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—El pasado mes de marzo —prosiguió—, en una pequeña aldea de la Costa da Morte llamada Santiago do Carballo, unos albañiles que estaban trabajando en la remodelación de un viejo castillo encontraron los esqueletos de tres niños de entre diez y doce años.
Según los primeros análisis forenses, es posible que hayan estado enterrados allí durante unos treinta años.
La curiosidad de Vargas se despertó repentinamente.
—¿Hay signos de violencia? —preguntó Vargas, con interés.
—No hemos podido determinarlo con exactitud, pero por el lugar donde se encontraron, la posición de los restos y las fracturas de los huesos, creemos que sí.
Vargas examinó con atención el contenido de la carpeta.
En su interior halló un informe minucioso de la Guardia Civil, extendido a lo largo de tres detalladas hojas, acompañado por fotografías en blanco y negro que capturaban la cruda imagen de un zulo oculto.
En dichas imágenes, la tierra aparecía removida, dejando entrever, apenas, restos óseos que el tiempo había teñido de oscuro.
La inspectora, tras una exhaustiva revisión, levantó la mirada hacia el comisario y luego observó, uno a uno, a los presentes.
Notó, particularmente, cómo el obispo Romero, con un gesto inquieto, entrelazaba los dedos y fijaba su vista en la carpeta que Vargas sostenía, como si intentara descifrar sus secretos desde la distancia.
—Este crimen, en caso de que lo sea, ya está prescrito, comisario.
¿No me diga que van a abrir una investigación sobre unos huesos enterrados hace tantos años?
—Vargas devolvió la carpeta—. Supongo que si me muestra todo esto es porque creen que existe alguna relación entre los asesinatos de los dos sacerdotes y este descubrimiento.
El comisario miró de soslayo al obispo y a Arturo Castro.
—¿Has oído hablar alguna vez de las colonias preventoriales? —preguntó García.
—No mucho, recuerdo que mi tío José me dijo que, cuando era pequeño, pasaba algunos veranos en la Sierra de Guadarrama, en Madrid, en algo parecido a una institución regida por sacerdotes, pero no lo recuerdo con claridad.
—Las colonias preventoriales fueron instituciones creadas con el apoyo del régimen de Franco para el tratamiento de la tuberculosis —explicó García—.
La llamada «peste blanca» era una enfermedad de difícil cura en aquellos años, y el aislamiento del enfermo y el reposo continuo solían ser los principales tratamientos, preferentemente en lugares donde los enfermos pudieran respirar un aire más puro que en las ciudades de donde provenían.
»Así surgieron sanatorios en distintas partes del país, en la montaña y cerca del mar. El primer preventorio se inauguró en Lille, a principios del siglo XX, y en España, a partir de 1940, se fundó el Servicio de Colonias Preventoriales, dependiente del Patronato Antituberculoso.
»Estas instituciones organizaban estancias temporales para niños de entre siete y doce años, los llamados «hijos de la peste», cuyas estancias en algunos casos podían durar años.
Se inauguraron preventorios en Madrid, Almería, Alicante, Tarragona, Segovia y Barcelona.
Sin embargo, el propósito curativo de estos sanatorios...
—el comisario dudó al elegir la palabra adecuada— se «alteró» cuando estas instituciones se convirtieron en lugares donde el adoctrinamiento de los niños en la causa nacional era común, y en algunos casos, tenemos constancia de los abusos a los que fueron sometidos.
—Por lo tanto, según lo que me está diciendo, comisario, los restos encontrados en este viejo castillo pueden pertenecer a tres niños que posiblemente fueron sometidos a esos abusos y luego asesinados —dijo Vargas.
—Sí, durante la década de los cincuenta, el Preventorio Monte do Carballo, llamado así por un enorme roble centenario situado junto a él, estuvo ubicado en ese castillo.
El viejo edificio, construido en el siglo XV, tiene una situación privilegiada en un paraje natural muy cerca de la costa.
Podría haber sido un destino maravilloso para los niños de clases adineradas gallegas que buscaban un entorno magnífico para sanar sus dolencias, pero desafortunadamente no fue así.
Durante varios años, los internos que lo habitaban eran hijos apartados a la fuerza de padres y madres del bando republicano que habían sido encarcelados por el régimen, y aunque no hay pruebas definitivas,
se sabe por viejos documentos que aquellos niños vivieron un calvario durante su internamiento, en forma de abusos psicológicos y, en algunos casos, posiblemente sexuales.
Un silencio incómodo se cernió sobre los presentes, solo roto por el ruido de la butaca del obispo Romero cuando se levantó y, pensativo, se acercó a uno de los grandes ventanales de la sala, a través del cual la luz de la mañana entraba con inusitado fulgor.
—Inspectora Vargas —dijo Romero—, hay cosas en las que la Iglesia ha participado y que algunos de los que la lideramos nunca nos hemos sentido orgullosos.
Esta santa casa que acoge y protege a todos los seres vulnerables en su seno nunca ha visto con buenos ojos la participación de algunos de sus miembros en la gestión, podríamos decir, «no adecuada» de estas instituciones y, en ocasiones, hemos sido testigos de los abusos sufridos por esos niños.
Estos abusos de los que ha hablado el comisario —recalcó— son solo otro de los episodios oscuros que nuestra institución ha tenido que afrontar a lo largo de su historia.
Estamos llevando a cabo un verdadero acto de contrición y de reparación moral hacia las víctimas.
El Papa Juan Pablo II, en sus cartas apostólicas dirigidas a la juventud, ha llamado a los jóvenes «esperanza de la Iglesia», y es esa esperanza la que hemos destruido una y otra vez con estos desagradables episodios.
—Entiendo, Monseñor —dijo Vargas, pensativa. Luego volvió a coger el expediente—. Es posible que tengamos entre manos un crimen que ocurrió hace más de treinta años, pero, caballeros, sigo sin ver cómo puedo ayudarles.
—Inspectora —prosiguió Romero—, sabemos que usted es una persona de firmes convicciones morales y con una educación católica exquisita.
Conozco a su padre desde hace muchos años y sé de buena tinta que esto es así.
Necesitamos su valiosa ayuda y perspicacia como policía para resolver este caso y poner punto final a este desagradable episodio de nuestra historia.
—Pero repito, y perdone que insista, estamos ante un crimen ocurrido hace más de treinta años y que ahora está prescrito. Además, sigo sin entender cuál es la relación entre la muerte de los dos sacerdotes y los restos encontrados en el castillo —insistió Vargas.
—Los dos sacerdotes trabajaron en el preventorio en la misma época en que posiblemente fueron asesinados los niños —dijo Arturo Castro, quien aún no se había pronunciado en toda la reunión.
—Entonces, ¿entiendo que creen que hay una conexión causal entre lo que sucedió en aquella institución y las muertes de ambos sacerdotes?
Vargas no pudo evitar prestar atención a un pequeño imperdible de oro que llevaba Castro prendido en el ojal de la solapa, con la representación de una corona de espinas.
—Fíjese con más detalle en los dos informes de las muertes de los sacerdotes —dijo Castro—. ¿No ve nada en común?
Vargas abrió nuevamente la carpeta, separó con cuidado cada hoja y revisó con atención todos los detalles.
En los informes no aparecía nada distinto a lo que ya había visto antes: fotografías de los cadáveres, detalles del lugar de los hechos.
Volvió a observar más imágenes de los elementos encontrados en la escena.
Pensó que la Guardia Civil había hecho un trabajo minucioso al redactar cada párrafo del informe.
Sin embargo, un detalle que había pasado por alto la obligó a prestar más atención.
En el documento de la autopsia de ambos sacerdotes descubrió un elemento común: en ambos se habían encontrado restos de una sustancia en la sangre de la que jamás había oído hablar.