Los Hijos de la Peste 2
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Año del Señor 1223

Yo, Juan Tabera, juez palatino, enviado por mandato del noble rey don Alfonso VI de León, transcribo con meticuloso detalle los sucesos que desembocaron en la trágica muerte de Fernán Pérez de Andrade, miembro de la Orden del Temple y comendador de la Bailía de Allariz.

Lo que sigue es un relato de codicia, venganza y un poder oscuro que trasciende la comprensión de los hombres.

El origen de esta tragedia se halla en el libro VI de Farsalia, custodiado por generaciones como un legado sagrado, pero también como un receptáculo de maldición.

El conde Rodrigo de Velaz, señor de Lemos, sucumbió a la desesperación tras la pérdida de su primogénito, Diego, y una sequía devastadora que arruinó sus cosechas.

Su desesperación lo llevó a transgredir todos los límites de la fe y la razón, robando el libro de la cripta del Castro de Armea.

Creía que los rituales descritos en sus páginas le devolverían la fortuna perdida, un acto de soberbia que solo podría traer calamidades.

El 10 de mayo de 1222, una misiva alertó a Fernán Pérez de Andrade sobre la desaparición del obispo Fray Rudesindo Gutiérrez, protector del libro.

En la residencia episcopal, Fernán descubrió señales de un enfrentamiento violento: muebles destrozados, restos de cera derretida y, en el suelo, una cruz invertida dibujada con sangre seca.

Al día siguiente, un pastor encontró el cadáver del obispo junto a un molino.

Su cuerpo mostraba los signos del ritual de la Triple Muerte, un acto prohibido que se remonta a tradiciones celtas: ahorcamiento, degollamiento y el cráneo destrozado, dispuesto en posición fetal.

Entre las pertenencias del obispo, un saquito de Claviceps purpurea apuntaba a un ritual de alucinaciones y muerte.

Las sospechas recayeron rápidamente sobre el Conde de Lemos, visto portando el cadáver sin ocultarse, como si lo ofreciera en un macabro desafío.

El 6 de junio, tras un enfrentamiento sangriento en el castillo de los Lemos, Fernán capturó al Conde, aunque no sin pagar un alto precio: dos de los hijos del Conde murieron durante la refriega, y el propio Fernán fue gravemente herido.

El 20 de agosto de 1222, el Conde de Lemos fue ejecutado por decapitación. Según los testigos, se enfrentó a su destino con dignidad, pronunciando sus últimas palabras:

«No es mi pecado lo que condena esta tierra, sino la ambición de los hombres que no comprenden lo que custodian.»

El Libro VI fue restituido a la cripta del Castro de Armea, sellado bajo la iglesia que Fernán Pérez comenzó a construir en honor a la Virgen de la Asunción.

Este templo, destinado a ser un bastión contra la oscuridad, nunca fue completado.

La muerte repentina de Fernán, envuelta en circunstancias inexplicables, detuvo las obras.

Los trabajadores hablaban de ruidos extraños en las noches, de sombras que danzaban sobre los muros inacabados, y de un aire que olía a azufre.

El Castro de Armea quedó como un monumento a la tragedia, un lugar donde el misterio y el terror se entrelazan con la historia. El Libro VI, sellado, pero no destruido, sigue siendo un símbolo de la lucha eterna entre la luz y la oscuridad.

Que Dios acoja en su gloria a nuestro valeroso comendador. Y que la fe de los hombres sea suficiente para contener lo que no debe ser liberado.

Juan Tabera