VIII. El tercer y último encuentro con Smerdiakov #5
—¿Y si me matara ahora?
La pregunta lo pilló desprevenido. Smerdiákov lo miró con una expresión extraña.
—Adelante.
Su voz sonaba casi incitante.
—Máteme.
Luego, tras una pausa, añadió con amargura:
—No se atreverá.
Apareció una sonrisa torcida.
—Ya no es el hombre audaz que era antes.
—Mañana —gritó Iván, girándose hacia la puerta.
Y echó a andar hacia la salida.
—Espere.
Iván se detuvo.
—¿Qué pasa?
—Muéstremelos otra vez.
Sin decir palabra, Iván sacó los billetes del bolsillo y los levantó. Smerdiákov los miró durante varios segundos. Diez, quizás. Sin hablar. Luego hizo un gesto con la mano.
—Está bien.
—Puede irse.
Iván se giró de nuevo hacia la puerta.
—¡Iván Fiódorovich!
La voz sonó de repente a sus espaldas.
—¿Qué?
Iván volvió la cabeza sin detenerse. Smerdiákov lo observaba.
—Adiós.
Durante un momento ninguno de los dos se movió.
—Hasta mañana —respondió Iván.
Luego salió de la cabaña. La ventisca seguía rugiendo. Durante los primeros minutos, Iván caminó con paso firme. Luego, de repente, empezó a tambalearse.
Algo físico, pensó, sonriendo levemente.
Y sin embargo, una extraña sensación de alivio lo había invadido.
Por primera vez en muchas semanas, sentía una certeza absoluta en su interior.
El tormento de la indecisión había terminado.
La cuestión que lo había torturado durante tanto tiempo estaba resuelta por fin.
He tomado una decisión, pensó con una repentina oleada de felicidad. Y no cambiará.
En ese mismo momento, tropezó con algo y casi cayó.
Se detuvo y miró hacia abajo. Era el campesino borracho.
El hombre seguía tendido donde Iván lo había arrojado.
Inconsciente. Inmóvil. La nieve casi le cubría el rostro.
Sin dudarlo, Iván se agachó, lo levantó y empezó a arrastrarlo a través de la tormenta.
Al ver luz en una cabaña cercana, se acercó y golpeó las contraventanas. Abrió un comerciante. Iván le prometió tres rublos en el acto si le ayudaba a llevar al hombre a la comisaría.
El hombre aceptó. No describiré en detalle cómo Iván logró finalmente que el campesino quedara a cargo de las autoridades, ni cómo dispuso que un médico lo examinara de inmediato, repartiendo dinero con generosidad para asegurarse de que todo se hiciera sin demora.
Basta con decir que todo el asunto le llevó casi una hora.
Iván estaba inmensamente satisfecho. Sus pensamientos fluían con rapidez.
Tenía la mente inusualmente despejada. «Si no hubiera tomado ya mi decisión sobre mañana», pensó con una curiosa sensación de placer, «jamás habría dedicado una hora a salvar a ese hombre.
Habría pasado de largo y lo habría dejado morir congelado».
Entonces le asaltó otro pensamiento. «Con qué claridad puedo observarme a mí mismo».
Eso le agradó aún más. «Y sin embargo todos han decidido que estoy perdiendo la cabeza».
Cuando por fin llegó a su edificio, otra pregunta lo detuvo en seco.
«¿Debería ir ahora mismo al fiscal? ¿En este preciso instante?
¿Debería contárselo todo?» Durante un segundo permaneció inmóvil.
Luego se volvió hacia la entrada. «Mañana.
Todo de una vez». Susurró las palabras para sí.
Extrañamente, en ese mismo instante, casi toda su satisfacción se desvaneció.
La sensación de triunfo se evaporó. Cuando entró en su habitación, algo frío le rozó el corazón.
No era tanto un recuerdo como una advertencia.
La advertencia de que algo doloroso y repulsivo estaba presente en aquella habitación.
Presente ahora. Presente antes. Esperándolo.
Exhausto, se dejó caer en el sofá. La vieja criada trajo un samovar.
Preparó té, pero no lo tocó. Luego la despidió hasta la mañana siguiente.
Permaneció sentado largo rato. La habitación parecía mecerse a su alrededor.
Le daba vueltas la cabeza. Se sentía enfermo.
Débil. En un momento dado empezó a adormecerse.
Sobresaltado, se levantó y recorrió la habitación de un lado a otro, tratando de sacudirse el sopor.
Más de una vez se preguntó si ya estaría delirando.
Sin embargo, no era su enfermedad lo que más le preocupaba.
Tras volver a sentarse, se sorprendió mirando alrededor de la habitación de vez en cuando.
Buscando algo. O a alguien. Varias veces apartó la mirada.
Varias veces sus ojos volvieron al mismo punto.
Al final, su mirada se clavó en un solo lugar.
Una leve sonrisa le afloró en los labios.
En ese mismo instante, un rubor de ira le tiñó el rostro.
Permaneció sentado largo rato, con la cabeza apoyada en ambas manos.
Pero sus ojos seguían desviándose hacia el mismo lugar.
Hacia el sofá que había contra la pared opuesta.
Algo allí lo perturbaba. Algún objeto. Alguna presencia.
Algo que lo irritaba, lo inquietaba y no lo dejaba en paz.