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Cada noche, Suso Marzán rogaba que fuese la última.
Sin embargo, la pesadilla volvía, puntual, justo antes del aniversario de la muerte de su padre.
Aquel pescador de Longueirón, víctima del mar salvaje, había dejado una huella indeleble en él desde su adolescencia.
Unidos por el silencio del océano, él, su padre y su hermano compartían jornadas de pesca que ahora solo vivían en su memoria.
En su sueño, se veía joven, nadando en un mar de musgo verde, hasta que una niebla densa lo atrapaba, borrando todo a su paso.
Convertido de nuevo en aquel adolescente, su rostro juvenil delataba el pánico.
Buscaba una salida entre la bruma, sin éxito.
Entonces, la lluvia comenzaba a caer, pasando de un susurro a un diluvio que teñía el mar de amenaza.
Luchaba por no hundirse, pero el agua se volvía traicionera y, en su frenesí, divisaba dos figuras: su padre y su hermano, flotando, inalcanzables.
Cada intento de acercarse los alejaba más, hasta que, exhausto, el mar lo reclamaba, arrastrándolo lejos como un muñeco roto.
Marzán sabía que aquellas pesadillas de las últimas tres noches eran el preludio de algo que volvería a marcar su vida.
No había logrado dormir. Se despertaba a las cinco de la mañana, miraba el despertador y volvía a hundir la cabeza en la almohada.
Con cuidado, limpiaba sus gafas sin montura y las colocaba en su rostro.
Luego, tomaba un pequeño cuaderno de tapas rojas que descansaba sobre la mesilla y anotaba todas las sensaciones que experimentaba, tal como le había aconsejado su psiquiatra.
Profesor de criminalística y escritor de relativo éxito, llevaba una vida cómoda pero solitaria.
Convivía con sus obsesiones, alejado de los lujos que su cuenta bancaria le permitía.
Como única compañía, tenía a Wade, un guacamayo de vivos colores azules y amarillos, cuyo nombre estaba inspirado en un personaje creado por Raymond Chandler en «El largo adiós».
Wade había sido un regalo de su amante, Mason, un panameño cuarentón con quien mantenía una relación amorosa esporádica desde hacía siete años.
Se levantó después de una noche de agitación.
Desde hacía años, tomaba escitalopram de manera regular, pero su médico le había indicado que, en ciertas fechas complicadas, podía ajustar la dosis dentro de los márgenes seguros.
Tomó un par de comprimidos con agua, recordando que el tratamiento tardaba semanas en hacer efecto de verdad, aunque su psiquiatra insistía en que mantener la rutina era clave para evitar recaídas.
Con paso somnoliento, se movió entre los muebles de su apartamento.
Abrió el pequeño bar que tenía en su despacho y sacó una copa junto con una botella de Macallan de doce años.
Se sirvió una generosa medida, consciente de que mezclar güiski y escitalopram no era la mejor combinación, pero en ese momento le importaba poco.
Miró a Wade, el loro que parloteaba sin cesar, y le mostró la copa en un gesto de saludo.
Luego, se dirigió al salón, repleto de estanterías blancas atestadas de libros, y se sentó en una butaca de piel negra.
Colocó la copa con cuidado sobre una mesa, utilizando un posavasos de cartón para protegerla, y presionó el botón del contestador automático, que indicaba varias llamadas registradas.
Había un par de mensajes de Mason, quien preguntaba cómo se encontraba y le contaba, con voz cansada, sobre las aburridas reuniones que tendría esa semana en San Francisco y su deseo de volver lo antes posible para verlo.
En las siguientes grabaciones, una voz de mujer resonó en el salón.
Era una tal inspectora Noela Vargas, que le rogaba encarecidamente que la llamara a un número que repetía constantemente.
Marzán levantó el auricular del teléfono y marcó aquel número en el teclado. Al otro lado, una voz femenina respondió:
—Inspectora Vargas, soy Suso Marzán.
—Por fin logro contactar con usted. He intentado localizarlo en varias ocasiones sin éxito.
—No suelo atender llamadas de desconocidos. Intento aprovechar estos últimos días de primavera para escribir y no me gustan mucho las interrupciones.
Un breve silencio se instaló en la línea.
—Supongo que su llamada —continuó Marzán— está relacionada con el asunto por el que mi representante me contactó ayer. Parece que alguien importante en el gobierno ha solicitado mi colaboración en una investigación policial.
—Sí, aunque no estoy completamente convencida de ello, me vi obligada a aceptar esas condiciones.
—¿Dónde se encuentra ahora, inspectora?
—Estoy alojada en una localidad llamada Camariñas. Me gustaría que nos encontráramos mañana por la mañana en Santiago do Carballo para hablar en detalle sobre la investigación en la que vamos a trabajar. ¿Conoce el lugar?
—Sí, claro. Desafortunadamente, sí. Nos veremos allí a primera hora, inspectora.
Marzán colgó el teléfono. A pesar de las dudas que lo asaltaban, sabía que su vida estaba a punto de dar un giro inesperado.