Los Hijos de la Peste 10
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Junio de 1989

Noela jugueteaba nerviosa con una taza de café mientras su nuevo compañero, Suso, revisaba los documentos que ella le había entregado con las pruebas recogidas por la Guardia Civil en el lugar del hallazgo de los huesos.

El silencio era abrumador y no ayudaba en nada a calmar los nervios que sentía respecto al caso.

Marzán no parecía inmutarse ante la gravedad del asunto, sino que, por el contrario, estaba centrado en revisar cada una de las fotografías tomadas en la escena del crimen desde diferentes ángulos.

Vargas lo observó con curiosidad: su aspecto lívido y enfermizo, su obsesión por los detalles y sus trastornos obsesivos llamaron su atención.

No sabía con exactitud por qué, pero sentía cierta simpatía hacia él.

Sin embargo, el silencio se prolongaba y se hacía cada vez más incómodo.

Vargas se fumó un Advance y miró por la ventana, agradeciendo que la lluvia hubiera dado una tregua.

Los rayos de sol se filtraron entre las nubes, y tuvo la esperanza de que no desaparecieran de nuevo.

Observó los barcos de pesca anclados en el puerto y las pequeñas barcas a la deriva que esperaban a que sus dueños comenzaran la jornada laboral.

Finalmente, Marzán rompió el hielo y, con voz tenue, dijo:

—Santa Mariña de Augas Santas es la efigie que aparece en las medallas.

—Efectivamente —respondió Vargas—, es una de las santas más veneradas en Galicia y, curiosamente, su culto se entrelaza con la herencia celta, algo poco común en la tradición cristiana.

Marzán frunció el ceño, en actitud reflexiva. Vargas continuó con determinación:

——Creo que el asesino quizá sea miembro de algún grupo devoto a Santa Mariña. Usó las medallas como parte de un ritual iniciático. Las dejó en la escena del crimen como una especie de firma simbólica.

—Si logramos profundizar en la leyenda de Santa Mariña, podríamos descubrir pistas cruciales sobre el modus operandi del asesino —propuso Marzán, poniéndose de pie con un brillo de anticipación en sus ojos.

—No será fácil, pero no soy de las que se dan por vencidas; me encanta el trabajo de investigación. Quizás deberíamos intentar encontrar a los exalumnos de la colonia en aquella época. Sus testimonios pueden ser fundamentales para la investigación.

—Buena idea. Dividirnos podría acelerar las cosas. ¿Te parece si tú te encargas de los exalumnos y de investigar en los Archivos Diocesanos sobre el preventorio? Yo seguiré perfilando a nuestro enigmático asesino —propuso Marzán.

—Me parece bien —asintió Vargas.

Ambos se levantaron de la mesa del restaurante del hotel, residencia temporal de Vargas durante la investigación. La lluvia de nuevo golpeó los cristales con creciente intensidad, presagiando tormentas no solo atmosféricas sino también en el curso de su investigación.

—Esta tormenta no presagia nada bueno —comentó Vargas, observando la cortina de agua que empezó a caer con una fuerza inusitada.

—No, pero quizás nos ayude a aclarar nuestras ideas —respondió Marzán, esbozando una media sonrisa.