Los hermanos Karamázov II. Cuando una mentira se convirtió en verdad, por un momento #2
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II. Cuando una mentira se convirtió en verdad, por un momento #2

—Rusa hasta la médula.

—Añorará nuestra patria. Lo veré en ella cada día. Sabré que sufre de nostalgia por mi culpa, que carga con esa cruz solo porque me ama.

—¿Y qué ha hecho ella para merecerlo?

—¿Y yo?

Apretó los puños.

—¿Crees que podría soportar a esos extranjeros? Puede que todos sean mejores que yo, pero no son mi gente. Sus almas no son la mía.

Le relampaguearon los ojos.

—Amo Rusia, Aliosha.

—Amo al Dios ruso.

—Aunque yo mismo sea un canalla.

Se le quebró la voz.

—Allí me moriría.

Por un momento luchó por dominarse. Luego continuó con más calma.

—Este es mi plan.

—Llegaremos allí, Grusha y yo.

—Lo primero será trabajar.

—Cultivaremos la tierra.

—Viviremos en algún lugar remoto, entre bosques y osos salvajes, en completa soledad.

—Tiene que haber algún sitio así.

—Dicen que todavía quedan tribus indígenas en alguna parte, más allá de los confines de la civilización.

—Pues allí iremos, con el último de los mohicanos.

Se echó a reír.

—Y entonces empezaremos a estudiar inglés.

—Los dos.

—Trabajar todo el día, gramática toda la noche.

—Así durante tres años.

—Para entonces hablaremos inglés como auténticos ingleses.

Se dio una palmada en la rodilla.

—Y en cuanto lo hayamos aprendido...

—¡Se acabó América!

—Volveremos a Rusia como ciudadanos americanos.

Miró a Aliosha con aire triunfante.

—No te preocupes, no volveremos a esta ciudad.

—Desapareceremos en algún lugar del norte... o quizá del sur.

—Para entonces habré cambiado.

—Ella también.

—Algún médico americano podrá arreglarme de una forma u otra. Allí son genios de la mecánica, ¿no?

Volvió a reír.

—Y si eso no funciona, me sacaré un ojo yo mismo.

—Me dejaré crecer la barba hasta la cintura.

—Se volverá gris de tanto añorar Rusia.

Sonrió con aire soñador.

—Quizá nadie me reconozca.

—Y si lo hacen... bueno, que me manden de vuelta. Será que no tenía que ser.

—En cualquier caso, encontraremos algún rincón olvidado de Rusia y cultivaremos la tierra.

—Y pasaré el resto de mi vida haciéndome pasar por americano.

Se le suavizó la voz.

—Pero al menos...

—Al menos moriremos en nuestra propia tierra.

Miró a Aliosha con una esperanza casi infantil.

—Ese es mi plan.

—Y nada lo cambiará.

—¿Qué te parece?

—Lo apruebo —respondió Aliosha con dulzura, sin querer contradecirlo.

Mitya guardó silencio un momento. Luego, de pronto, dijo:

—Me tendieron una trampa en el juicio, ¿verdad? Dios, cómo me la tendieron.

—Aunque no lo hubieran hecho —respondió Aliosha con un suspiro—, te habrían condenado igual.

—Sí... se habían cansado de mí.

Sonrió con amargura.

—Que Dios los perdone, pero duele.

El silencio volvió a adueñarse de la habitación. De repente, Mitya se levantó de un salto, agitado.

—Aliosha, mátame ahora mismo si hace falta, ¡pero dime! ¿Viene o no? ¿Qué dijo exactamente? ¿Cómo lo dijo?

—Dijo que vendría —respondió Aliosha con dulzura—. No sé si será hoy. Para ella es muy difícil.

—¡Claro que es difícil! —exclamó Mitya—. ¿Cómo no iba a serlo? Aliosha, esto me está volviendo loco. Grusha me observa constantemente. Lo entiende todo.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—¡Dios mío... humíllame! ¡Escucha lo que estoy pidiendo! ¡Estoy suplicando por Katya! ¿Acaso sé siquiera lo que pido? Es el Karamázov temerario que llevo dentro, el Karamázov impío. No... no estoy hecho para el sufrimiento.

Se rio de sí mismo con desesperación.

—Soy un canalla. Esa es toda la verdad.

—¡Está aquí! —exclamó Aliosha.

En ese mismo instante apareció Katerina Ivánovna en el umbral.

Se quedó inmóvil, mirando fijamente a Mitya como si hubiera perdido toda noción de dónde se encontraba.

Él se levantó de un salto. Por un momento el terror le cruzó el rostro y palideció por completo.

Luego su expresión se suavizó en una sonrisa tímida y suplicante.

Sin pensarlo, extendió ambas manos hacia ella.

Al ver el gesto, ella cruzó la habitación corriendo.

Le tomó ambas manos, lo obligó con suavidad pero firmeza a sentarse de nuevo en la cama y se sentó a su lado sin soltárselas.

Sus dedos se aferraban a los de él con una intensidad casi dolorosa.

Varias veces ambos intentaron hablar. Cada vez las palabras morían antes de llegar a sus labios. Se limitaban a mirarse, incapaces de apartar la vista, sonriendo entre lágrimas con una expresión extraña, casi radiante. Pasaron casi dos minutos en completo silencio.

—¿Me has perdonado... o no? —susurró Mitya al fin.

Luego, volviéndose de repente hacia Aliosha con el rostro transformado por la alegría, exclamó:

—¿Me has oído? ¿Has oído lo que le he preguntado?

—Te amé porque tu corazón era tan generoso —exclamó Katerina.

—Sin embargo, tu perdón no es lo que importa ahora. Es el mío el que necesito.

—Me perdones o no, seguirás siendo una herida abierta en mi alma durante toda mi vida.

—Y yo seguiré siéndolo en la tuya.

—Quizá así tenga que ser.

Hizo una pausa, esforzándose por respirar.

—¿Sabes por qué he venido?

Sus palabras brotaron con febril premura.

—He venido a arrodillarme ante ti...

—A tomar tus manos...

Le apretó las manos hasta casi hacerle daño.

—Como hice en Moscú. ¿Lo recuerdas?

—He venido a decirte de nuevo que eras mi dios, mi alegría...

—Que te amaba con todo mi corazón...

Su voz se quebró en algo parecido a un sollozo. De repente se inclinó sobre la mano de él y la besó con desesperada ternura. Las lágrimas le corrían por el rostro. Aliosha permanecía en silencio, abrumado y desconcertado.

Nada lo había preparado para lo que estaba presenciando.

—El amor ya no existe, Mitya —dijo Katerina al fin.

—Pero lo que hubo entre nosotros sigue siendo infinitamente precioso para mí.

—No lo olvides nunca.

—Y ahora...

Una sonrisa tenue y quebrada asomó a sus labios.

—Por un breve momento...

—Finjamos que lo que pudo haber sido... realmente fue.

Lo miró a los ojos con una expresión que mezclaba alegría, tristeza y despedida.

—Ahora amas a otra mujer.

—Y yo amo a otro hombre.

—Pero te amaré para siempre.

—Y tú también me amarás.

—¿Lo sabías?

Le tembló la voz.

—Prométeme que me amarás toda tu vida.

Las últimas palabras llegaron con una intensidad que era casi una orden.

—Lo haré —dijo Mitya, apenas capaz de respirar entre palabra y palabra—. ¿Y sabes una cosa, Katya? Hace cinco días... aquella noche... cuando te desplomaste... cuando te sacaron de allí... te amé entonces. Te amaré toda mi vida. Siempre.

Y así se hablaron en fragmentos rotos y febriles, palabras casi incoherentes, quizá incluso falsas. Sin embargo, en aquel momento todo lo que decían era verdad. Creían cada palabra con todo su corazón.

—Katya —exclamó Mitya de repente—, dime con sinceridad: ¿creíste que lo había matado? Ya sé que ahora no lo crees, pero entonces... cuando diste tu testimonio... ¿de verdad lo creíste?

—No —respondió ella de inmediato—. Ni siquiera entonces. Nunca lo creí de verdad.

Negó con la cabeza.

—Te odiaba. Me obligué a creerlo durante aquel terrible momento. Mientras declaraba... me convencí a mí misma, y durante esos pocos minutos lo creí. Pero en cuanto terminé de hablar, dejé de creerlo.

Lo miró fijamente.

—No lo olvides nunca.

Entonces su rostro cambió por completo.

—Había olvidado a qué venía.

La ternura soñadora desapareció de su voz.

—He venido a condenarme a mí misma.

Mitya la miró con inmensa compasión.

—Qué carga llevas —susurró—. Pobre mujer...

—Déjame marchar —dijo ella con suavidad—. Volveré... Hoy no puedo soportar más.

Se levantó para marcharse. Pero de repente lanzó un grito y retrocedió tambaleándose.

La puerta se había abierto. Grushenka había entrado tan silenciosamente que nadie la oyó.

Nadie la esperaba. Katerina se apresuró hacia la puerta, pero al encontrarse cara a cara con Grushenka, se detuvo.

Se le demudó el rostro. Casi en un susurro, dijo:

—Perdóname.

Grushenka la miró directamente a los ojos. Durante un largo momento no dijo nada. Luego, con voz cortante y amarga, respondió:

—Las dos somos mujeres malvadas, querida.

—Tú y yo estamos llenas de rencor.

—¿Cómo va a perdonar una a la otra?

Hizo una pausa.

—Pero sálvalo...

—Y rezaré por ti el resto de mi vida.

—¿Así que no la perdonarás? —exclamó Mitya, casi fuera de sí.

—Lo salvaré por ti —susurró Katerina rápidamente.

Y huyó de la habitación.

—¿Y después de que te pidió perdón, aún no pudiste perdonarla? —exclamó Mitya de nuevo, con dolor y reproche en la voz.

—Mitya, no te atrevas a reprocharla —dijo Aliosha con dureza—. No tienes ningún derecho.

—Fue su orgullo el que habló —respondió Grushenka en voz baja—. No su corazón.

Aún había amargura en su voz, pero ya empezaba a suavizarse.

—Si ella te salva...

—Lo perdonaré todo.

Se quedó callada. Algo dentro de ella había frenado el torrente de emociones. Más tarde se supo que había llegado por pura casualidad. No sospechaba nada ni imaginaba a quién iba a encontrar allí.

—¡Aliosha! —exclamó Mitya—. ¡Ve tras ella! Dile... no sé qué... ¡pero no dejes que se vaya así!

—¡Volveré antes del anochecer! —gritó Aliosha.

Salió corriendo tras Katerina y la alcanzó a las puertas del hospital. Ella caminaba deprisa, casi huyendo. En cuanto advirtió que la había alcanzado, dijo:

—No.

—No pude humillarme ante esa mujer.

—Le pedí perdón porque quería humillarme por completo.

—Se negó.

Una expresión extraña le cruzó el rostro.

—La amo por eso.

Las palabras salieron retorcidas por una ira feroz, casi salvaje.

—Mi hermano nunca esperó que ella viniera —comenzó Aliosha con dulzura—. Estaba convencido de que no vendría...

—Por supuesto —lo interrumpió Katerina—. No hablemos más de eso.

Tras un breve silencio, continuó:

—Escúchame bien.

—No puedo acompañarte al funeral ahora.

—Ya he enviado flores para el pequeño ataúd.

Hizo una pausa.

—Creo que aún les queda dinero suficiente. Pero si necesitan algo, diles que jamás los abandonaré. Jamás.

Se volvió.

—Ahora, por favor...

—Déjame.

Las campanas de la iglesia empezaban a tañer para la liturgia tardía.

—Ya llegas tarde.

—Por favor...

—Déjame.