que Marzán dejó atrás Laxe, el pintoresco enclave costero donde su vida comenzó y donde, sin saberlo, parte de sí quedó varada.
A pesar de que los recuerdos de su infancia en aquel lugar se desvanecían como las mareas, la tragedia que desgarró a su familia le dejó cicatrices invisibles, tan profundas que ni siquiera el tiempo parecía capaz de borrarlas.
Su psiquiatra solía decir que aún navegaba por las turbulentas aguas de la evitación, incapaz de enfrentarse al oleaje de emociones que Laxe despertaba en él.
La casa de sus antepasados, con su fachada de piedra resistiendo el embate del salitre y sus balcones de madera susurrando historias de tiempos mejores, ya no era más que un espejismo de conexión con su pasado.
Decidido, pero con el corazón encogido, la puso a la venta, dispuesto a subestimar su valor con tal de cerrar ese capítulo de su vida y, quizá, comenzar a escribir uno nuevo lejos del eco de las olas que aún lo llamaban a regresar.
Bajo el velo persistente de una lluvia fina que parecía desvanecer las fronteras del tiempo, los recuerdos de su infancia volvieron con fuerza.
Vio a su padre malgastando cada tarde en el bar La Casa del Pescador, entre ecos de risas y el clamor del mar.
Al estacionar su Audi 80, que contrastaba con la rusticidad del paseo marítimo, observó a un grupo de jóvenes peregrinos.
Sus risas se entrelazaban con el murmullo de las olas, capturando instantáneas de un pueblo que parecía suspendido en el tiempo.
El encuentro con su prima Carme, en una casa donde el aroma del café recién hecho se mezclaba con el peso de los recuerdos, fue un puente hacia su pasado compartido.
—¿Cómo está Toño?
La pregunta de Marzán a Carme no era solo por cortesía, sino un hilo sutil que tejía la complejidad de su relación con su prima, marcada por la distancia y el tiempo, pero arraigada en un suelo común de memoria y afecto.
Carme, con una mezcla de resignación y orgullo, respondió:
—Bien. En agosto regresará de Suiza y pasará un mes con nosotros en casa, disfrutando de las vacaciones.
Marzán siempre vio en Carme a una luchadora infatigable. Su marido, Toño, llevaba trabajando en Suiza los últimos diez años. Una historia más de tantas sobre la emigración de aquellas tierras, durante la cual ella se había ocupado en solitario de criar a sus dos hijos, Alfredo y Xiana.
—¿Y los chicos?
—Están fantásticos. Alfredo está a punto de concluir su carrera de Ingeniería Industrial en Madrid. Y Xiana... bueno, me está costando un poco más con ella... extraña mucho a su padre.
—Entiendo.
Marzán, impulsado por un cálido gesto de comprensión, se levantó y, de manera inesperada, depositó un beso en su mejilla, provocando en ella un leve sonrojo.
—Son buenos chicos. Has hecho un trabajo admirable con ellos, dadas las circunstancias.
Carme, con una sonrisa que confirmaba más que sus palabras, se levantó y apagó el gas bajo una cafetera italiana.
Sirvió a Marzán una generosa taza de café humeante, tan fuerte que parecía capaz de mantener despierto a un guardia toda la noche.
Con un gesto, él indicó que era suficiente. Después, ella se sirvió su propia taza.
—La verdad, Suso, me sorprende verte —dijo Carme, su tono mezclando afecto con un toque de reproche—.
Ha pasado tanto tiempo sin saber de ti, y de repente me llamas diciendo que pasarás unas semanas aquí por trabajo.
Aún recuerdo cuando viniste al pueblo para los trámites de la venta de la casa de tus padres y ni siquiera te acercaste a verme. Podría estar molesta, ¿sabes?
—No sé qué decirte. Nunca he querido venir a Laxe más de lo estrictamente necesario. Quizá lo veas como un acto un poco egoísta —la miró y sonrió, esperando una reacción de complicidad.
—Por cierto, ¿dónde se ha metido Mason? Siempre me ha gustado ese hombre.
—Está en San Francisco por asuntos de trabajo.
Un silencio pesado se cernió sobre ellos, roto únicamente por el tintineo de la cuchara dentro de la taza de Carme.
—¿Y bien... por qué has vuelto, Marzán?
Marzán se tensó. Su silueta emergió rígida contra la luz tenue que se colaba por la pequeña ventana de la cocina.
—Hay un caso en el que estoy trabajando a petición de la policía.
Carme arqueó una ceja, lo que despertó su interés.
—¿El asunto de los restos en el castillo de Santiago do Carballo?
La sorpresa cruzó el rostro de Marzán.
—Laxe es pequeño, las noticias vuelan, y más si el alcalde es tu amigo —Carme dejó escapar una sonrisa torcida.
Marzán asintió y luego desvió la mirada, evocando recuerdos lejanos.
—¿Recuerdas el molino junto al castillo? Nunca me gustó ese lugar... de pequeño me daba escalofríos.
Carme asintió, su voz baja teñida de un sutil temor.
—Se cuentan muchas historias tristes de esos muros... como las que nos contaba mi abuelo. ¿Te acuerdas?
Marzán sintió en el rostro de Carme cierto rubor al recordar aquellas tardes de niñez en las que su abuelo, Pedro, les relataba historias de tiempos pasados.
—Sí, recuerdo aquellas historias como si fuera ayer —sonrió Marzán con nostalgia.
Ambos se sumieron en un silencio tenso, roto solo por el graznido de las gaviotas en la lejanía. Fue Marzán quien, al fin, rompió de nuevo el silencio.
—Volviendo a los restos... la policía cree que puedo ayudar a resolver el caso, dado mi conocimiento en criminalística.
Carme lo miró fijamente, invitándolo a que contara más.
—¿Y…? ¿Tienen alguna pista? —su pregunta estaba cargada de curiosidad.
—Nada concreto aún —respondió Marzán con sequedad y desvió la mirada, gesto que no pasó desapercibido para Carme.
Ella sopesó sus palabras cuidadosamente, consciente del peso de la historia que envolvía aquel lugar. Un leve fruncimiento de su ceño reveló su frustración ante la evasiva de Marzán, pero optó por no presionar más.
—Bueno... querrás instalarte. Te he preparado la habitación de siempre.
Marzán recogió la bolsa del suelo y siguió a Carme a la habitación que había dispuesto para él. Desde allí podía ver una preciosa vista de la playa y la costa. Los graznidos de las gaviotas eran el único ruido que interrumpía la tranquilidad de aquel lugar.
—Por cierto, he creído que te gustaría saber que Mario ha vuelto a Laxe. Regresó de Argentina hace unas semanas con su novio, un argentino alto y muy simpático. Han abierto una taberna en la plaza y me preguntó por ti —dijo Carme con una sonrisa.
Marzán sonrió también al recordar a Mario, su amor de juventud. Todas aquellas felicitaciones de cumpleaños que había recibido de él, y a las que nunca tuvo el valor de responder, regresaron a su memoria. Otra deuda con la vida que debía saldar.