Los Hijos de la Peste Prólogo
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Los Hijos de la Peste

Los Hijos de la Peste

Por Fernando Mourelle

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Prólogo

(antes de que

todo comenzara)

Agosto del 859

¡Líbranos de la furia de los normandos, Señor!

Escribo bajo la sombra de una amenaza inminente: la furia desatada de los hombres del norte. Soy Godofredo Ansúrez, clérigo del Monasterio de San Paio de Antealtares, guardián del mágico libro VI de Farsalia, testigo del asedio que nos acecha.

Nos llaman Jakobsland, tierra de peregrinación y último descanso del apóstol Santiago. Pero este agosto, la devoción se tiñe de sangre. Håstein y Bjørn Jærnside, prole del infame Ragnar, nos han puesto en su mira con una flota de drakkar, ansiosos por despojarnos de nuestra sacralidad.

Las calles de Santiago son un hervidero de miedo.

Desde las almenas, se atisba el humo que se alza al horizonte como una maldición.

Iria Flavia, nuestra orgullosa capital, yace en cenizas.

Sus supervivientes han encontrado refugio entre nosotros, trayendo consigo relatos de horror: la brutalidad de los invasores, las mujeres arrebatadas de sus hogares, las iglesias profanadas.

Sus palabras son cuchillas en los oídos de los fieles, que rezan y lloran en las capillas mientras los jóvenes afilan sus herramientas de labranza, preparándose para una lucha desigual.

Frente a esta tormenta, Santiago se erige como bastión.

Nuestro obispo, Sisnando, lidera a los hombres con una determinación que parece infundida por el propio apóstol.

Su voz retumba en la plaza mientras reparte órdenes, consuela a los caídos y clama a Dios por el valor de sus soldados.

Junto a él, el Conde Pedro Theon, enviado por nuestro rey, organiza a los milicianos.

Lo observo desde las sombras del claustro, envidiando su fortaleza.

En mi pecho, una doble carga pesa: la salvaguarda del sepulcro de Santiago y la protección del libro VI de Farsalia, joya de nuestro legado, ante la codicia vikinga.

Este tomo, cuyas páginas parecen susurrar secretos prohibidos incluso en la quietud de la biblioteca, es una reliquia que muchos codician pero pocos comprenden.

«Si caemos —pienso—, el conocimiento que contiene será perdido para siempre, peor aún, caerá en manos de los impíos.»

Mi fe, mi escudo durante años, se tambalea ante la magnitud de nuestra adversidad. ¿Es esto una prueba divina o un castigo?

Por la tarde, las campanas del monasterio llaman a consejo. En la sala capitular, el obispo Sisnando, el Conde Pedro y los principales clérigos debaten acaloradamente.

—¡No cederemos! —clama Sisnando, golpeando la mesa de roble—. Esta ciudad es un símbolo de la cristiandad. Si Santiago cae, toda Hispania temblará.

El Conde Pedro asiente, aunque sus ojos revelan su preocupación.

—El rey marcha en nuestra ayuda, pero necesitamos ganar tiempo. La prioridad debe ser proteger las reliquias.

Mis manos tiemblan al escuchar esto. Soy consciente de lo que implica.

—Godofredo —me dice Sisnando, fijando en mí sus ojos cansados pero firmes—, tú eres el guardián del libro. Si la ciudad está perdida, debes asegurarte de que no caiga en manos vikingas.

Asiento, sintiendo el peso de su confianza como una losa en mi alma.

Esa noche, desde mi celda, contemplo la ciudad envuelta en un silencio expectante. Los supervivientes de Iria Flavia se han reunido en la plaza, formando un círculo para rezar. Sus voces, temblorosas pero unidas, se elevan al cielo.

Mientras la vela se consume, escribo estas líneas. Los primeros drakkar ya han sido divisados en la ría. La flota, negra como la misma noche, se acerca inexorablemente, y con ella el sonido de los tambores y los cánticos paganos.

Imploro al Altísimo por nuestra salvación, por la preservación del libro y, sobre todo, por el alma de esta tierra que pronto será cubierta por la sombra del acero vikingo.