Los hermanos Karamázov III. El diablillo
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III. El diablillo

Cuando Aliosha entró en la habitación de Lise, la encontró reclinada de nuevo en la silla de ruedas que había usado antes de recuperar la capacidad de caminar. No hizo ademán de saludarlo. Al contrario, sus ojos agudos y atentos se clavaron en él de inmediato.

Tenía la mirada febril. El rostro, pálido y ligeramente amarillento.

Aliosha se sorprendió de lo mucho que había cambiado en solo tres días.

Había adelgazado notablemente. No le ofreció la mano.

Él extendió la suya y le rozó los largos y delicados dedos, que reposaban inmóviles sobre el vestido.

Luego se sentó frente a ella sin decir palabra.

—Sé que tienes prisa por llegar a la prisión —dijo Lise de sopetón—. Mamá te ha retenido dos horas enteras. Acaba de contarte todo sobre mí y Yulia.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aliosha.

—Estaba escuchando detrás de la puerta.

Lo miró desafiante.

—¿Por qué me miras así? Quería escuchar, así que escuché. No tiene nada de malo. Y no pienso pedir perdón.

—Parece que algo te preocupa.

—Al contrario. Estoy de un humor excelente. Justo ahora, quizás por trigésima vez, estaba pensando en la suerte que tengo de haber roto nuestro compromiso y de que nunca vaya a casarme contigo.

—Serías un marido terrible. Me casaría contigo, luego escribiría una nota al hombre del que me enamorara después y te pediría que se la entregaras. Y tú se la llevarías sin dudarlo. Incluso traerías su respuesta. Llegarías a los cuarenta y seguirías llevando mis cartas de amor de un lado a otro.

De repente se echó a reír.

—Hay algo malicioso en ti —dijo Aliosha con una sonrisa—, y al mismo tiempo algo muy inocente.

—Lo inocente es que no me avergüenzo delante de ti. Más aún: ni siquiera quiero avergonzarme. No contigo. Y menos aún contigo.

—Aliosha, ¿por qué no te respeto?

—Te quiero mucho, pero no te respeto en absoluto. Si te respetara, no hablaría con tanta libertad, ¿verdad?

—No —dijo Aliosha.

—¿Entonces estás de acuerdo?

—Sí.

—¿Me crees cuando digo que no me avergüenzo delante de ti?

—No, no te creo.

Lise volvió a reír, nerviosa. Hablaba rápidamente, con un pensamiento atropellando al siguiente.

—Le he enviado unos dulces a tu hermano Dmitri Fiódorovich, a la prisión.

—Aliosha, ¿sabes que eres bastante guapo?

—Siempre te querré por una cosa: por haberme permitido dejar de quererte tan rápido.

—¿Por qué me has mandado llamar hoy, Lise?

—Quería hablarte de un deseo que tengo.

—Quiero que alguien me atormente.

—Quiero que un hombre se case conmigo, me atormente, me engañe, me abandone y desaparezca para siempre.

—No quiero ser feliz.

—¿Te has enamorado del caos?

—Oh, adoro el caos.

—Quiero prender fuego a toda la casa.

—Me imagino acercándome sigilosamente y prendiéndole fuego. Tiene que hacerse en secreto, en silencio. Todos corren a apagar las llamas, pero mientras tanto el fuego sigue extendiéndose. Y yo sé perfectamente lo que pasa, pero no digo nada.

—¡Bah, tonterías!

Agitó la mano con impaciencia.

—Qué aburrido es todo.

—Vives demasiado cómodamente —dijo Aliosha en voz baja.

—¿De verdad sería mejor ser pobre?

—Sí —respondió él.

—Eso es algo que te enseñó tu difunto monje —replicó Lise—. Y no es verdad.

—Déjame ser rica mientras todos los demás son pobres. Comeré bombones y beberé nata, y no le daré nada a nadie.

—No digas nada, no digas ni una palabra.

Agitó la mano con impaciencia, aunque Aliosha ni siquiera había abierto la boca.

—Ya me has dicho todo eso antes. Me lo sé de memoria.

—Es aburrido.

—Si fuera pobre, probablemente mataría a alguien. Aunque si sigo siendo rica, puede que también mate a alguien. ¿Qué otra cosa hay que hacer?

—¿Sabes lo que me gustaría de verdad? Me gustaría cosechar centeno. Me casaría contigo y tú te convertirías en campesino, un campesino de verdad. Podríamos tener un potrito. ¿Te gustaría?

—¿Conoces a Kalgánov?

—Sí.

—Siempre anda por ahí soñando. Dice que es mejor soñar que vivir. En los sueños puedes inventar cualquier cosa maravillosa, mientras que la vida real es aburrida.

—Y sin embargo probablemente se casará pronto. Ya me ha declarado su amor.

—¿Sabes hacer girar una peonza?

—Sí.

—Pues es exactamente así: una peonza. Le das cuerda, la pones a girar y sigues azotándola para que gire más y más rápido. Si me casara con él, me pasaría la vida entera haciendo eso.

—¿No te da vergüenza estar aquí sentado escuchándome?

—No.

—Estás terriblemente molesto porque no estoy hablando de cosas santas.

—Pero no quiero ser santa.

—¿Qué le pasa en el otro mundo a alguien que comete el peor pecado? Tú deberías saberlo perfectamente.

—Dios los juzga —dijo Aliosha, observándola atentamente.

—Eso es exactamente lo que quiero.

—Llegaría allí, me condenarían, y entonces me reiría en la cara de todos.

—Todavía quiero quemar la casa, Aliosha. Nunca me crees.

—¿Por qué no iba a creerte? Hay niños, de doce años, a veces menores, que de repente sienten unas ganas irresistibles de prender fuego a algo, y a veces lo hacen. Es una especie de enfermedad.

—No, no. No es eso en absoluto.

—Estás confundiendo el mal con algo atractivo. Es una crisis pasajera. Quizá tenga que ver con tu antigua enfermedad.

—¡Ahí está! Me desprecias.

—Simplemente no quiero hacer el bien. Quiero hacer el mal. No tiene nada que ver con ninguna enfermedad.

—¿Por qué?

—Porque quiero que no quede nada.

—¿No sería maravilloso que no quedara nada en absoluto?

Se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes.

—¿Sabes, Aliosha? A veces me imagino cometiendo todas las atrocidades imaginables. Las peores. Y las haría en silencio, en secreto, durante mucho tiempo.

—Y entonces, de repente, todos se enterarían.

—Se reunirían a mi alrededor, me señalarían con el dedo, me mirarían fijamente... y yo les devolvería la mirada.

—Eso sería delicioso.

—¿Por qué es tan delicioso, Aliosha?

—Sucede —dijo él en voz baja—. El deseo de destruir algo bueno. O, como dijiste, de prender fuego a algo. Eso también sucede.

—Pero yo no estaba hablando por hablar. Lo haría de verdad.

—Te creo.

—Oh, cómo te quiero cuando dices eso.

—Dices «te creo» y no mientes. Ni siquiera un poco.

—Aunque quizá pienses que digo todo esto solo para provocarte, ¿verdad?

—No. Aunque quizá haya un poco de eso.

—Un poco, sí.

Sus ojos relampaguearon.

—Nunca te mentiré.

Lo que más impresionó a Aliosha fue su seriedad. No había ni rastro de broma en su rostro. En el pasado, incluso en sus momentos más graves, siempre había conservado alguna chispa de humor.

—Hay momentos en que la gente ama el crimen —dijo Aliosha, pensativo.

—¡Sí! ¡Sí! Eso es exactamente.

—Has dicho precisamente lo que estaba pensando.

—La gente lo ama. Todo el mundo.

—Siempre.

—No solo en ciertos momentos... siempre.

—¿Sabes lo que pienso? Creo que hace mucho tiempo todo el mundo acordó en secreto mentir al respecto. Y desde entonces todos siguen mintiendo.

—Todo el mundo dice que odia el mal, pero en secreto lo ama.

—¿Sigues leyendo esos libros espantosos?

—Sí.

—Mamá los lee y los esconde debajo de la almohada, y yo se los robo.

—¿No te da vergüenza destruirte a ti misma?

—Quiero destruirme.

—Una vez hubo un chico que se tumbó entre las vías mientras el tren le pasaba por encima.

—Qué suerte la suya.

De repente cambió de tema.

—Escucha. A tu hermano lo están juzgando por asesinar a su padre, y a todo el mundo le encanta que lo haya matado.

—¿Les encanta que haya matado a su padre?

—¡Por supuesto que sí! ¡A todo el mundo! —exclamó Lise—. Todo el mundo dice que es terrible, pero en secreto les encanta. Yo soy la primera en admitirlo: a mí también me encanta.

—Hay algo de verdad en lo que dices sobre la gente —respondió Aliosha en voz baja.

—¡Oh, qué pensamientos tienes! —exclamó Lise, encantada—. ¡Y viniendo de un monje, nada menos! No tienes idea de cuánto te respeto, Aliosha, solo porque nunca mientes.

—Oh, déjame contarte un sueño ridículo que tengo a veces.

Sueño que hay demonios por todas partes.

Es de noche, estoy sola en mi habitación con una vela, y de repente hay demonios en cada rincón, debajo de la mesa, incluso empujando las puertas.

Detrás de las puertas hay toda una multitud, todos queriendo entrar y atraparme.

—Se acercan más y más, casi me agarran. Entonces, de repente, hago la señal de la cruz, y todos retroceden asustados. Pero no desaparecen. Se quedan junto a las puertas y en los rincones, esperando.

—Entonces, de repente, siento unas ganas irresistibles de maldecir a Dios en voz alta. Y lo hago. Y los demonios se abalanzan hacia mí de nuevo. Están encantados. Se arremolinan a mi alrededor, tratando de alcanzarme. Entonces me santiguo otra vez, y todos se dispersan de nuevo.

—Es maravillosamente excitante. Te deja sin aliento.

—Yo he tenido ese mismo sueño —dijo Aliosha de repente.

—¿Tú? —exclamó Lise.

Lo miró con asombro.

—Escucha, Aliosha, no te rías. Esto es muy importante. ¿De verdad es posible que dos personas distintas tengan exactamente el mismo sueño?

—Sí, es posible.

—Aliosha, te lo digo, esto es terriblemente importante —insistió, cada vez más agitada—. El sueño en sí no es lo importante. Lo importante es que tú pudieras haber soñado exactamente lo mismo que yo.

—Nunca me mientes. No me mientas ahora. ¿Es verdad? ¿No te estás burlando de mí?

—Es verdad.

Por un momento Lise pareció profundamente turbada y guardó silencio.

—Aliosha, ven a verme a menudo —dijo de repente, con voz casi suplicante—. Ven muy seguido.

—Siempre vendré —respondió Aliosha con firmeza—. Toda mi vida.

—Eres la única persona a quien le cuento estas cosas —continuó Lise—. Bueno, a mí misma y a ti. A nadie más en el mundo.

—De hecho, te las cuento a ti de mejor gana que a mí misma.

—Y no me avergüenzo en absoluto contigo.

—Aliosha, ¿por qué no me avergüenzo contigo? ¿Ni lo más mínimo?

Entonces, sin previo aviso, cambió de tema otra vez.

—Aliosha, ¿es verdad que los judíos secuestran y matan niños en Pascua?

—No lo sé.

—Leí sobre un juicio en un libro. Describía un caso en el que un hombre judío supuestamente torturó a un niño de cuatro años antes de matarlo. Toda la historia era horrible.

—Y luego, en el juicio, supuestamente dijo que el niño murió rápidamente, después de solo cuatro horas.

—¡Rápidamente! Fíjate.

—Dijo que el niño no dejaba de llorar y gemir, mientras él se quedaba allí mirándolo.

—¿No es maravilloso?

—¿Maravilloso? —repitió Aliosha.

—Sí.

—A veces imagino que fui yo quien lo hizo. El niño cuelga allí llorando, y yo me siento frente a él comiendo compota de piña.

—Me encanta la compota de piña.

—¿A ti?

Aliosha no dijo nada. Simplemente la observaba. De repente el rostro pálido de ella se contrajo de emoción, y sus ojos resplandecieron.

—¿Sabes?, cuando leí esa historia por primera vez, pasé toda la noche temblando y llorando.

—No dejaba de imaginar los gritos del niño. Los niños de cuatro años entienden las cosas, ¿verdad?

—Y sin embargo, no podía quitarme de la cabeza la compota de piña.

—A la mañana siguiente le envié una nota a alguien, pidiéndole que viniera a verme de inmediato.

—Vino.

—Y le conté todo: la historia del niño, la compota de piña, hasta el último detalle.

—Y entonces le dije: «Es maravilloso».

—De repente se echó a reír y dijo que sí, que era maravilloso de verdad.

—Luego se levantó y se marchó.

—Solo se quedó cinco minutos.

—¿Me despreciaba?

—Dime, Aliosha, dime con sinceridad. ¿Me despreciaba o no?

Se enderezó en el sofá, con los ojos resplandecientes.

—Dime algo primero —dijo Aliosha, visiblemente preocupado—. ¿Lo invitaste tú a venir?

—Sí.

—¿Le enviaste una carta?

—Sí.

—¿Específicamente para preguntarle sobre esa historia? ¿Sobre el niño?

—No, en absoluto. No por esa razón. Pero en cuanto llegó, le pregunté sobre ello.

—¿Y?

—Respondió, se rio, se levantó y se marchó.

—Ese hombre se comportó honestamente contigo —dijo Aliosha en voz baja.

—¿Pero me despreciaba? ¿Se estaba riendo de mí?

—No. Porque puede que él mismo crea en la compota de piña.

Los ojos de Lise resplandecieron.

—¡Sí, cree!

—Él mismo está muy enfermo ahora, Lise —continuó Aliosha—. No desprecia a nadie. Simplemente no cree en nadie.

—¿Y si no cree en nadie?

—Entonces, por supuesto, acaba despreciando a todos.

—¿Así que también me desprecia a mí? ¿A mí?

—Sí.

—Eso es bueno.

Las palabras salieron casi como un jadeo ronco.

—Cuando se rio y se marchó, de repente sentí que era bueno ser despreciada. El niño con los dedos mutilados, eso era bueno. Ser despreciada, eso también es bueno...

Se rio en la cara de Aliosha, pero había algo febril y hostil en el sonido.

—¿Sabes, Aliosha?, ¿sabes lo que me gustaría...?

De repente saltó del sofá y se lanzó hacia él.

—¡Aliosha, sálvame!

Lo rodeó con ambos brazos y se aferró a él con fuerza.

—Sálvame —casi gimió—. ¿Acaso le contaría a alguien más en el mundo lo que te he contado a ti? Y sin embargo, estaba diciendo la verdad, la verdad, la verdad, ¡la verdad!

—Me mataré porque todo me da asco.

—¡Todo me da asco!

—¡No quiero vivir porque todo me da asco!

—¡Todo, todo!

Entonces, en un arrebato de angustia, gritó:

—Aliosha, ¿por qué no me quieres? ¿Por qué no me quieres nada?

—No, Lise, sí te quiero —respondió Aliosha con ternura.

—¿Llorarás por mí?

—Sí.

—No porque haya rechazado casarme contigo. Solo por mí. ¿Llorarás por mí simplemente porque soy yo?

—Sí.

—Gracias. Es lo único que quiero: tus lágrimas.

—Y los demás, que me condenen, que me pisoteen, que me aplasten, todos, sin excepción.

—Porque no quiero a nadie.

—¿Me oyes? A nadie.

—Al contrario, los odio a todos.

—Vete ya, Aliosha. Tienes que ver a tu hermano.

Lo soltó de golpe.

—¿Cómo voy a dejarte así? —preguntó Aliosha, casi asustado.

—Ve a ver a tu hermano. Van a cerrar la prisión.

—Vete.

—Toma, tu sombrero.

—Dale un beso a Mitya de mi parte.

—¡Vete! ¡Vete!

Lo empujó casi a la fuerza hacia la puerta. Aliosha la miró desconcertado e inquieto. Entonces, de pronto, notó que algo le habían puesto en la mano derecha. Era una carta. Una carta pequeña, cuidadosamente doblada y sellada. Bajó la vista y leyó de inmediato la dirección:

Iván Fiódorovich Karamázov.

Alzó la vista hacia Lise de inmediato. Su rostro se había vuelto casi feroz.

—¡Tienes que entregarla! —ordenó, temblando de pies a cabeza—. Hoy. Ahora mismo.

—Si no lo haces, me envenenaré.

—¡Para eso te mandé llamar!

La puerta se cerró de golpe. Un instante después oyó correr el cerrojo. Aliosha se guardó la carta en el bolsillo y bajó directamente hacia las escaleras. No se detuvo a ver a la señora Jojlákov. Se había olvidado de ella por completo.

En cuanto él se fue, Lise descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta.

Introdujo un dedo en la estrecha abertura.

Luego cerró la puerta de golpe sobre él con todas sus fuerzas.

Lo mantuvo allí casi diez segundos. Por fin retiró la mano.

Sin hacer ruido, cruzó la habitación, volvió a su silla y se sentó muy erguida.

Se quedó mirando fijamente el dedo, ya amoratado, y la sangre que brotaba lentamente bajo la uña.

Le temblaron los labios. En voz baja, rápidamente, se susurró una y otra vez:

—Vil... vil... vil... vil...