Los hermanos Karamázov XIII. El adúltero en pensamiento
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XIII. El adúltero en pensamiento

—No es solo el peso de las pruebas circunstanciales lo que amenaza con destruir a mi cliente, señores del jurado —declaró Fetiukóvich—. No. El único hecho que verdaderamente lo condena es el cadáver de su padre.

—De tratarse de un asesinato ordinario, ante pruebas tan inciertas, tan poco concluyentes, tan sujetas a la especulación cuando cada circunstancia se examina por separado y no en conjunto, ustedes habrían rechazado el caso de la acusación, o al menos habrían vacilado antes de destruir la vida de un hombre basándose únicamente en prejuicios, por mucho que él mismo, lo admito sin reservas, haya contribuido a alimentarlos.

—Pero este no es un asesinato ordinario.

—Es parricidio.

—Esa sola palabra posee un poder terrible. Abruma la mente. Confiere incluso a las pruebas más débiles una apariencia de solidez. Hechos que de otro modo parecerían inciertos empiezan de pronto a resultar convincentes, incluso para el observador más imparcial.

—Porque ¿quién de nosotros no se pregunta instintivamente: «¿Y si realmente lo hizo? ¿Y si lo absolvemos y el asesino de su propio padre queda en libertad?»

—Ese temor surge casi contra nuestra voluntad.

—Sí, es espantoso derramar la sangre de un padre: la sangre del hombre que te dio la vida, que te amó, que no escatimó nada por tu bien, que sufrió durante tus enfermedades de niño, que consagró su vida a tu felicidad y cuya mayor alegría era tu propio éxito.

—Matar a semejante padre...

—El solo pensamiento resulta insoportable.

—Pero, señores del jurado, ¿qué es un padre?

—¿Qué queremos decir realmente cuando pronunciamos esa palabra sagrada?

—¿Qué idea profunda encierra?

—Acabamos de recordar, al menos en parte, lo que un verdadero padre debería ser.

—Pero en el caso que hoy nos ha reunido a todos aquí, el caso que ha conmovido tan hondamente cada corazón en esta sala, Fiódor Pávlovich Karamázov se parecía muy poco a ese ideal.

—Y esa es la tragedia.

—Porque hay padres que son en sí mismos una calamidad.

—Examinemos con honestidad esa calamidad.

—No tenemos nada que temer de la verdad, especialmente cuando la decisión que debemos tomar es de tan inmensa importancia.

—Este no es momento de rehuir ideas difíciles ni de hacerlas a un lado, como niños asustados o, si me permiten tomar prestada la memorable frase de mi distinguido colega, como mujeres tímidas.

—Mi distinguido colega, cuya elocuencia admiro, exclamó repetidamente a lo largo de su alegato:

—«No permitiré que nadie defienda a este acusado. No cederé su defensa a un abogado de San Petersburgo. Soy el fiscal, pero seré también su defensor».

—Lo dijo más de una vez.

—Y sin embargo, en su generoso empeño por defender al acusado mejor que la propia defensa, pasó por alto un hecho muy simple.

—Si este terrible acusado atesoró, durante veintitrés largos años, el recuerdo de una simple libra de nueces que le regaló la única persona que le mostró bondad en su hogar de infancia...

—...¿es realmente tan difícil creer que, durante esos mismos veintitrés años, también recordara correr descalzo por el patio de su padre, «sin botas y con los pantalones sujetos por un solo botón», como describió tan vívidamente el compasivo doctor Herzenstube?

—¿Puede alguien imaginar que tales recuerdos no dejen huella en el alma de un niño?

—Ah, señores del jurado, ¿para qué demorarnos en esta desdichada tragedia? ¿Para qué repetir lo que todos ya saben?

—¿Qué encontró mi cliente cuando, tras tantos años, regresó a la casa de su padre?

—¿Y por qué pintarlo como un monstruo: despiadado, egoísta, incapaz de sentir?

—Sí, es imprudente.

—Sí, es impulsivo, violento, incapaz de contenerse.

—Precisamente por eso está hoy ante ustedes.

—Pero ¿quién es responsable de la vida que le tocó vivir?

—¿Quién tiene la culpa de que un hombre nacido con instintos generosos y un corazón apasionado y noble recibiera una crianza tan desastrosa?

—¿Quién le enseñó a distinguir el bien del mal?

—¿Quién educó su mente?

—¿Quién lo amó, aunque fuera un poco, cuando era niño?

—Mi cliente creció solo bajo la protección de Dios, es decir, como una criatura salvaje abandonada a su suerte.

—Quizá, después de todos esos años de separación, anhelaba ver a su padre.

—Quizá, innumerables veces, había vuelto la vista atrás entre la bruma de la memoria, tratando de ahuyentar las sombras oscuras que ensombrecían su infancia.

—Quizá, con todo su corazón, deseaba perdonar a su padre... abrazarlo... descubrir que aquellos recuerdos lo habían engañado.

—¿Y qué encontró?

—Lo recibieron con burlas cínicas.

—Con sospechas.

—Con mezquinas disputas legales por dinero en litigio.

—No oyó más que conversaciones vulgares y cálculos mezquinos, siempre con otra copa de coñac en la mano, hasta que, al final, descubrió a su propio padre intentando robarle a la mujer que amaba, valiéndose del dinero que el hijo creía suyo por derecho.

—Señores del jurado...

—Hay algo profundamente cruel en todo eso.

—Y ese mismo anciano se quejaba después ante todos de la falta de respeto y la brutalidad de su hijo.

—Manchó su nombre ante la sociedad.

—Intentó arruinarlo.

—Lo calumnió.

—Llegó incluso a comprar sus pagarés con la esperanza de hacerlo encarcelar.

—Señores, hombres como mi cliente, hombres que parecen duros, violentos, ingobernables, son a menudo, más que nadie, asombrosamente tiernos de corazón.

—Simplemente no saben cómo demostrarlo.

—No se rían.

—Les ruego que no se rían de esta idea.

—Mi docto colega se burló sin piedad de mi cliente porque ama a Schiller... porque habla de la belleza... porque cree en lo que él mismo llama «lo bello y lo sublime».

—Yo no me habría reído.

—No en su lugar.

—Porque estos corazones —permítanme defenderlos, pues tan pocas veces se les comprende y tan a menudo se les juzga injustamente— estos mismos corazones ansían ternura, belleza, justicia.

—Lo anhelan casi desafiando su propia naturaleza violenta.

—Lo anhelan instintivamente, incluso cuando apenas comprenden ese anhelo.

—Un hombre puede parecer tosco, apasionado, incluso brutal.

—Y sin embargo, puede amar a una mujer con extraordinaria pureza de alma.

—Les pido de nuevo que no sonrían.

—Con más frecuencia de lo que se cree, así es exactamente ese hombre.

—Solo se notan sus pasiones.

—Estallan ruidosamente.

—Son bruscas.

—No pueden ocultarse.

—Pero nadie ve lo que hay debajo.

—Sus tormentas pasan rápido.

—Y cuando un hombre así se encuentra con alguien verdaderamente noble, verdaderamente hermoso, verdaderamente bueno, empieza a abrigar la esperanza de renovarse.

—Sueña con hacerse digno de esa bondad.

—Anhela convertirse en un hombre mejor.

—Un hombre honorable.

—Un hombre que merezca ser llamado noble.

—Sí, «noble» y «hermoso», por mucho que se ridiculicen esas palabras.

—Antes dije que no tocaría la relación de mi cliente con Madame Verkhovtseva.

—Mantendré esa promesa.

—Pero permítanme una breve observación.

—Lo que escuchamos de ella hoy no fue un testimonio.

—Fue el grito angustiado de una mujer consumida por el orgullo herido y el deseo de venganza.

—Y precisamente ella no debería reprochar a otro la traición.

—Porque ella misma traicionó.

—Si se le hubiera dado un poco de tiempo para recobrar la compostura, no creo que hubiera hablado como lo hizo hoy.

—No le crean cuando llama monstruo a mi cliente.

—No lo es.

—Como declaró el Divino Redentor, camino de la Cruz:

—«Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas, para que ninguna de ellas se pierda».

—No seamos nosotros quienes destruyamos un alma humana.

—Hace un momento les pregunté qué es verdaderamente un padre.

—Lo llamé una palabra sagrada.

—Un nombre precioso.

—Pero las palabras, señores del jurado, deben usarse con honestidad. Se lo debemos a ellas. Y por eso llamaré a las cosas por su nombre.

—Un padre como el difunto Fiódor Karamázov no merece ni puede llevar verdaderamente el nombre sagrado de padre.

—El amor por un padre que nunca se ha ganado ese amor es un absurdo. Es algo que los seres humanos no pueden crear por pura fuerza de voluntad. El amor no puede surgir de la nada. Solo Dios crea de la nada.

—«Padres, no provoquéis a vuestros hijos», escribe el Apóstol desde un corazón rebosante de amor.

—No cito esas palabras sagradas solo en beneficio de mi cliente.

—Las repito para cada padre.

—¿Quién me ha dado la autoridad para instruir a los padres?

—Nadie.

—Pero como hombre, y como ciudadano, dirijo mi voz a los vivos.

—Permanecemos en esta tierra solo por un breve tiempo.

—Hacemos muchas cosas mal.

—Pronunciamos muchas palabras irreflexivas.

—Por eso debemos aprovechar cada oportunidad que se nos da para decirnos algo bueno los unos a los otros.

—Así que yo también aprovecharé este momento.

—Este lugar no nos ha sido confiado sin propósito.

—Desde esta tribuna, toda Rusia nos escucha.

—No hablo solo a los padres de esta ciudad.

—Hablo a cada padre.

—«Padres, no provoquéis a vuestros hijos».

—Cumplamos primero nosotros mismos el mandamiento de Cristo antes de exigir obediencia a nuestros hijos e hijas.

—De lo contrario, no somos padres en absoluto.

—Nos convertimos en enemigos de nuestros hijos.

—Y ellos, a su vez, se convierten en los nuestros.

—Nosotros mismos los hemos hecho así.

—«Con la medida que uséis, se os medirá a vosotros».

—Esas no son mis palabras.

—Son las palabras del Evangelio.

—Si medimos a nuestros hijos con dureza, ¿por qué habríamos de quejarnos cuando ellos nos miden con el mismo rasero?

—No hace mucho, en Finlandia, se sospechó que una joven criada había dado a luz en secreto.

—La gente la vigiló.

—Por fin, oculto tras unos ladrillos sueltos en el desván, descubrieron un baúl que nadie sabía que existía.

—Lo forzaron.

—Dentro yacía el cuerpo de un recién nacido al que ella había asesinado.

—Pero había más.

—En ese mismo baúl estaban los diminutos esqueletos de otros dos bebés que ella había parido y asesinado al nacer.

—Lo confesó todo.

—Señores del jurado...

—¿Era ella su madre?

—Sí.

—Les dio la vida.

—Pero ¿era verdaderamente una madre?

—¿Se atrevería alguno de ustedes a concederle ese título sagrado?