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—Tienes que dejarle; es un cabrón —susurró Noela, apretando los dientes, y se encorvó sobre Lucía como si fuera a decirle algo al oído.
Aquella tarde de invierno en Santiago de Compostela, donde el frío y la sequedad del aire se dejaban sentir, Noela Vargas y Lucía Ramírez, amigas inseparables desde la infancia, habían quedado como de costumbre en la cafetería Candilejas.
Allí disfrutaban de un par de cervezas y saboreaban la deliciosa empanada de bacalao que tanto les gustaba.
La céntrica cafetería estaba situada en la encantadora Plaza de Mazarelos, cerca del Arco de Mazarelos, la única puerta conservada de la antigua muralla medieval de Santiago.
Ese lugar les encantaba, ya que aún respiraba un aire histórico.
Era la misma puerta por donde los peregrinos procedentes de Ourense entraban a la ciudad durante la Edad Media.
Un detalle que ambas recordaban con fascinación.
Hacía ya varios años que Noela y Lucía solían reunirse una vez a la semana sin falta para compartir momentos alegres y también para desahogarse de las dificultades de la vida.
Sin embargo, en los últimos meses, Vargas había notado con tristeza que sus conversaciones con Lucía se habían vuelto cada vez más cargadas de pesar.
Aquella chica dependiente y tímida, con su rostro ovalado y pálido y sus ojos negros de mirada apagada, reflejaba en su alma el peso de una vida llena de adversidades.
Vargas, por otro lado, era completamente distinta.
Era una mujer valiente y decidida, la inspectora más joven en alcanzar ese puesto en la policía.
Su confianza en sí misma e inteligencia brillaban en cada uno de sus actos.
Pero, además de su imponente presencia, Vargas era profundamente religiosa, una fe que la guiaba en cada paso que daba.
A pesar de enfrentarse a innumerables obstáculos en un mundo dominado por hombres, había demostrado que las mujeres también podían sobresalir en ese campo.
—Si te vuelve a poner una mano encima, lo mato —dijo Vargas, con evidente enfado.
—Jaime está pasando por una mala racha desde que tuvo el accidente con la moto. Su vida ha cambiado y ya no es el mismo —argumentó Lucía, nerviosa, mientras giraba el botellín de cerveza entre sus manos.
—No justifiques su comportamiento, Lucía. El accidente fue hace más de un año, y que su vida se haya ido al traste no justifica que te golpee... es un maldito borracho.
—Me pidió perdón, Noela.
—¿Te pidió perdón? Hace un mes te mandó al hospital con una fractura. ¿No lo ves? Tienes que dejarlo.
—Para ti es fácil decirlo, Noela. Tú eres una mujer segura e independiente.
Todo lo que tienes, lo has luchado con uñas y dientes.
Pero yo no soy así, mi vida ha sido un constante fracaso.
Ahora tengo algo que realmente da sentido a mi vida...
mi hijo Quique. Y tengo miedo de lo que podría pasar si abandono a Jaime —dijo Lucía en tono melancólico—.
Además, Noela, a pesar de todo, todavía lo quiero y tengo la esperanza de que cambie, que vuelva a ser como antes —concluyó, mirando a Vargas con ojos que buscaban consuelo.
—¿Cambiar? Los maltratadores no cambian y eso no es amor, es dependencia... ¡maldita sea, Lucía! —susurró con rabia—. Recuerda cuando estudiamos juntas en la universidad, lo brillante que eras. Tú me ayudaste a reconstruir mi vida después de la muerte de mi hermano.
Pasaron unos interminables segundos. Los rayos del sol acariciaron suavemente el rostro pálido de Lucía y su cabello castaño, cortado en una media melena. Vargas hizo un gesto al camarero para que les trajera dos botellines más de cerveza.
—No sé cómo mi vida ha llegado a este punto —susurró Lucía, entre dientes, sacudiendo la cabeza en negación.
—Aún estás a tiempo. Recoge las cosas que necesites, llévate a Quique y ven a mi casa. Quédate el tiempo que necesites y luego podemos presentar una denuncia. Haré que ese cabrón nunca vuelva a tocarte —afirmó Vargas, cogiéndole las manos en un gesto de protección.
Lucía liberó sus manos cuando el camarero se acercó a dejar los dos botellines de Estrella de Galicia sobre la mesa.
Ambas agradecieron el servicio y se miraron.
Lucía se removió en su silla, tomó el botellín con calma, dio un pequeño sorbo y lo dejó nuevamente sobre la mesa.
Vargas la miró a los ojos y, con un gesto, la animó a tomar una decisión.
Pasaron largos segundos en silencio, solo interrumpidos por los murmullos de los clientes que llenaban el local a esa hora.
—Está bien, Noela, hagamos lo que dices.
—¡Bien! Esta noche, después de terminar mi turno, iré a tu casa y te ayudaré a recoger todo lo que necesites. Me dijiste que Jaime no estará allí, ¿verdad?
—No, hasta mañana estará en Santa Comba visitando a su madre.
—Perfecto.
Ambas se miraron. Vargas sonrió y Lucía apretó los labios en señal de duda, como si el plan que estaban tramando fuera algo inalcanzable.
—Lucía, de verdad, no estás haciendo nada malo. Necesitas recuperar tu vida y alejar a tu hijo de esta situación.
—Lo sé, Noela, pero es que... —dudó— tengo miedo.
—No te fallaré. Recuerda que soy la inspectora Vargas, el azote de los maltratadores —exclamó, imitando una voz autoritaria para infundirle ánimo.
Lucía rio abiertamente. Ambas cogieron los botellines y chocaron delicadamente los cuellos de las botellas en un rápido y exclusivo rito de confirmación que corroboraba que, a partir de ese momento, todo finalmente iba a salir bien.
Vargas llegó a la comisaría después de comer con Lucía, tras un paseo desde su apartamento en la Travesa de Fonseca.
Vivía en un edificio histórico recientemente reformado que había logrado decorar a su gusto.
La comisaría estaba en la Avenida de Figueroa, a menos de doscientos metros de su hogar.
Era un edificio sólido construido en granito, que le recordaba a las imponentes moles de la Unión Soviética que solían aparecer en los telediarios de Televisión Española.
Hacía un año que había sido destinada como inspectora responsable de la unidad central de inteligencia. Encabezaba un equipo de tres inspectores cuyo cometido principal era investigar y prevenir la actividad de grupos terroristas como el GRAPO y ETA en Galicia.
El pequeño despacho en el que trabajaba estaba en la primera planta, con un amplio ventanal que proporcionaba una agradable luz natural. Al llegar, dejó su gabardina marrón claro, con un solo botón, en el perchero. Luego se sentó y encendió su Commodore Amiga.
Manuel Delgado, que se había unido al equipo hacía apenas seis meses, asomó cautelosamente la cabeza por la puerta entreabierta.
A pesar de su reciente incorporación, aquel inspector delgado y moreno, con una mirada tan penetrante como el azul de sus ojos ya había logrado tejer una inesperada amistad con Vargas.
Su presencia, aún envuelta en un halo de misterio ante los ojos de la comisaría, contrastaba con la confianza que había sabido ganarse.
Aquella mañana, llevando dos tazas de café en la mano y con un gesto más expresivo que su habitual reserva, le ofreció una. Este pequeño acto, aunque simple, era un testimonio del cambio sutil que Delgado había experimentado en su relación con el equipo, especialmente con Vargas.
—¿Un café? —le ofreció tendiéndole una de las tazas.
—No, acabo de comer con Lucía.
—¿Cómo está?
—¿Cómo crees? Acojonada.
—¿Qué vas a hacer?
—La he convencido para que deje a Jaime. Esta noche iré a recogerla a ella y a su hijo.
—Genial, Noela. Lucía es una buena chica, pero ojalá tuviera un poco más de suerte en la vida.
Ambos se quedaron pensativos, conscientes de los desafíos y adversidades que la vida podía presentar, incluso a aquellas personas que merecían algo mejor.
—Noela —retomó la conversación Delgado—, por cierto, el jefe nos quiere ver de inmediato.
Esta mañana han atracado una sucursal del Banco Popular en Noia y han herido gravemente a un Guardia Civil.
Acaba de llegar información de Madrid que confirma la presencia de un comando del GRAPO actuando en Galicia.
Podrían ser los responsables de este y otros atracos en la provincia de A Coruña.
—Mierda —exclamó Vargas con rabia.
El despacho del comisario Alfredo García, mentor de Vargas desde sus primeros pasos como joven policía, estaba en la misma planta, al final de un largo pasillo.
Para llegar, tenían que atravesar un portalón de doble hoja de madera de pino, testigo silencioso de las innumerables veces que Vargas había buscado en García orientación y consejo.
El comisario, de pie junto a la ventana, contemplaba el tráfico de la avenida, que a esa hora de la mañana comenzaba a densificarse.
A su izquierda, un gran retrato de los Reyes de España y un crucifijo dominaban la estancia, creando un solemne telón de fondo para el hombre que había sido tanto guía como amigo en el camino de Vargas.
Fumaba en pipa, una rareza que evocaba en ella la imagen de su abuelo. En García, sin embargo, aquella costumbre se asociaba a recuerdos de lecciones impartidas entre bocanadas de humo. Vargas golpeó con los nudillos en la puerta del despacho, abierta como siempre, y entró junto a Delgado.
García se volvió hacia ellos con una expresión pensativa, que pronto dio paso a un destello de reconocimiento y afecto al posar su mirada en ella.
Se dirigió a su mesa, donde la formalidad de su imponente figura contrastaba con la gracia de sus movimientos.
Sus ojos castaños, enmarcados por arrugas que hablaban de décadas de servicio, se suavizaron al encontrarse con los de la inspectora.
Con un gesto casi imperceptible le recordó a Vargas la fuerza de su vínculo.
Con una mano, tomó una carpeta azul de su escritorio, adornada con el logotipo de la Dirección General de la Policía y el membrete de la Unidad Central de Inteligencia, y se la extendió a Vargas, como tantas otras veces había hecho.
—Bien, estos son los cinco hijos de puta que forman el comando del GRAPO que está actuando en nuestro territorio.