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Marzo de 1989
El sargento Vilanova celebraba su décimo aniversario en el pequeño cuartel de la Guardia Civil de Ponte do Porto.
Era una mañana gris y lluviosa, cuando recibió una llamada del capataz de la cuadrilla de obreros que trabajaba en las Torres do Carballo.
El viejo castillo del siglo XV, abandonado durante décadas, estaba a punto de experimentar un cambio de suerte.
Un empresario había adquirido la propiedad con la intención de transformarla en una majestuosa mansión.
A pesar de que el castillo estaba semiderruido y su historia era turbulenta, aquel hombre había vislumbrado algo que otros no veían: una belleza oculta en su decadencia.
Ahora, gracias a él, el castillo tendría una nueva vida, una oportunidad de recuperar su esplendor.
Durante los años que llevaba prestando servicio en la comarca, había escuchado un sinfín de habladurías sobre el castillo.
Según los vecinos más ancianos, allí habían ocurrido hechos terribles hacía medio siglo.
Pero para Vilanova, todo aquello no era más que cuentos para asustar a los niños, supersticiones de los viejos.
Jamás había prestado atención a aquellos rumores, convencido de que carecían de fundamento.
Sin embargo, cada vez que se acercaba al castillo, una extraña sensación se apoderaba de él, como si el lugar escondiera secretos oscuros y terribles que se resistían a ser descubiertos.
Aquella mañana, se despertó temprano y salió del cuartelillo, un pequeño edificio esquinero con paredes exteriores encaladas y un techo bajo, de tejas rojizas.
Los grandes ventanales de madera verde permitían que la luz de la mañana se filtrara tenuemente.
Su ánimo se oscureció al ver las nubes grises que cubrían el cielo.
Maldiciendo en voz baja, se acercó a su viejo Renault 4, cuyos colores verde y blanco reflejaban su pertenencia a la Guardia Civil.
El techo de lona, adecuado para los días soleados, resultaba un inconveniente en aquellas zonas rurales húmedas.
Con dos pasos dubitativos, se subió al coche, dejó el tricornio en el asiento del copiloto y se encaminó hacia el castillo.
La carretera de cemento blanco que orillaba la ría de Camariñas ofrecía una estampa hermosa, una vista privilegiada a la que asistía día tras día.
A través del cristal, divisó la silueta del castillo, que se erguía entre un núcleo de antiguas casas de piedra.
A su lado, como si fueran gemelos inseparables, se alzaba una pequeña iglesia románica del siglo XII.
Su mayor tesoro era un tímpano que representaba la traslación del cuerpo del apóstol Santiago a Galicia.
Junto a la iglesia, un cementerio jalonado de tumbas antiguas acompañaba a la edificación en su paso a través del tiempo.
Estacionó su coche junto al gran roble centenario que dominaba el centro de una amplia plaza. Como un guardián incansable, aquel árbol había sido testigo de innumerables romerías y celebraciones que los vecinos de Santiago do Carballo llevaban a cabo cada verano.
El castillo de piedra se alzaba imponente, conformado por dos torres almenadas y un cuerpo central con estrechos ventanales dobles.
Vilanova observó con satisfacción que el edificio estaba recuperando parte de su antigua grandeza gracias a las obras en curso.
En la entrada, un hombre de mediana edad esperaba con impaciencia.
Su rostro reflejaba los rigores del trabajo al aire libre.
Llevaba una gorra de visera azul desgastada y una camisa de cuadros remangada.
Sus pantalones, descoloridos y manchados de cemento, evidenciaban una jornada laboral agotadora.
Vilanova se acercó con calma, como si la impaciencia del hombre fuera motivo suficiente para tomarse su tiempo.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntó, sacudiendo el polvo de su tricornio con las manos.
—Mientras estábamos desescombrando uno de los semisótanos, encontramos unos huesos.
—¿De algún animal?
—Créame, sargento, tengo animales en casa y estos huesos no son de ninguna especie animal conocida.
Observó a su alrededor con curiosidad. El lugar estaba lleno de herramientas y maquinaria.
—Indícame dónde los habéis encontrado.
Ambos entraron en un atrio que había sido totalmente renovado, devolviendo a la piedra su antiguo esplendor. Los arcos de medio punto que adornaban el patio ahora estaban sellados con grandes puertas acristaladas de color azul, otorgándole al claustro un aire distinguido que nunca había visto.
—Parece que habéis progresado mucho en la rehabilitación.
—Sí, pero vamos con mucho retraso. Este invierno, con tanta lluvia, no nos está ayudando en absoluto.
Accedieron a un amplio recibidor donde una gran escalera presidía la estancia. La escalera estaba decorada con medallones tallados en el pasamanos, que le otorgaba una distinción incomparable.
El capataz invitó a Vilanova a pasar por una puerta a la izquierda de la escalera monumental.
Esta conducía a un estrecho pasillo todavía en obras y a medio pintar.
Unos pasos más adelante, una pequeña puerta de madera daba acceso a un rellano que conectaba con una escalera descendente, iluminada por luces provisionales.
—Allí abajo —señaló el capataz—. Tenga cuidado al bajar. Todavía estamos reforzando la estructura y no queremos tener ningún accidente desafortunado.
Con precaución, descendió por una escalera antigua de madera, desgastada por el implacable paso del tiempo.
Al final pudo vislumbrar un espacio rectangular sumido en la penumbra, iluminado tímidamente por una pequeña ventana que dejaba pasar escasos rayos de luz.
Los escombros ocupaban gran parte de la estancia, dándole un aspecto desordenado y abandonado.
En una de las paredes había otra puerta de madera, que conducía a una habitación mucho más reducida, con un penetrante olor a humedad. A juzgar por su disposición, en algún momento debió servir como almacén.
En aquel rincón, esperando a su patrón, se encontraba un joven de unos veinte años, de complexión delgada y ojos claros pero huidizos.
—Patrón... han aparecido más huesos.
Vilanova, agachando la cabeza debido a su estatura de metro ochenta, se adentró en la estancia.
La iluminación deficiente de las luces de obra revelaba una pared agujereada.
Otro joven, alto y con un pico en la mano, señalaba el hueco irregular con fastidio, claramente molesto por el retraso en su trabajo.
El guardia civil se agachó, tomó una de las lámparas y se aferró con su mano derecha a la parte superior del agujero, introduciendo medio cuerpo mientras iluminaba el interior con la mano izquierda.
Lo que vio le hizo tragar saliva. Varios huesos se encontraban semienterrados.
Entre ellos pudo distinguir un cráneo y dos fémures.
Con cuidado, sacó un bolígrafo Bic del bolsillo de la camisa de su uniforme y tocó los restos de una prenda suavemente. Respiró hondo, apretó los labios y se incorporó con lentitud.
El capataz y los dos albañiles lo miraban fijamente mientras salía con dificultad de aquel recinto estrecho.
—Parece que sí; la obra va a retrasarse considerablemente —afirmó, sacudiéndose el polvo del pantalón.