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—¿Claviceps purpurea? —susurró Vargas.
—El cornezuelo o Claviceps purpurea es un hongo parásito que procede del centeno y tiene efectos narcotizantes —prosiguió el comisario García—.
Fue muy utilizado en la Edad Media, y su ingesta en exceso afecta al sistema circulatorio y puede provocar alucinaciones.
De hecho, según nuestras investigaciones, este hongo fue encontrado en excavaciones realizadas en turberas de toda Europa, donde aparecieron restos humanos de la Edad Media con evidentes muestras de haber participado en extraños rituales de sacrificio.
En estos rituales, las víctimas eran narcotizadas previamente con este hongo.
La enfermedad del ergotismo, muy común en aquella época, era provocada precisamente por la ingesta continua de pan de centeno en mal estado.
La única cura conocida en ese entonces, casualmente, era la peregrinación a Santiago de Compostela.
El obispo Romero, que hasta entonces había permanecido callado, alzó la voz, cargada de gravedad.
—Ese hongo, inspectora, está relacionado con algo mucho más oscuro que el ergotismo medieval.
En los registros de la Iglesia, se mencionan rituales de sacrificio vinculados al uso deliberado del Claviceps purpurea.
Algunos de estos rituales, como la llamada Triple Muerte, están descritos en un manuscrito que fue custodiado durante siglos en Allariz: el libro VI de Farsalia.
Vargas ladeó la cabeza, sorprendida.
—¿El libro VI de Farsalia? Nunca he oído hablar de él.
Romero asintió, cruzando las manos sobre la mesa.
—Es normal, muy poca gente conoce de su existencia.
El libro desapareció hace unos años. Era un manuscrito herético, repleto de referencias a prácticas prohibidas y rituales paganos.
Se guardó en Allariz bajo estricta custodia precisamente por su contenido.
Aunque la Iglesia nunca lo reconoció oficialmente, siempre hubo rumores de que su desaparición estuvo relacionada con sectas interesadas en revivir sus prácticas.
El comisario García intervino, mirando fijamente a Vargas.
—Ahora creemos que el asesino podría tener ese libro en su poder.
Todo apunta a que está recreando esos rituales descritos en el manuscrito, incluyendo la Triple Muerte.
El patrón coincide: las víctimas fueron narcotizadas con Claviceps purpurea, después ahogadas, degolladas y finalmente fueron desfiguradas.
Vargas contuvo la respiración por un instante, procesando la información.
—¿Y qué sentido tendría que alguien haga esto ahora, después de tantos años? —preguntó.
—Por eso queremos que usted se ocupe de esta investigación —intervino Arturo Castro—.
Sabemos de su especial sensibilidad en casos que involucran a niños.
Además, queremos que la investigación se lleve a cabo de la forma más discreta posible.
Tendrá acceso a toda la información necesaria y a todo tipo de recursos.
Su objetivo será descubrir si hay un asesino matando sacerdotes y atraparlo antes de que pueda causar más daño.
—Pero ahora estoy destinada en Madrid.
Castro deslizó otra carpeta que contenía un documento oficial con el membrete del Ministerio del Interior y firmado por el mismo ministro.
—Ha sido trasladada de manera inmediata como responsable de la comisión judicial extraordinaria que llevará el caso. Solo responderá ante los que estamos aquí presentes y, como es evidente, esta investigación debe llevarse a cabo con total discreción. No queremos que esto salga en la prensa.
—La misión apostólica, que traerá el próximo mes de agosto a Su Santidad por la Jornada Mundial de la Juventud, no debe verse empañada por sucesos ocurridos hace muchos años y que pueden enturbiar un evento que trae esperanza a muchos, inspectora —justificó el obispo.
—¿Con qué equipo cuento? —preguntó, mirando de nuevo al comisario.
—Con ninguno —contestó Castro de manera tajante. Luego deslizó un libro sobre la mesa hacia Vargas, con tapas grises y cuyo título en la portada era Perfiles criminales.
—¿Conoce al autor? —preguntó el comisario García.
Vargas leyó la contraportada, donde aparecía la fotografía en color de un hombre de tez blanquecina, cara fina y alargada, bastante atractivo, pelo lacio y castaño, con canas incipientes, gafas sin montura y un flequillo que le cubría parte de la frente.
Debajo de la fotografía estaba su nombre: Suso Marzán, y su edad: cuarenta y cinco años.
Luego había un texto austero con una breve biografía en la que se hacía referencia a su profesión como escritor y profesor de criminalística en la Universidad de Santiago de Compostela.
—¿Suso Marzán? Sí, lo conozco. Sus obras sobre criminalística son de obligada lectura en la carrera de Derecho.
—Nos gustaría que se pusiera en contacto con él de inmediato y que trabajaran juntos en este caso —prosiguió el comisario—.
Marzán es uno de los mejores perfiladores criminales de este país y creemos que puede ayudarla a resolver este caso rápidamente.
Juntos os trasladaréis a la Costa da Morte hasta dar por cerrada la investigación.
Vargas observó el rostro arrugado y cansado del comisario y asintió con un leve movimiento de cabeza.