Los hermanos Karamázov VIII. El tercer y último encuentro con Smerdiakov #4
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VIII. El tercer y último encuentro con Smerdiakov #4

—Considere a un hombre que conocía bien el dinero. Un hombre como yo, por ejemplo. Alguien que lo había visto de antemano. Quizás incluso alguien que había envuelto ese paquete él mismo, que había visto cómo lo sellaban y cómo escribían la inscripción.

Miró a Iván.

—¿Por qué un hombre así, después de cometer el asesinato, iba a pararse a abrir el paquete, presa del pánico? Ya sabe que el dinero está dentro. No habría necesidad.

Hizo una pausa.

—No. Si ese hombre fuera el ladrón, si yo fuera el ladrón, por ejemplo, simplemente se metería el paquete en el bolsillo y se largaría lo más rápido posible.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Pero con Dmitri Fiódorovich el asunto era completamente distinto.

Él solo sabía del paquete de oídas. Nunca lo había visto.

Así que si lo encontraba, bajo el colchón, digamos, naturalmente lo abriría de inmediato para asegurarse de que el dinero estuviera realmente allí.

Luego, con las prisas, tiraría el paquete a un lado sin darse cuenta de que más tarde serviría como prueba en su contra.

La boca de Smerdiákov se torció.

—Porque no es un ladrón experimentado. Nunca antes había robado abiertamente. Es, al fin y al cabo, un caballero de nacimiento.

Las últimas palabras destilaban desprecio.

—E incluso si se decidía a robar, no lo consideraría un robo.

Pensaría que había venido a recuperar lo que le pertenecía.

¿Acaso no lo había anunciado a toda la ciudad de antemano?

¿Acaso no se había jactado, ante todos los que quisieran oírlo, de que iría a casa de Fiódor Pávlovich a reclamar lo que era suyo?

Smerdiákov bajó la mirada.

—Sugerí esa idea al fiscal durante mi interrogatorio. No directamente, por supuesto. Solo dejándola caer, como si apenas la comprendiera yo mismo. Como si la idea se le hubiera ocurrido a él, no a mí.

Apareció una sonrisa fina y cargada de odio.

—Y en cuanto le di esa pista, al fiscal casi se le cayó la baba de placer.

—¿Es posible? —exclamó Iván, atónito. Volvió a mirar a Smerdiákov, asustado—. ¿Es realmente posible que pensaras todo esto en ese momento, allí mismo?

—Santo cielo, señor. ¿Cómo iba nadie a inventar todo eso con tanta prisa?

Smerdiákov lo miró casi con lástima.

—Todo estaba planeado de antemano.

—Entonces el mismísimo diablo debía de estar ayudándote —estalló Iván de nuevo—. No, no eres ningún tonto. Eres mucho más inteligente de lo que jamás imaginé.

Se levantó bruscamente, con la clara intención de pasear por la habitación.

La angustia y la agitación lo consumían.

Pero la mesa bloqueaba casi todo el estrecho espacio entre la pared y el sofá.

Apenas había sitio para pasar. Frustrado, dio media vuelta y volvió a sentarse.

La interrupción pareció inflamarlo aún más.

De repente, con algo de su antiguo frenesí, gritó:

—Escúchame, criatura miserable y despreciable. ¿De verdad no entiendes por qué no te he matado ya?

Señaló a Smerdiákov.

—La única razón por la que sigues vivo es que te necesito mañana. Te necesito en el tribunal.

Luego, alzando la mano hacia el cielo, declaró:

—Dios lo ve todo. Quizás fui culpable. Quizás, en el fondo, deseaba de verdad la muerte de mi padre. Quizás.

Le tembló la voz.

—Pero te juro que no fui culpable como tú afirmas. Quizás nunca te animé en absoluto. No, no, ¡no te animé!

Por un momento pareció estar discutiendo no con Smerdiákov, sino consigo mismo. Luego se irguió.

—Ya no importa.

Le brillaron los ojos.

—Mañana me acusaré a mí mismo ante el tribunal. Lo he decidido. Se lo diré todo.

Golpeó la mesa con la mano.

—Todo.

Una terrible determinación se había apoderado de él.

—Pero vendrás conmigo.

Se inclinó hacia delante.

—Digas lo que digas de mí en el tribunal, sea cual sea tu testimonio, lo acepto. No te tengo miedo. Yo mismo lo confirmaré todo.

Alzó la voz.

—Pero tú también debes confesar.

—Debes hacerlo.

—Iremos juntos.

—Así será.

Habló con tal fuerza y certeza que no cabía duda de que cada palabra iba en serio. Por un momento, Smerdiákov se limitó a mirarlo.

—Estás muy enfermo —dijo en voz baja—. Muy enfermo. Se te han puesto los ojos amarillos.

Ya no había burla en su voz. Solo algo parecido a la compasión.

—Iremos juntos —repitió Iván—. Y si te niegas, confesaré yo solo.

Smerdiákov guardó silencio un rato.

Parecía estar reflexionando con cuidado.

—En cualquier caso —dijo al fin—, nada de eso sucederá. Y usted no irá.

El veredicto fue pronunciado con absoluta certeza.

—No me entiendes —replicó Iván con reproche.

—No, señor. Es usted quien no se entiende a sí mismo.

Smerdiákov cruzó las manos.

—Le daría demasiada vergüenza confesar todo públicamente. Pero más importante aún: no serviría de nada.

Su tono se volvió casi coloquial.

—Yo simplemente lo negaría todo.

—¿Qué?

—Diría que nunca le conté nada semejante.

Se encogió de hombros.

—Diría que estaba usted enfermo. Lo cual parece del todo plausible. O quizá que quería tanto a su hermano que decidió sacrificarse por él e inventó esta historia sobre mí.

Entrecerró los ojos.

—Al fin y al cabo, se ha pasado toda la vida tratándome como a menos que un ser humano. Menos que una mosca.

Una leve sonrisa le rozó los labios.

—Así que dígame: ¿quién le creería?

Dejó la pregunta suspendida en el aire.

—¿Qué pruebas tiene?

Iván guardó silencio.

Luego, tras una pausa:

—Me enseñaste el dinero.

—Sí.

—Me lo enseñaste porque querías convencerme.

Sin responder, Smerdiákov levantó Las homilías de Isaac el Sirio de entre los fajos y apartó el libro. El dinero quedó expuesto una vez más.

—Debería llevárselo —dijo con un suspiro—. Lléveselo.

—Por supuesto que me lo llevaré.

Iván frunció el ceño.

—Pero ¿por qué me lo das? Si mataste por él, ¿por qué dármelo ahora?

Smerdiákov hizo un débil gesto con la mano.

—Ya no me sirve de nada.

La voz había empezado a temblarle.

—Antes tenía sueños.

Miró hacia la ventana.

—Me imaginaba empezando una nueva vida con este dinero. En Moscú. O quizá en el extranjero.

Una sonrisa cansada le cruzó el rostro.

—Lo soñaba.

Hizo una pausa.

—Pero sobre todo... sobre todo fue porque todo estaba permitido.

Las palabras cayeron suavemente.

—Usted me lo enseñó.

Los ojos de Iván relampaguearon.

—¿Yo te lo enseñé?

—Sí.

—Me dijo muchas cosas en aquel entonces.

La mirada de Smerdiákov permanecía fija en el dinero.

—Usted dijo que si no hay un Dios eterno, entonces no hay virtud. Y si no hay virtud, entonces no hay necesidad de ella.

Asintió lentamente.

—Eso fue lo que me enseñó.

—Y lo creí.

Siguió un silencio. Luego Iván esbozó una sonrisa torcida.

—Así que llegaste a todo esto por tu propia inteligencia, ¿no?

—Bajo su guía, señor.

—¿Y ahora te has vuelto creyente? —preguntó Iván—. ¿Por eso devuelves el dinero?

—No, señor.

La respuesta de Smerdiákov fue apenas un susurro.

—No me he vuelto creyente.

—Entonces, ¿por qué devolverlo?

—Basta ya.

Hizo un gesto cansado con la mano.

—No tiene sentido.

Por un momento guardó silencio.

—Al fin y al cabo, usted era quien decía que todo estaba permitido.

Clavó los ojos en Iván.

—Entonces, ¿por qué está tan angustiado ahora?

Una leve sonrisa asomó a sus labios.

—Incluso quiere ir a acusarse.

Negó con la cabeza.

—Pero nada de eso sucederá.

Su voz se endureció.

—No lo hará.

—Ya lo verá.

—No.

Smerdiákov habló con absoluta certeza.

—Usted es demasiado inteligente.

Empezó a enumerar los puntos uno por uno.

—Le gusta el dinero. Lo sé.

—Le gusta el respeto.

—Le gusta la admiración.

—Es orgulloso.

—Le gustan las mujeres hermosas.

Una pausa.

—Y más que nada, le gusta una vida cómoda. Una vida tranquila. Una vida en la que no se doblega ante nadie.

No apartó la mirada del rostro de Iván.

—No destruirá su futuro exponiéndose a semejante vergüenza en un tribunal público.

Las siguientes palabras las pronunció en voz baja.

—Se parece mucho a Fiódor Pávlovich.

Iván se puso rígido.

—Más que cualquiera de sus hijos, usted es quien más se le parece.

La habitación quedó en silencio.

—Comparten la misma alma.

—No eres un tonto —dijo Iván lentamente.

La sangre le subió de repente al rostro.

—Solía pensar que eras un tonto.

Miró fijamente a Smerdiákov como si lo viera por primera vez.

—Ahora hablas en serio. Completamente en serio.

—Pensó que yo era un tonto por su orgullo.

Smerdiákov señaló el dinero con un gesto de la cabeza.

—Tómelo.

Iván recogió los tres fajos de billetes y se los metió en el bolsillo sin envolverlos.

—Los mostraré en el tribunal mañana.

—Nadie le creerá.

Smerdiákov suspiró.

—Usted tiene dinero propio. Simplemente asumirán que lo sacó de su caja fuerte y lo trajo consigo.

Iván se levantó. De nuevo, la vieja furia estalló en su interior.

—Te lo diré una última vez. La única razón por la que no te he matado es que te necesito vivo mañana.

Lo señaló.

—Recuerda eso. No lo olvides.