5 #2
Noela abrió la carpeta y echó un vistazo al interior. Contenía un dossier con varias hojas sujetas por un clip negro. Los expedientes mostraban información y fotografías en blanco y negro de tres hombres y dos mujeres. Luego, pasó la carpeta a Delgado, quien la examinó detenidamente.
—Tenemos que encontrarlos de una vez. La prensa local nos está destrozando, y la presión se duplicará ahora que un Guardia Civil está debatiéndose entre la vida y la muerte —dijo el comisario con seriedad, mientras tomaba asiento en su butaca de piel—.
Noela, sé que tienes asuntos personales que resolver, pero necesito que te concentres en esto.
—Le prometo, comisario, que mis problemas no interferirán en la investigación ni en mi desempeño como policía —respondió Vargas, sorprendida por aquel comentario tan personal y consciente de que hacía referencia a su preocupación por Lucía.
García se quedó pensativo. La conocía desde hacía muchos años y sabía que era una persona rigurosa y profesional, alguien que no permitiría que sus problemas personales afectaran su trabajo. Sin embargo, últimamente la veía preocupada y no había podido evitar mencionarlo.
—Lo siento, Noela, no debí hacer ese comentario. Estoy bajo mucha presión y hay mucha gente esperando que fracasemos en esta investigación para que la Guardia Civil se haga cargo.
El comisario la miró fijamente mientras entrelazaba los dedos de sus manos sobre la mesa, animándolos con la mirada a ponerse en marcha.
A última hora de la tarde, cuando la comisaría estaba prácticamente vacía, Vargas se encerró en su despacho, pensativa.
Creía que era capaz de ocultar sus preocupaciones ante los demás, pero parecía haberse equivocado.
Sus compañeros habían notado que algo le sucedía.
El desasosiego que le provocaba la situación de Lucía quizá ya estaba afectando a su trabajo, y ella no se había dado cuenta.
Pensaba que no era tan transparente, pero todo indicaba lo contrario.
Desde la muerte de su hermano Alfonso por sobredosis de heroína, Vargas había experimentado un cambio en su espíritu, que la hacía más vulnerable.
Aquella tragedia la había marcado profundamente.
Gracias a Lucía, que estuvo a su lado, pudo superarlo y encauzar nuevamente su vida.
Ahora no podía dejarla sola, de ninguna manera.
Lucía era, junto a su madre, la única familia que le quedaba.
Su padre aún vivía, pero su relación se había deteriorado desde la muerte de Alfonso.
Apenas se dirigían la palabra. Su padre creía que Vargas, como policía, podría haber hecho más por su hermano, y quizás tenía razón.
Esa posibilidad la atormentaba constantemente.
Pero la situación estaba a punto de resolverse.
Lucía abandonaría a Jaime y, por fin, Vargas podría volver a concentrarse plenamente en su trabajo.
Había luchado mucho para obtener su puesto como inspectora jefa y no pensaba desperdiciar la oportunidad de aprovechar el crédito que se había ganado día tras día.
Contempló a través de la ventana cómo el anochecer envolvía los edificios frente a su despacho como una capa de armiño.
Reaccionó y salió de su ensimismamiento.
Echó un último vistazo al expediente que el comisario García le había entregado, lo cerró y lo guardó bajo llave en la cajonera de su escritorio.
Miró su pequeño reloj plateado de la marca Montblanc y vio que ya era muy tarde.
Había quedado con Lucía en media hora y era importante que fuera puntual. Decidió llamarla para asegurarse de que ella y Quique estuvieran listos. Descolgó el teléfono y marcó el número de Lucía en la botonera del aparato de color mostaza. Nunca le había gustado ese color, pensó.
Escuchó el primer tono, luego el segundo, un tercero... y cuando llegó al octavo, una alarma asaltó su mente como la campana de un ring para un boxeador noqueado. Una premonición la golpeó. Era extraño que Lucía no contestara.
Se levantó, apagó la luz del despacho y salió apresuradamente de la comisaría para coger un taxi.
Quince minutos después, el taxi se detuvo frente a un edificio en el número treinta y dos de la Avenida de Santiago de Chile, en la zona comercial de Santiago. En el cuarto piso vivía Lucía. Vargas pagó al taxista, salió rápidamente y entró al portal.
Buscó el botón del 4C en el portero automático y observó que, en el interior del hall, la luz estaba encendida.
Llamó repetidamente, pero nadie respondió.
Recordó que siempre llevaba consigo una llave del portal en su bolso, a pesar de que había entregado las demás llaves a Lucía, por petición expresa de él, a quien no le gustaba que ella «fisgoneara continuamente por allí».
Jaime creía que, siendo policía, ella podía ser peligrosa. Qué ironía, pensó Vargas.
Accedió al portal justo cuando un desconocido salía. Miró por el hueco de la escalera y tiró de la puerta del ascensor con la esperanza de encontrarlo en la planta baja, pero no estaba allí. Sin esperar más, subió las escaleras de dos en dos.
Lo que vio al llegar a la cuarta planta la dejó paralizada.
Su amiga estaba sentada en la entrada de su piso, magullada y con las manos temblorosas cubriendo su rostro.
Estaba rodeada de varios vecinos que intentaban consolarla.
Vargas les enseñó su placa, se agachó junto a Lucía y le retiró las manos de la cara, descubriendo que su rostro estaba lleno de moratones.
—¡Lucía! ¿Qué ha pasado? —preguntó, titubeante.
Su amiga estaba en estado de shock. Sus llantos inconsolables no le permitían articular palabra.
—Se lo ha llevado —logró decir finalmente.
—¿Quién? ¿Y a quién se ha llevado, Lucía? —inquirió Vargas con urgencia.
—Apareció de repente, vio las maletas... y se enfureció. Me golpeó y luego... —sollozó sin consuelo—. Se llevó a Quique; me dijo que, si lo abandonaba, jamás volvería a ver a mi hijo. —Lucía la miró fijamente—. Es por tu culpa, Noela. Si no me hubieras convencido, esto nunca habría sucedido.
El mundo de Vargas se desmoronó como una torre de naipes.
Tardó unos segundos en reaccionar mientras los vecinos levantaban a Lucía y la llevaban al interior de la casa.
Tenía que pensar rápido. Entró en la vivienda, se dirigió al salón, descolgó el teléfono y llamó a Manuel Delgado, quien a esa hora ya estaría en su casa.
—Sí —respondió Manuel, lacónico.
—Manu, tienes que ayudarme.
—¿Qué pasa?