Los hermanos Karamázov IV. El himno y el secreto #4
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IV. El himno y el secreto #4

—¡Ya has decidido!

Se le quebró la voz.

—No decidas todavía.

—Ten piedad de mí.

—No puedo vivir sin Grusha.

—Espera hasta el juicio.

Mitya concluyó frenético.

Agarró a Aliosha por ambos hombros y lo miró fijamente a los ojos con un anhelo intenso y febril.

—¿Acaso permiten casarse a los condenados? —preguntó de nuevo, por tercera vez, casi suplicando.

Aliosha escuchó con profundo asombro. Todo lo que había oído lo había sacudido hasta lo más hondo.

—Dime una cosa —dijo al fin—. ¿De verdad Ivan insiste tanto en esto? ¿Y de quién fue la idea originalmente?

—De Ivan. Enteramente de Ivan.

—Estuvo sin aparecer mucho tiempo, y luego, hará cosa de una semana, vino de repente y no habló de otra cosa.

—Insiste en ello.

—No pide, insiste.

—Ni siquiera duda de que voy a obedecerle.

—Y eso después de abrirle el corazón igual que a ti. Incluso le hablé del himno.

—Me explicó cada detalle.

—Ha reunido información, hecho preparativos, lo tiene todo planeado.

—Pero eso es para más adelante.

—Lo desea desesperadamente.

—Casi con histeria.

—Y el dinero, eso es lo principal.

—Diez mil rublos para la fuga en sí, dice.

—Veinte mil más para América.

—«Con diez mil», dice, «podemos organizar una fuga magnífica».

—¿Y te dijo expresamente que no me lo contaras? —preguntó Aliosha.

—Expresamente.

—A nadie.

—Pero sobre todo a ti.

—A ti bajo ningún concepto.

—Tiene miedo de que te presentes ante mí como mi conciencia.

—No le digas que te lo he contado.

—Por favor.

—Tienes razón —dijo Aliosha tras un momento de reflexión.

—No se puede tomar ninguna decisión antes del veredicto.

—Después decidirás por ti mismo.

—Encontrarás a ese hombre nuevo dentro de ti, y él decidirá.

—El hombre nuevo, o Bernard.

—¡Quizá Bernard decida a la manera de Bernard!

Mitya esbozó una sonrisa amarga.

—Quizá yo mismo sea un Bernard despreciable.

Entonces Aliosha preguntó en voz baja:

—Pero dime con sinceridad, hermano.

—¿De verdad no tienes ninguna esperanza de que te absuelvan?

Mitya se encogió de hombros con un espasmo. Negó con la cabeza.

—No.

De pronto pareció acordarse de la hora.

—¡Aliosha, querido, tienes que irte!

—El gobernador acaba de gritar ahí fuera. Llegará en cualquier momento.

—Nos hemos demorado demasiado.

—Rápido, abrázame.

—Bésame.

—Bendíceme, hermano.

—Hazme la señal de la cruz para la cruz de mañana.

Se abrazaron y se besaron. Entonces Mitya añadió de repente:

—Y sin embargo, esto es lo extraño.

—Ivan se ofrece a ayudarme a escapar.

—Pero cree que yo lo maté.

Una sonrisa triste asomó a sus labios.

—¿Alguna vez se lo preguntaste? —dijo Aliosha—. ¿Le preguntaste si cree que eres culpable o no?

—No.

—Quise hacerlo.

—Pero no pude.

—No tuve fuerzas.

—Aunque poco importa ya.

—Lo veo en sus ojos.

—Bueno, adiós.

Se abrazaron una vez más. Aliosha ya se había vuelto hacia la puerta cuando Mitya gritó bruscamente:

—Espera.

—Ponte frente a mí.

—Ahí.

De nuevo lo agarró por ambos hombros. De pronto su rostro se había vuelto mortalmente pálido. Incluso en la penumbra de la habitación resultaba sobrecogedor. Tenía los labios crispados. Clavó los ojos en Aliosha con una intensidad terrible.

—Aliosha, dime toda la verdad, como si estuvieras delante de Dios.

—¿Crees que lo maté, o no?

—Tú, personalmente.

—¿Lo crees o no?

—Toda la verdad.

—¡No me mientas!

Las palabras le brotaron en un arrebato. Aliosha sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Algo afilado pareció atravesarle el corazón.

—Vamos, ¿qué dices...? —murmuró sin fuerzas.

—¡La verdad!

—¡Toda!

—¡No me mientas! —repitió Mitya.

Entonces, de pronto, la respuesta brotó del pecho de Aliosha.

—Ni por un solo instante he creído que fueras el asesino.

Le tembló la voz. Mientras hablaba, levantó la mano derecha, casi como invocando a Dios mismo como testigo de sus palabras. Al instante, el rostro de Mitya se iluminó por completo. Una expresión de pura alegría lo transformó.

—Gracias —dijo lentamente.

Las palabras salieron como el hondo suspiro de un hombre que despierta de un desmayo.

—Me has devuelto a la vida.

—¿Puedes creerlo? Hasta ahora tenía miedo de preguntarte.

—A ti, precisamente a ti.

—A ti.

Negó con la cabeza, maravillado.

—Vete ya.

—Vete.

—Me has dado fuerzas para mañana.

—Que Dios te bendiga.

Cuando Aliosha se volvió para irse, Mitya lo llamó una última vez:

—Vete... y ama a Iván.

Aliosha se marchó con lágrimas en los ojos.

La hondura del miedo de Mitya, la hondura de su incertidumbre, el hecho de que hubiera dudado incluso de la fe que Aliosha tenía en él: todo aquello reveló de pronto un abismo de desesperación en el alma de su hermano, más profundo de lo que jamás había imaginado.

Nunca había comprendido del todo lo solo que estaba Mitya. Ahora sí. Una compasión inmensa y dolorosa se apoderó de él de golpe. Sintió el corazón traspasado. Las palabras resonaban en su mente:

«Ama a Iván».

Y era exactamente adonde se dirigía. Desde por la mañana había sentido la necesidad de ver a Iván. Iván había pesado en sus pensamientos tanto como Mitya. Ahora, tras esta conversación, más que nunca.