VII. La segunda visita a Smerdiakov #3
D. Karamázov
Cuando Iván terminó de leer el documento, se levantó de la silla totalmente convencido.
Había sido su hermano. No Smerdiakov. Y si no era Smerdiakov, entonces tampoco era Iván.
De pronto, la carta adquirió en su mente la fuerza de una demostración matemática.
A partir de ese momento, ya no pudo albergar la menor duda sobre la culpabilidad de Dmitri.
Tampoco había creído nunca en serio que Dmitri y Smerdiakov hubieran cometido el asesinato juntos. Semejante teoría simplemente no encajaba con los hechos.
Por primera vez en muchos días, se sintió en paz. A la mañana siguiente, pensó en Smerdiakov y sus insinuaciones solo con desprecio. Al cabo de unos días, casi le asombraba que las acusaciones de aquel hombre lo hubieran herido tan profundamente.
Decidió desterrarlo por completo de sus pensamientos. Despreciarlo. Y olvidarlo. Pasó un mes. Iván no hizo más averiguaciones sobre Smerdiakov, aunque llegó a oír, una o dos veces, que el hombre estaba gravemente enfermo y que no andaba del todo bien de la cabeza.
—Acabará en la locura —comentó un día el joven médico Varvinski.
Iván recordó el comentario. Durante la última semana de aquel mes, él mismo empezó a encontrarse mal. Para entonces ya había consultado al médico traído recientemente de Moscú a petición de Katerina Ivánovna, un especialista convocado poco antes del juicio.
Al mismo tiempo, su relación con Katerina Ivánovna se deterioró casi hasta hacerse insoportable. Se habían convertido en algo extraordinario: dos enemigos profundamente enamorados el uno del otro.
Los recurrentes regresos de ella a Dmitri —breves pero intensos arrebatos de simpatía y apego— llevaban a Iván casi a la desesperación.
Pero lo extraño era que, hasta la escena final que ya hemos descrito, cuando Aliosha llegó con el mensaje de Dmitri, Iván no la había oído expresar jamás la menor duda sobre la culpabilidad de Dmitri. Ni una sola vez en todo el mes.
Y había algo más extraño aún. Con cada día que pasaba, Iván sentía que su odio hacia Dmitri se hacía más intenso.
Sin embargo, sabía perfectamente que no lo odiaba por los persistentes sentimientos de Katerina hacia él.
No. Lo odiaba porque creía que había asesinado a su padre.
Iván lo comprendía con absoluta claridad.
Y sin embargo, diez días antes del juicio, visitó a Dmitri y le propuso un plan de fuga, un plan que evidentemente llevaba mucho tiempo considerando.
Muchos motivos había detrás de aquella decisión.
Uno de ellos era una herida que nunca había terminado de sanar: la venenosa sugerencia de Smerdiakov de que la condena de Dmitri beneficiaría a Iván económicamente, aumentando su parte de la herencia de cuarenta mil rublos a sesenta mil.
Decidido a silenciar esa acusación para siempre, Iván resolvió sacrificar treinta mil rublos de su propio dinero para asegurar la fuga de Dmitri.
Pero al regresar de aquel encuentro, se sintió turbado y confuso.
Un pensamiento inquietante había empezado a tomar forma.
Quizá no quería que Dmitri escapara solo para entregar treinta mil rublos y sanar aquella herida a su orgullo.
Quizá había otra razón. ¿Era porque, en mi alma, yo también soy un asesino?
La pregunta centelleó en su mente. Algo distante, indefinido, pero ardiente, le roía el corazón sin descanso. Sobre todo, sin embargo, su orgullo había sufrido durante todo aquel mes, había sufrido terriblemente. Pero eso pertenece a otra parte de la historia.
Plantado ante su apartamento después de hablar con Aliosha, con la mano ya extendida hacia el timbre, Iván abandonó de pronto la idea de entrar. La decisión de visitar a Smerdiakov otra vez le sobrevino en un arrebato de ira tan repentino y feroz que pareció brotar de lo más hondo de su pecho.
Un momento antes, en presencia de Aliosha, Katerina Ivánovna había exclamado: «¡Fuiste tú, solo tú, quien me convenció de que él era el asesino!
». Aquellas palabras volvieron ahora a su mente como un relámpago.
Iván se detuvo como si lo hubieran golpeado.
Él nunca la había convencido de que Dmitri fuera culpable.
Nunca. Al contrario, cuando había regresado de su primera visita a Smerdiakov, casi se había acusado a sí mismo.
Había sido Katerina quien había presentado el documento. Katerina quien le había mostrado la carta. Katerina quien lo había persuadido de la culpabilidad de Dmitri. Y ahora ella había declarado de pronto: «¡Yo misma fui a ver a Smerdiakov!».
¿Cuándo? Iván no sabía nada de semejante visita.
Lo cual significaba que ella no estaba ni mucho menos tan segura de la culpabilidad de Dmitri como había aparentado.
¿Y qué le había dicho Smerdiakov? ¿Qué exactamente?
La pregunta encendió en su interior una rabia terrible.
No podía comprender cómo había dejado pasar aquellas palabras media hora antes sin exigir una explicación en el acto.
Soltó el timbre. Se volvió bruscamente. Y se encaminó hacia la casa de Smerdiakov.
Esta vez, quizá lo mate, pensó mientras caminaba.