Los Hijos de la Peste 9
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Primavera de 1975

Durante toda la noche, la lluvia asedió la ciudad, convirtiendo calles y parques en un laberinto de charcos y corrientes que capturaban el titilar de las farolas.

Inmutable ante el diluvio, el custode aguardaba en su vehículo, apostado en la calle Forment, en el barrio de Ciudad Lineal, un oasis casi rural en las lindes de Madrid.

Sus casas unifamiliares de diseño modesto, bajo el torrente, parecían más bien naves a la deriva en un mar urbano.

La lluvia, implacable, evocaba en él un halo de melancolía, arrastrándolo hacia recuerdos de infancia marcados por la severidad de un sacerdote que lo castigaba con duchas frías por faltas tan nimias como el hurto de un trozo de pan.

Estos ecos de un pasado doloroso lo sacudían con cada gota que caía.

Encendió un cigarrillo, sus manos tensas sobre el volante, en un vano intento de anclar su espíritu turbado.

Moldeado por años de adversidad, se había endurecido hasta perder casi toda empatía.

Sin embargo, la culpa seguía siendo una sombra persistente, personificada en la figura amenazante de aquel sacerdote llamado Ángel Rivera, cuya mera memoria lo hacía retroceder a esos momentos de vulnerabilidad infantil vividos en la Colonia Monte do Carballo.

Frente a él, la casa de su objetivo se erguía discreta, integrada en la uniformidad del vecindario, pero distinguida por un jardín oculto tras una muralla de enredaderas, una fachada de paz que contradecía la naturaleza de su ocupante.

Sobre el salpicadero, una fotografía desvaída mostraba a un hombre de rasgos duros, vestido con uniforme militar, rodeado de camaradas.

Su mirada, aunque fija en un pasado inmóvil, parecía desafiar el juicio del custode.

Se había pasado los últimos días siguiendo meticulosamente a aquel hombre.

El coronel Aganzo, ahora retirado, había sido uno de los altos cargos de la Inspección General de los Campos de Concentración, un organismo creado por el gobierno en 1937 para controlar a los presos republicanos.

Su misión consistía en tratar a sus enemigos como si fueran seres infrahumanos, cumpliendo a rajatabla el mensaje de odio transmitido por sus superiores.

El custode albergaba un profundo desprecio por individuos como Aganzo, cuyas acciones durante la posguerra habían infligido inmensurable sufrimiento a la gente común.

Tanto él como su hermano eran supervivientes del daño causado por tales hombres.

Su propia familia estaba marcada por la amarga historia de su padre, prisionero en el campo de concentración de Orduña, y su madre, una aldeana que capturó el corazón afligido de su progenitor.

La liberación de su padre solo llegó tras sucumbir a despiadadas torturas, tanto físicas como psíquicas, que lo forzaron a traicionar sus convicciones.

Su muerte, poco después del nacimiento de su hermano, sumió a la familia en un camino sin retorno.

Un vehículo verde oliva se deslizó lentamente junto al del custode, quien se hundió en su asiento, acechando la escena con cautela.

Observó cómo su objetivo descendía, envuelto en una gabardina beige, resguardándose bajo un paraguas oscuro.

Aganzo, con un gesto mecánico, buscó las llaves en el bolsillo de su pantalón y procedió a abrir la puerta de su casa.

Fue entonces cuando el custode, moviéndose con sigilo, se aproximó por detrás y, con un agarre firme, le aplicó un pañuelo blanco impregnado con un narcótico potente sobre la nariz.

El coronel, vencido por la sustancia, comenzó a temblar. Su cuerpo fue incapaz de luchar contra el efecto sedante y, luego, con determinación, el custode lo arrastró hacia el interior.

Cuando Aganzo recuperó la conciencia, media hora más tarde, se encontraba sentado y maniatado en una silla de metal. La confusión y el terror se apoderaron de él. Intentó gritar, pero sus súplicas quedaron sofocadas bajo la cinta adhesiva que sellaba su boca.

Una estocada certera en la yugular liberó su vida en una fugaz exhalación.

Afuera, la lluvia persistía, cómplice del silencio.

El custode arrancó su coche y se desvaneció en la oscuridad, dejando atrás la casa del coronel.

La ciudad quedaba atrás, difuminada en la lejanía nocturna.