Los Hijos de la Peste Primavera del 860
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Primavera del 860

La victoria sobre los vikingos, conseguida a un costo incalculable, nos permitió salvar el libro VI de Farsalia, pero no ha traído paz a nuestras almas.

Ahora, en este camino hacia Allariz, el aire mismo parece cargado de augurios oscuros, como si el peso del libro nos hubiera seguido más allá de las murallas de Santiago.

Nos encontramos a diez días de marcha en el mes de marzo, en un año marcado por las señales.

La mesnada de veinte infantes, comandados por el intrépido Conde Pedro Theon, avanza con paso vacilante.

Lo que comenzó como una misión de fe se ha tornado como una aventura opresiva; las conversaciones se han vuelto escasas, y el miedo palpita en los rostros de mis compañeros.

Es como si una criatura alada de la noche hubiera extendido sus garras sobre nuestras almas.

Una misteriosa aflicción ha comenzado a azotar nuestras filas.

Primero fue un joven soldado, apenas un muchacho, quien cayó presa de fiebres delirantes, su piel marcada por manchas púrpuras que parecían emanar desde las profundidades de su ser.

Pronto le siguieron cuatro más. Sus gemidos se alzaron como plegarias hacia un cielo que guardaba silencio.

Dos de los nuestros, incapaces de soportar el pavor, huyeron en la noche, perdiéndose en las sombras del bosque.

El Libro VI, ese tomo de conocimientos prohibidos y oscuros presagios, descansa en mi alforja como un peso insoportable.

Desde que partimos, su mera presencia parece transformar nuestro entorno.

Las oraciones a Cristo, recitadas durante las horas canónicas, apenas logran sofocar la inquietud que brota de sus páginas.

En ocasiones, juraría que escucho un susurro, un llamado distante que se burla de mi fe.

El Conde Pedro, pese a su valentía, no es inmune a la tensión que nos envuelve. Lo encontré una mañana junto al río, su espada desenvainada mientras miraba el reflejo del agua con una expresión ausente.

—Godofredo —me dijo, sin apartar los ojos del torrente—, ¿es esta la carga de un hombre justo? ¿O acaso hemos traído con nosotros un fragmento del Infierno?

No tuve palabras para consolarlo.

La proximidad de nuestro destino, a solo diez leguas, es tanto un consuelo como un recordatorio de la carga que portamos.

Las tierras de Santa Mariña de Augas Santas nos esperan, un refugio bendecido por el sacrificio de la mártir.

Allí, esperamos contener la maldad que parece filtrarse desde este libro, atándola con cadenas de piedra y fe.

Invoco al Altísimo, en un susurro que se pierde en el viento, rogando por el coraje y la fortaleza para culminar esta empresa que nos ha sido encomendada.

Que la luz divina nos guíe y nos proteja del oscuro influjo que parece emanar de las mismas páginas del Libro VI, y que nuestras almas encuentren alivio al final de esta odisea.

Que así sea, por la inquebrantable gracia de Dios.

Godofredo