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1959
Los niños de la colonia preventorial Monte do Carballo no solo cargaban con el estigma de ser descendientes de los republicanos vencidos, sino que también afrontaban una amenaza más insidiosa, la tuberculosis.
Este lugar, una sombra del siglo XV reconvertida en bastión contra la enfermedad, servía como refugio para aquellos niños que luchaban contra la tuberculosis, el azote silencioso de la época.
El Preventorio, un eco sombrío del siglo XV, se erguía como un viejo castillo a la vera de un río en la vasta comarca de A Costa da Morte.
Más que un refugio, parecía un mausoleo de piedra, sometido al eterno guardián: un roble centenario que ofrecía consuelo en verano y, en invierno, se transformaba en un espectro desolado, sombra de antiguos horrores.
Los inviernos aquí no mordían con el frío agudo de la meseta, sino que envolvían todo en una manta de días grises, lluvia incesante y el susurro del viento entre las ramas desnudas del roble.
El invierno de 1952 fue testigo de una oscuridad que podría redefinir el término: un tiempo marcado por sonrisas extinguidas, esperanzas efímeras y una tristeza profunda que se manifestaba en la figura ominosa de Ángel Rivera.
Este sacerdote, de cuarenta y cinco años y mirada inquisitiva, recorría los pasillos gélidos.
Su presencia evocaba un pasado marcado por la severidad y el misterio.
Entre los internos circulaban rumores. Decían que Rivera no era un sacerdote como los demás, que había llegado al Preventorio desde el interior de Galicia, descendiente de una familia cuya historia estaba cargada de secretos.
Según algunos, su linaje se remontaba a siglos atrás, a un tiempo en el que su estirpe había jurado proteger algo que nunca debía ser liberado.
—Es un descendiente de los que custodiaban las llaves —murmuraban los mayores de la comarca, aquellos que habían escuchado fragmentos de la leyenda de labios de sus padres. «Dicen que lo mandaron aquí para esconderlo, como hicieron con el libro.»
En las noches más frías, cuando el viento aullaba entre las paredes húmedas y los niños dormían, Ángel Rivera solía desaparecer en la pequeña capilla de la colonia.
Allí, bajo la luz vacilante de una vela, algunos afirmaban haber visto en sus manos un libro viejo, encuadernado en cuero.
Era el único objeto personal que se había permitido llevar al lugar y siempre lo mantenía bajo llave.
«Triple Muerte... Farsalia... tres llaves... »
Aquellas palabras, captadas por un oído demasiado curioso, resonaban entre las paredes como un eco, entremezcladas con el susurro del viento.
Incluso el roble, solitario y firme a la entrada del Preventorio, parecía inclinarse hacia el edificio como si escuchara los secretos que guardaban sus piedras.
Eripe me, Domine, ab hómine mal (Protégeme, Señor, del hombre malvado), murmuraba el padre Ángel Rivera en un susurro cargado de desesperación.
Frente a él, su crucifijo de caoba, con el Cristo de marfil suspendido, parecía absorber la penumbra de la habitación, transformándola en su propio calvario.
Atrapado en un bucle de pesadillas, se veía a sí mismo de niño, inmovilizado bajo la sombría silueta de un padre ebrio.
Despertaba jadeante, el remordimiento anudado en su pecho. Consciente de sus transgresiones, los actos cometidos en contra de su juramento sacerdotal lo asfixiaban. Rendido al frío suelo de piedra, las lágrimas fluían, inútiles ante la inmensidad de su culpa.
«Era necesario y esta era la noche»
La sotana, oscura como el azabache, le pesaba más que el plomo.
Sobre la mesa descansaba un libro encuadernado en cuero negro, su única posesión realmente valiosa.
El libro VI de Farsalia parecía observarlo con su presencia pesada y ominosa.
Había heredado esa carga como parte de su linaje, pero cada vez que lo abría, algo dentro de él se quebraba un poco más.
Aquella noche, las palabras le quemaban en la mente: «Redención a través del sufrimiento. Purificación en la Triple Muerte. » Eran frases que había leído innumerables veces, y aunque intentaba ignorarlas, no podía evitar que se entrelazaran con sus pensamientos más oscuros.
Durante la madrugada, un velo de silencio se cernía sobre el preventorio, indiferente a todo.
La puerta de hierro, fría al tacto, se abría a un atrio desolado, testigo mudo de épocas mejores.
La escalera crujía bajo sus pasos, y cada imagen sacra a lo largo del descenso parecía juzgarlo.
La misión era clara: purgar el legado de los «hijos de la peste» sin ningún tipo de miramientos.
Al adentrarse en el dormitorio de los niños internos en aquella institución, la luz de la luna revelaba un cuadro de desolación.
La claridad plateada se filtraba suavemente a través de pequeños ventanales rectangulares situados en la parte superior de la estancia.
Aquel cuarto era un rectángulo conformado por listones de madera que se entrelazaban entre sí, dando forma a las paredes.
Camas de hierro, dispuestas de manera equidistante, ocupaban el espacio, algunas vacías y otras ocupadas.
Pequeños armarios de abedul, pintados en un gris ceniciento, se alzaban como árboles retorcidos junto a cada uno de los catres, donde los niños internos guardaban sus escasas pertenencias.
Se acercó a la cama de un niño. Entre sus dedos, una medalla de plata con la efigie de Santa Mariña de Augas Santas giraba como un augurio de condena.
—Xosé, ¿estás listo para purificar tu alma?
—Padre... yo no quiero...
—Necesitas que alivie tu alma pecadora, por favor, levántate —dijo el sacerdote, y extendió su mano derecha mientras, con la izquierda, retiraba con delicadeza la manta.
—No —replicó el niño asustado.
—¡Levántate!
El sonido resonó en toda la habitación como un estruendo, agitando a varios bultos bajo las mantas.
Sollozos contenidos se escucharon en la penumbra.
El padre Ángel, con una determinación propia de aquellos que persiguen oscuros objetivos, tiró de la mano de Xosé sin compasión, arrastrándolo por la habitación.
—No, padre, por favor, ¡no! —suplicó aquel niño, y su voz temblorosa de pánico resonó en el aire.
—¡Déjalo en paz!
Un niño de grandes ojos azules saltó en su defensa y agarró la sotana del sacerdote con fuerza, propinándole un mordisco en la mano.
El padre Ángel, sorprendido por aquel ataque inesperado, no pudo contener su furia y, con rapidez, agarró a aquel muchacho por la camisola, golpeándolo con un puñetazo que lo dejó semiconsciente en el suelo.
El sacerdote se agachó y buscó bajo la cama, asiendo nuevamente al niño por un tobillo y dándole la vuelta como si fuera un títere.
Lo arrastró con violencia hacia la puerta.
La ira del padre Ángel crecía a medida que la lucha se volvía más encarnizada.
Levantó al niño en volandas, sujetándolo por la cintura, abrió la puerta de salida con el pie y desapareció tras un sonoro portazo.
Mientras tanto, en la lejanía, al otro lado de la puerta, los llantos se fueron desvaneciendo poco a poco, hasta desaparecer por completo.
El silencio volvió a reinar en la habitación, interrumpido únicamente por los suspiros entrecortados y los sollozos ahogados de otros niños que, asustados y con el corazón encogido, permanecían ocultos bajo sus mantas en un intento desesperado por encontrar algo de seguridad en aquel mundo hostil.
El padre Ángel, por su parte, seguía arrastrando al niño por los pasillos del preventorio.
Cada paso que daba resonaba en el silencio de la noche, mezclándose con los susurros de las sombras que danzaban en las paredes.
La figura del sacerdote, envuelta en la oscuridad, parecía fundirse con el ambiente, como un ser abominable moviéndose entre las sombras.
Finalmente, llegaron a una habitación apartada, situada en el ala más antigua de la colonia.
El padre Ángel empujó la puerta y entró, arrastrando al niño con él.
Aquel cuarto estaba iluminado tenuemente por una lámpara de aceite, cuya luz temblorosa creaba una atmósfera lúgubre y opresiva.
Una mesa de madera desgastada ocupaba el centro de la habitación, y sobre ella descansaban varios objetos que evocaban un pasado sombrío y desconocido: un crucifijo negro, un cáliz oxidado y el Libro VI de Farsalia, abierto en una página donde un grabado mostraba figuras en agonía.
El sacerdote soltó al niño, que cayó al suelo con un suspiro contenido de dolor. Sus ojos enrojecidos y llenos de miedo observaban a su verdugo con resentimiento y desesperación.
—¿Qué va a hacerme? —susurró con una voz temblorosa pero llena de valentía.
El padre Ángel, con una sonrisa retorcida en los labios, se acercó lentamente y le susurró al oído:
—Mi querido Xosé, hoy es el día en que purificarás tu alma, en el que te liberarás de todos tus pecados. Prepárate para enfrentarte a tus demonios interiores, porque solo a través del sufrimiento podrás encontrar la redención.
En la penumbra de la habitación, las palabras del sacerdote parecían resonar con una fuerza que no le pertenecía, como si una voluntad más antigua y oscura hablara a través de él.