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—Jaime ha pegado a Lucía y se ha llevado al niño. Por favor, ven a buscarme ya. Sé dónde puede estar. Tiene una casa familiar en Santa Comba. Avisa a la comandancia de la Guardia Civil y que manden un par de patrullas. El niño corre peligro. Jaime está fuera de sí y puede hacer cualquier cosa.
Manuel se quedó desorientado al otro lado del teléfono.
—Corre, joder.
Veinte minutos después, el Seat Ritmo de Manuel apareció para recoger a Vargas frente al portal de la casa de Lucía. Vargas abrió la puerta del coche y entró rápidamente.
—La Guardia Civil ya va en camino —dijo Manuel, pisando el acelerador mientras enfilaba con rapidez la Avenida de Santiago de Chile.
—¿Qué coño ha pasado, Noela?
Noela Vargas no respondió. Todavía estaba tan aturdida por lo que acababa de presenciar que apoyó su cabeza contra el cristal. En un silencio casi sepulcral, recorrieron los treinta y dos kilómetros que separaban Santiago de Compostela de Santa Comba.
La casa familiar del marido de Lucía estaba situada en las afueras de la población, accesible a través de un estrecho camino forestal.
Era una típica vivienda de la zona, construida en dos alturas.
La parte superior servía como residencia, y la pared exterior, pintada de un blanco deslucido, había perdido su brillo con el tiempo.
Se accedía a la casa mediante una escalera de mármol sin pulir, con una barandilla de aluminio.
Debajo, había una planta construida en piedra que se utilizaba como almacén y garaje.
El Seat Ritmo frenó en seco. Vargas y Delgado bajaron rápidamente del coche y se acercaron a la casa.
Enfrente, ya estaban estacionados dos Land Rover Santana de la Guardia Civil, con las luces de emergencia encendidas, creando un efecto inquietante.
Un cabo de unos veinticinco años, con su uniforme azul del servicio rural y la gorra en la mano, saludó con cierto nerviosismo a Vargas.
Parecía ser uno de sus primeros servicios.
Vargas le mostró su placa y los tres se acercaron a la casa. Junto a uno de los vehículos, había una señora vestida con una bata de color crema estampada con flores, que lloraba con las manos sobre la boca. Vargas reconoció a la madre de Jaime.
—¿Dónde está su hijo? —preguntó Vargas.
La mujer, diminuta y de pelo blanco, respondió con voz temblorosa, claramente bajo un ataque de nervios.
—Creía que se había ido, pero luego regresó con el niño y se encerraron en una habitación —dijo entre sollozos—. Tienen que ayudar al niño... nunca había visto así a Jaime, estaba fuera de sí.
Vargas y Delgado desenfundaron sus pistolas Star, Modelo 30 y subieron sigilosamente por la escalera. La casa estaba completamente a oscuras, salvo por un tenue rayo de luz que se filtraba furtivamente por debajo de una puerta al final del pasillo.
Un llanto suave resonaba desde la habitación.
El cerebro de Vargas recibió ese sonido como una señal de alarma.
Sus manos comenzaron a sudar, su corazón se aceleró y ella tragó saliva mientras avanzaba.
Al llegar a la puerta, apoyó su cabeza contra ella, intentando escuchar con mayor claridad.
Un gemido masculino rompió el silencio. Delgado, con extremo cuidado, comprobó que la puerta estaba abierta y accionó lentamente la manilla.
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y ambos entraron en la habitación.
El escenario que se les presentó los dejó paralizados.
Jaime estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas y la espalda apoyada en una cama cubierta por un edredón de Mickey Mouse manchado de sangre.
El pequeño Quique yacía en sus brazos, con el torso y la cabeza apoyados en el pecho de su padre, mientras sus brazos y piernas colgaban inertes a ambos lados de su cuerpo.
El suelo estaba salpicado de sangre, y un cuchillo descansaba cerca, con el filo aún manchado de rojo. Jaime se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, gimoteando suavemente, como si intentara acunar al niño, que ya no tenía vida.
Vargas tardó en salir del estado de shock y en darse cuenta de lo que había sucedido. Su brazo, que portaba la pistola, cayó a un lado mientras miraba la escena con la mirada perdida, incapaz de articular palabra. Una sequedad insoportable le invadió la boca.
—¿Qué... qué has hecho? —dijo Vargas, titubeante.
—No podía... dejar que se marcharan. Así no.
Vargas se precipitó hacia Jaime, apuntándole con la pistola directamente a la cabeza.
—¡Hijo de puta! —gritó.
Manuel Delgado se acercó lentamente a Vargas y sujetó su brazo con dulzura, pero con firmeza. La inspectora tembló, y su dedo acarició el gatillo mientras sus lágrimas comenzaban a rodar por su rostro.
—Vamos, Noela, tranquila. No vale la pena... ya está —dijo Manu, aplicando una ligera presión sobre la mano de Vargas y retirándole suavemente la pistola.
Noela Vargas retrocedió con pasos temblorosos.
Sus piernas habían perdido toda fuerza, incapaces de sostener su cuerpo.
Su espalda encontró una de las paredes de la habitación y se dejó deslizar hasta el suelo.
Terminó sentada, con los brazos sobre las rodillas y las manos juntas formando un óvalo.
Ocultó su rostro entre las manos mientras un amargo llanto sin consuelo se apoderaba de ella, llenando la habitación de una pena tan densa como el aire que respiraban.