Los Hijos de la Peste 8
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Marzán llegó alrededor de las diez de la mañana a Santiago do Carballo y estacionó su Audi 80 rojo a la entrada de un camino de gravilla.

A ambos lados, casas y establos parcialmente abandonados salpicaban el paisaje, mientras que, al otro lado, se erguía un imponente muro de piedra que conducía a un espacio abierto donde un enorme roble centenario se alzaba como testigo de épocas pasadas.

Al fondo, una pequeña iglesia románica, rodeada de tumbas descuidadas, completaba la escena.

Era como una pintura al óleo que combinaba lo terrenal con lo sagrado.

Dos Land Rover de la Guardia Civil y una furgoneta negra, con las puertas traseras entreabiertas, daban testimonio de la actividad en el lugar.

Marzán se acercó al castillo por un pequeño camino pavimentado, restringido por el cordón de seguridad.

Frente a la puerta, vio a una mujer de unos treinta y cinco años, vestida con vaqueros azul marino y una gabardina verde.

A medida que se acercaba, pudo apreciar sus rasgos atractivos: rostro ovalado de tez morena y cabello negro azabache cortado a media melena.

En ese momento, la vio hablando con un agente de la Guardia Civil.

La inspectora lo advirtió y apartó la mirada del agente para dirigirse hacia él con calma.

Marzán captó la sutileza en los rasgos de la mujer.

Hacía años que las mujeres habían dejado de ser de su interés, pero algo en ella lo desafiaba.

Al estrechar la mano que la inspectora le extendía, sintió su calor envuelto en reserva, un silente recordatorio de quién comandaba la escena.

Aquel gesto bastó para que Marzán reconociera en Vargas una inesperada afinidad.

—Hola, soy la inspectora Vargas.

Aceptó el saludo.

—Soy Suso Marzán.

—Le esperaba a primera hora.

—Lo siento, pero regresar a esta tierra siempre afecta mis biorritmos.

Notó cómo la inspectora lo miraba de reojo mientras entraban al recinto del castillo.

Atravesaron una puerta de madera bajo un arco de medio punto, flanqueada por dos columnas talladas en el muro, que los condujo a un patio que, en tiempos pasados, debió de ser un claustro en la época de su mayor esplendor.

Evitando los materiales de construcción esparcidos por el suelo, siguieron la cinta amarilla hasta una puerta acristalada en una de las esquinas del claustro, que los llevó al interior del edificio.

Un vestíbulo los recibió con una imponente escalinata en su centro.

Marzán dio unos pasos adelante, se detuvo y sintió una inquietud recorriéndole el cuerpo.

Al girarse, miró fijamente a los ojos de la inspectora y notó el peso de los hechos terribles que allí habían sucedido.

Se giró hacia Vargas y la miró intensamente.

—Inspectora, antes de que me ponga al tanto, me gustaría establecer las condiciones habituales de mi trabajo.

Sé que es posible que no esté muy cómoda con la idea de que un civil esté involucrado en asuntos policiales, pero debe creerme cuando digo que mi único objetivo es ayudarla a cerrar la investigación lo antes posible y con éxito.

Por lo tanto, me gustaría tener acceso ilimitado a toda la información del caso y que no se me oculte nada.

Si cumple con esta directriz, creo que podremos trabajar bien juntos. ¿Está de acuerdo?

Vargas apretó los labios y pareció reflexionar un momento.

—Me han dicho que usted es una persona bastante peculiar.

Marzán sonrió, sintiendo que empezaban a entenderse.

—Está bien, creo que si vamos a pasar un tiempo juntos, lo mejor es que nos tuteemos. ¿Qué habéis descubierto hasta ahora?

Mientras estaban en el vestíbulo, Marzán escuchó en el exterior las primeras gotas de lluvia golpeando el suelo. El olor penetrante a tierra mojada inundó el aire, y pensó que la Costa da Morte era el único lugar en la tierra donde podía experimentar esa sensación.

Vargas sacó unas carpetas enrolladas de su bolso de mano oscuro y se las entregó.

—Puedes empezar por aquí... Estos son los informes forenses sobre los restos hallados en el castillo.

Confirman la presencia de tres individuos distintos.

Además, te dejo los expedientes sobre dos sacerdotes salesianos que fueron asesinados siguiendo un antiguo rito iniciático celta.

Creemos que trabajaron como maestros en la misma época en que los cuerpos fueron enterrados aquí.

En aquel entonces, el castillo funcionaba como colonia y preventorio.

—Entendido —dijo Marzán mientras hojeaba los expedientes—. ¿Se ha alterado la escena en algún momento?

—La Guardia Civil ha suspendido la inspección ocular y la recolección de pruebas, por lo que la escena se mantiene sin alteraciones desde su descubrimiento hace unas semanas.

—Fantástico, entonces veamos qué podemos descubrir aquí.

Vargas acompañó a Marzán hasta el área acordonada por las cintas amarillas. La iluminación, proveniente de potentes reflectores, otorgaba al ambiente un cariz aún más lúgubre. Un goteo constante, debido a filtraciones de agua, intensificaba la sensación opresiva.

Marzán se puso unas calzas de plástico y un gorro desechable, y, utilizando guantes de goma fina, se introdujo en el pequeño cuarto que albergaba los restos óseos. Invitó a Vargas a seguirlo, y la inspectora entró detrás de él, con cierta reticencia.

Desplegó sus herramientas y sacó un cuaderno de tapas rojas cuyas hojas estaban señaladas con pósits amarillos, así como una grabadora Sony plateada.

Vargas se sintió sobrepasada por las emociones al encontrarse frente a aquellos huesos y recordó la trágica muerte del pequeño Quique una vez más.

Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda, y tuvo que reprimir unas lágrimas que amenazaban con aflorar.

—El hallazgo tuvo lugar en un cuarto diminuto, que antes se usaba como pequeño almacén —Marzán hizo una breve pausa—.

Dentro, tres esqueletos de varones de entre diez y doce años, dispuestos en posición fetal.

Aparecieron alineados en círculo, separados por un metro exacto, como si el asesino quisiera dejar un mensaje cifrado.

Observó la reacción de Vargas y, tras unos segundos de análisis, continuó:

—La ausencia de prendas de vestir puede sugerir que el asesino buscó despersonalizar a las víctimas, arrebatándoles todo lo que les pertenecía, dejándolos sin nada.

Es como si el asesino hubiera escrito: «Así como has venido al mundo, así te vas a ir».

Podríamos estar ante un asesino frenético, cuyos actos se cometieron sin planificación previa, como respuesta a acciones no correspondidas.

La voz de Marzán y el clic de la grabadora al apagarse alejaron momentáneamente a Vargas de aquellos recuerdos sombríos.

—Inspectora, ¿podrías darme una escobilla, por favor?

Vargas se acercó al guardia que custodiaba el acceso y le solicitó la escobilla.

Al volver, Marzán estaba ocupado limpiando con delicadeza el cráneo y las cervicales de uno de los esqueletos.

De repente, algo llamó su atención: una pieza a modo de colgante asomaba enterrada junto a uno de los esqueletos.

Marzán la recogió y sopló con delicadeza antes de entregársela a Vargas. La inspectora depositó el objeto dentro de una bolsa de plástico. El colgante estaba sucio, pero aun así se distinguía la imagen de lo que parecía ser una santa o una virgen.

—Inspectora, por favor, diga a la Guardia Civil que limpien todo esto con cuidado y busquen más objetos como este. Creo que este pequeño colgante podría ser un indicio de las motivaciones del asesino.