Junio del Año del Señor de 860
Yo, Godofredo de Ansúrez, emisario de verdades ocultas, redacto esta misiva bajo el peso de un secreto sombrío.
El libro VI de Farsalia, un legado maldito que ha perseguido mis pensamientos desde el asedio de Santiago reposa ahora en las entrañas del Forno de Armea.
Su custodia ha sido encomendada a Cresconio Suñer, hermano bajo Dios, quien ahora carga con una responsabilidad que pocos hombres se atreverían a aceptar.
Contra él, lo sé, se alzarán aquellos cuyas almas no conocen la luz de la fe, seducidos por el poder corrupto que el libro promete.
Encerrado en lo más recóndito de una cripta, bajo la iglesia donde Santa Mariña de Augas Santas sufrió martirio, el libro yace sellado.
Los rituales arcanos descritos en sus páginas, aquellos que le confieren su aura maldita, están ahora ligados al lugar de su custodia, como si el sacrificio de la santa tejiera una red de protección alrededor de su prisión.
La ceremonia de sellado, que tuvo lugar bajo el frío testimonio de las estrellas, permanece viva en mi mente.
Tres llaves, forjadas con el metal de una cruz derribada en la última batalla contra los vikingos, sellan el destino del libro.
Una fue confiada al conde Pedro Theon, cuya lealtad al reino y a la fe es incuestionable.
Otra descansa en las manos temblorosas de Cresconio, cuyos ojos reflejan el terror de la carga que ahora porta.
Y la última, la más pesada, la guardo yo, con un juramento de silencio y devoción que me seguirá hasta el final de mis días.
«Estas llaves y los hombres que las portan, son todo lo que se interpone entre la oscuridad y el mundo de los hombres» proclamó el Conde Pedro Theon durante la ceremonia. Sus palabras, solemnes, resonaron como una sentencia que ninguno de nosotros podía ignorar.
Cresconio, a mi lado, apenas pudo levantar la vista. Su mirada, perdida entre las sombras de la cripta, delataba un miedo profundo.
—Hermano Godofredo —me dijo en un susurro—, ¿qué haremos si fallamos?
Lo miré, buscando las palabras que aliviaran su carga, pero solo encontré una fe que se tambaleaba con el peso de su pregunta.
—Orar, Cresconio. Orar, y confiar en que el Altísimo nos dará fuerza para resistir.
El libro, incluso ahora, parece palpitar con una vida propia. Su presencia en la cripta no es un consuelo; es una advertencia constante. Su maldición no solo amenaza con desgarrar el velo entre lo terrenal y lo profano, sino que también consume las almas de quienes osan custodiarlo.
Imploro al Todopoderoso que otorgue fortaleza a Cresconio, que su fe sea el faro que lo guíe a través de la oscuridad que ahora lo envuelve. Yo también temo por mi propia alma, pues el peso de mi llave no es solo físico; cada noche, su frío me recuerda que mi vida ya no me pertenece.
Que la protección divina nos ampare contra la corrupción que acecha, ansiosa por liberarse de su prisión de piedra y sombra.
Que así sea, por la gracia de Dios.
Godofredo