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Después de la reunión con Noela en Camariñas, Marzán se encaminó hacia el Cementerio de los Ingleses.
Aquel trozo de terreno rocoso era un lugar que visitaba con frecuencia cuando era niño junto a su padre y que le traía recuerdos entrañables.
Un viejo memorial se erigía allí, dedicado a los ciento setenta y dos marineros ingleses del Serpent que perecieron ahogados en las aguas bravas de la Costa da Morte en 1890.
Marzán se sentía agradecido por hallarse en aquel sitio donde, de alguna manera, había encontrado la fuerza para enfrentarse a sus miedos y dolores.
Decidió detenerse antes de llegar a Laxe, el lugar donde se alojaría durante el tiempo que durase la investigación. Sentía que debía volver a sus raíces, a aquel escenario donde la muerte siempre había estado presente, pero también a los momentos de felicidad que había compartido con su padre.
Se sentó sobre la gran roca que se erguía frente al inmenso y furioso océano Atlántico y respiró profundamente.
Le acompañaba su inseparable botella de Macallan y brindó una vez más hacia el infinito con la intención de exorcizar los viejos fantasmas del pasado.
El sabor agrio de la bebida combinaba a la perfección con el viento y las olas que, como un coro de fondo, acompañaban su brindis.
Recordó la voz de su padre, las historias de antiguos naufragios que le entusiasmaban, las leyendas que evocaban un pasado en que los hombres luchaban con bravura y tesón contra aquellas costas infernales.
El Cementerio de los Ingleses era testigo de esa gloriosa lucha, aunque también de la tragedia que la acompañaba.
Recordó cuando, en su niñez, su padre se sentaba a su lado en esa misma roca y, señalando con el dedo el faro de Cabo Vilán, le decía:
—¿Ves aquel faro, Suso? La noche del naufragio del Serpent, la mar estaba tan enfurecida que ni siquiera el capitán pudo ver la señal luminosa que emitía. El mar arrastró al barco como si fuera de papel hasta las rocas del Cabo de Boi, donde se estrelló sin remisión.
Las palabras de su padre lo transportaron a ese fatídico momento. Imaginar a los marineros luchando contra las olas y el viento para salvar sus vidas le helaba el corazón.
Su padre lo atrajo hacia sí por los hombros y, con los ojos clavados en el mar embravecido, continuó su relato:
—Los marineros, con el miedo en el cuerpo, utilizaron los lanzacabos, pero se rompieron como hilos de seda con la fuerza del agua, y los botes de salvamento fueron arrastrados por un mar cada vez más revuelto.
Marzán no pudo evitar sentir una punzada en el pecho al imaginar la impotencia de aquellos pobres marineros ante la fuerza desatada del océano, pero también experimentó una extraña fascinación.
La voz de su padre lo sacó de nuevo de sus pensamientos:
—La historia de aquel naufragio siempre me impactó. El mar puede ser hermoso y peligroso al mismo tiempo.
Recordó las lecciones que su padre le había enseñado desde niño. Se vio a sí mismo asintiendo y diciendo:
—Tienes razón, papá. El mar es más poderoso que nosotros.
—No olvides nunca que los actos de solidaridad son espontáneos y que tienes que estar orgulloso de tus orígenes, Suso —recordó que le decía su padre mientras agitaba con su mano encallecida los cabellos rubios del niño—.
Tus abuelos fueron testigos de cómo sus padres cuidaron de uno de los tres únicos marineros que sobrevivieron a la catástrofe, y de cómo el resto de la comarca se movilizó para recoger cada uno de los cadáveres que la mar arrepentida expulsó hacia la costa.
Dos años después de aquella fatídica conversación, en 1969, él, su padre y su hermano salieron a faenar por última vez en uno de esos días en que el mar se convierte en un enemigo implacable.
Ese día, el padre y el hermano de Marzán perdieron la vida debido a un golpe de mar.
Con tan solo catorce años, Marzán tuvo la suerte de sobrevivir, pero nunca olvidaría el horror que presenció desde la barca.
Un año después del accidente, las pesadillas constantes que sufría lo obligaron a dejar aquel lugar, y se mudó junto a su madre a A Coruña.
Pero, a pesar de los años transcurridos, Marzán no había logrado escapar del infierno personal que la Costa da Morte representaba para él.
Veinte años después, estaba de regreso, involucrado en una investigación que amenazaba con empujarlo de nuevo a sus peores pesadillas.
Se levantó y recorrió un pequeño sendero que lo condujo al interior del monumento de piedra que se erigía como memorial. En su centro, abrazada por la hierba que crecía salvaje, se alzaba una estela conmemorativa cuyo mensaje, grabado en la roca, recitó en voz baja:
—«En memoria de todos los náufragos da Costa da Morte».
Acarició la piedra, se subió la cremallera de la chaqueta para protegerse del viento y sintió cómo el orballo, esa llovizna casi imperceptible, empezaba de nuevo.
Recordó con cariño aquella época de su niñez, a pesar de su dureza, de su pérdida, de su alma desgarrada.
Siempre había contado con el amor incondicional de sus padres.
Su padre trabajó duro como pescador para que sus hijos pudieran tener una vida mejor que la que él había tenido.
Además, fue un gran apoyo cuando Marzán le confesó que ya no sentía atracción por las niñas de la escuela, sino por sus compañeros.
Aquel niño de entonces, y hombre ahora, lo recordaba con gratitud y cariño.
Veinte años después de su última visita al Cementerio de los Ingleses, la Costa da Morte seguía siendo su gran hogar, pero también tenía la capacidad de perseguir y atormentar a todos aquellos que habían perdido parte de su alma en aquellas aguas salvajes.