Ego, Godofredo de Ansúrez, pluma en mano, me apresto a narrar un relato de sombras que se ciernen sobre nuestras almas.
La victoria de nuestro Conde Pedro Theon sobre los vikingos fue heroica, mas no sin costo.
Durante tres días y sus correspondientes noches, las llamas consumieron las aldeas cercanas, y las aguas de la ría fueron teñidas de rojo.
Aún me despierto en la penumbra de la noche con el eco de los gritos de los caídos y el estruendo del acero vikingo contra nuestras puertas. Sin embargo, sobrevivimos.
Pero ¿a qué precio? Las cicatrices del alma se sienten más profundas que las del cuerpo.
El libro VI de Farsalia, protegido durante el asedio, se ha convertido ahora en una fuente de temor renovado.
Lo que antes era un símbolo de fe y erudición, se ha revelado como un receptáculo de maldad ancestral.
Bajo el techo del monasterio, debatimos su destino.
El obispo Sisnando, incansable en su propósito, insistió en que su custodia ya no podía confiarse a un solo lugar.
El Conde Pedro, victorioso pero marcado por la batalla, juró llevarlo a Allariz, donde la memoria de Santa Mariña de Augas Santas sería nuestra mejor defensa contra los oscuros rituales que el libro parece invocar.
Ahora, mientras escribo estas palabras en la quietud previa a nuestra partida, siento el peso de la misión encomendada.
El frío de la noche se cuela por las paredes del monasterio, y las sombras parecen cobrar vida con cada movimiento de la llama del candelabro.
¿Es esto un presagio? Quizás. Pero también es una señal de que, pase lo que pase, debemos seguir adelante.
Por la Gracia de Dios, que así sea.
Godofredo