Los Hijos de la Peste 6
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Mayo de 1989

Una cita sorpresa en el Palacio Arzobispal de Santiago de Compostela había llevado a Vargas de regreso a su ciudad en aquella soleada y extrañamente calurosa mañana de mayo.

Después de la muerte del pequeño Quique, había solicitado el traslado a Madrid, lo que le permitió alejarse de sus pesadillas con la ayuda periódica de un psicólogo.

Dos días antes, había recibido una extraña llamada de la Secretaría de Estado que la obligaba a coger el primer avión a Lavacolla para asistir a una reunión urgente, de la cual no tenía ningún detalle, salvo algunas pinceladas que su antiguo jefe, el comisario Alfredo García,

le había transmitido por teléfono.

Noela Vargas dejó sus cosas en su apartamento y decidió dar un paseo hasta la Plaza de la Inmaculada.

Atravesó con paso rápido el casco histórico, salpicado de los primeros turistas y peregrinos de la temporada, que tomaban fotos y disfrutaban de un refrigerio bajo la sombra de las terrazas.

Siguió por la Rúa do Quintana, un estrecho y pintoresco callejón lleno de antiguas tabernas y tiendas de azabache, encajado entre edificios blancos que reflejaban implacablemente la luz del sol.

El Palacio Arzobispal se encontraba muy cerca de la Catedral.

El edificio, con su imponente fachada de piedra, estaba rodeado por otros históricos rincones que transportaban la mente a épocas pasadas llenas de fe y penitencia.

Al llegar a la plaza del Obradoiro, un sentimiento especial la invadió.

Comprendía la emoción que sentían los peregrinos cuando llegaban cansados y maravillados por la riqueza y la mística de aquel lugar.

Vargas caminó bajo la sombra de un pórtico que la protegía del inusual y ardiente sol de mayo.

Aunque esa mañana había elegido un conjunto ligero de lino, compuesto por unos pantalones granates de corte amplio, una blusa de algodón con cuello y unas sandalias planas de cuero, el calor del mediodía hacía que su cuerpo sudara más de lo debido.

Su tez morena y su cabello oscuro como el azabache eran un fiel reflejo de sus raíces cubanas.

Las gafas de sol Venice que llevaba parcialmente ocultaban su rostro, dándole un aire de elegancia y sofisticación.

Llegó al edificio del arzobispado donde se cruzó en la puerta con un grupo de monjas que charlaban animadamente. Un amplio vestíbulo la recibió. Se quitó las gafas y las guardó en un pequeño bolso de mano de color crudo. Sus ojos oscuros tardaron en acostumbrarse a la luz interior.

Se acercó a un imponente mostrador de madera de caoba con amplias ventanillas de cristal.

Una mujer de mediana edad, con el pelo corto y rubio, a quien identificó rápidamente como la recepcionista, estaba sentada tras la mesa.

Junto a ella, un hombre mayor y con sobrepeso tenía la cara enrojecida por el esfuerzo de levantar una caja y colocarla detrás del mostrador.

La recepcionista se percató de la presencia de Vargas y le dedicó una sonrisa protocolaria.

—Buenos días. Tengo una cita con el obispo auxiliar, Andrés Romero.

La recepcionista asintió y abrió un enorme libro cuya cubierta de piel marrón claro funcionaba como una agenda.

En la portada, Vargas observó el escudo del Arzobispado de Santiago, que consistía en un capelo verde con diez borlas cayendo a cada lado de una cruz y, en el centro, una barca con una red.

—¿Su nombre, por favor?

—Inspectora Noela Vargas.

La recepcionista buscó el nombre de Vargas en el libro y confirmó la cita con la mirada. Luego levantó el auricular de un teléfono gris, donde varias luces parpadeaban. Esperó un momento y habló con alguien, informando sobre la cita.

—La inspectora Vargas acaba de llegar...

Colgó el auricular y se dirigió a ella con tono profesional.

—Por favor, diríjase a esa sala que se encuentra al otro lado de los tornos y espere allí. Enseguida vendrá alguien a buscarla.

Vargas asintió. Pasó por el torno de acceso y entró en una sala cuyas paredes estaban divididas en dos partes: la parte inferior estaba revestida con frisos de madera color caoba, mientras que la superior lucía un tono crudo recién pintado, como delataba el fuerte olor a resina.

Mientras esperaba, se distrajo leyendo unos carteles con la imagen del papa Juan Pablo II.

En ese momento, un sacerdote de unos treinta años entró en la sala.

Era alto, moreno, con el cabello cortado al ras, y vestía una sotana impecable.

En su rostro llevaba una amplia sonrisa que parecía diseñada para inspirar confianza.

—Inspectora, soy Ricardo Greco, el secretario personal de don Andrés Romero. Por favor, acompáñeme. La están esperando.

El sacerdote la condujo a la primera planta por una escalera de grandes peldaños de robusta piedra gris. En el rellano, un ventanal adornado con vitrales de múltiples colores proyectaba destellos de luz que animaban el ambiente solemne.

Avanzaron por un pasillo delimitado por distintas estancias hasta llegar a una sala cuyo acceso estaba marcado por una imponente puerta de madera maciza de doble hoja.

Los cristales de la puerta estaban decorados con arabescos de vidrio blanco que reflejaban el carácter elegante del lugar.

El sacerdote abrió la puerta con suavidad e hizo un ademán invitando a Vargas a entrar.

Cerró la puerta tras ella con delicadeza.

En la sala, tres hombres charlaban animadamente en un corrillo improvisado. La conversación se interrumpió abruptamente al notar la presencia de Vargas.

Reconoció de inmediato al comisario García, a quien no había visto desde que se mudó a Madrid. García, con su carácter afable, rodeó la gran mesa de reuniones ubicada en el centro de la sala y se adelantó a estrecharle la mano.

—Noela —dijo con una sonrisa, transmitiéndole un cariño que la sorprendió gratamente.

A su lado estaba el obispo auxiliar, Andrés Romero, vestido con pantalón negro y una camisa de manga corta.

Su rostro anguloso y las arrugas que surcaban su piel reflejaban una experiencia propia de alguien de unos sesenta años.

Era alto, delgado, con cabello lacio y cano peinado hacia un lado, lo que le confería un aire distinguido.

La tercera persona, inicialmente, no le prestó atención.

—Me alegra muchísimo verte.

Vargas le devolvió una sonrisa, correspondiendo a la calidez con la que García la recibió.

—No te veía desde que pediste el traslado.

—Sí, han sido unos meses muy complicados para mí, pero ya estoy de vuelta —sonrió.

—Bien, me alegra oír eso. ¿Qué tal en Madrid?

—Distinto. He echado mucho de menos la ciudad, pero un cambio me ha venido bien.

El comisario asintió. Luego, como si de repente se diera cuenta de la presencia de los otros dos invitados, se giró y, con un gesto solemne, hizo las presentaciones.

—Inspectora Vargas, permítame presentarle al obispo auxiliar de Santiago de Compostela, Andrés Romero.

Vargas sintió la firmeza con la que Romero le estrechó la mano. Era propio de alguien acostumbrado a tratar con todo tipo de personas debido a su posición.

—Monseñor.

—Tenía ganas de conocerla, inspectora. El comisario García habla muy bien de usted.

—Muchas gracias —respondió Vargas, buscando la complicidad del comisario con una mirada de reojo.

Luego, ambos se giraron hacia el tercer invitado de la reunión, que hasta entonces había permanecido en segundo plano.

Ahora, Vargas pudo observarlo con más detalle.

Desde el primer momento, le pareció que era un alto cargo del Gobierno.

Vestía un elegante traje azul marino cruzado, una camisa blanca impecable, corbata roja y zapatos Oxford.

Superaba ligeramente los cuarenta años, su piel dorada reflejaba una vida de lujo, y tenía el cabello corto y negro, cuidadosamente peinado hacia atrás.

Lucía unas gafas de pasta que completaban su imagen de profesional de alto nivel.

A Vargas le pareció fuera de lugar; más parecía un banquero que un funcionario gubernamental.

—Soy Arturo Castro, inspectora. Encantado —se adelantó a la presentación formal del comisario—.

Trabajo para el Ministerio del Interior y soy el enlace entre el Gobierno y la Iglesia.

Entre las diversas tareas en las que estamos colaborando, estoy brindando apoyo al arzobispado en la organización de la visita del Papa Juan Pablo II a Santiago de Compostela para la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará el próximo mes de agosto.

El obispo interrumpió la presentación de forma repentina.

—Muy bien, ¿por qué no nos sentamos? No disponemos de mucho tiempo. ¿Desea tomar algo, inspectora? —preguntó amablemente el obispo.

—No, estoy bien, muchas gracias.

—Entonces, empecemos. ¿Comisario? —exhortó con un gesto de invitación a García.

El comisario sacó una carpeta de cuero oscuro de su maletín y se la entregó delicadamente a Vargas.

—En esta carpeta hallarás dos informes sobre las investigaciones de los macabros asesinatos de dos sacerdotes salesianos. Sus cuerpos, encontrados en intervalos de seis meses, mostraban signos de torturas y mutilaciones.

Vargas abrió la carpeta y examinó los documentos, que incluían varias fotografías de dos hombres de unos setenta años. En ellas, pudo ver imágenes brutales capturadas en los lugares de los hechos.

En una fotografía, se mostraba a un hombre vestido con un jersey de cuello gris y alzacuellos, yaciendo en el suelo con el rostro ensangrentado y una cuerda de cuero, o eso parecía, atada al cuello.

En otro expediente, aparecía un segundo individuo, o al menos lo que quedaba de él, cuyo rostro había desaparecido prácticamente debido a un disparo a quemarropa.

Además, había varias fotografías de una pistola que Vargas reconoció como una Smith & Wesson calibre 38.

Vargas hojeó el expediente y miró al comisario con extrañeza.

—Comisario, no sé... —dudó—. Sabe que ahora mi trabajo está centrado en la nueva unidad de protección infantil.

—Precisamente, Noela, tu trabajo actual es una de las razones por las que te hemos convocado.

El comisario sacó otra carpeta azul del mismo maletín y también se la entregó a Vargas.