I. En casa de Grúshenka #2
—No merezco su bondad —respondió Maximov con una vocecita llorosa—. Soy un viejo inútil. Debería reservar su generosidad para personas más merecedoras que yo.
—Ay, tonterías.
Su tono se suavizó al instante.
—Todo el mundo es necesario, Maximushka. ¿Quién puede decir cuál de nosotros es más necesario que otro?
Entonces sus pensamientos volaron a otro lugar.
—Aunque ese polaco no existiera, tenía que ponerse enfermo precisamente hoy.
Suspiró.
—También fui a verlo.
Un destello repentino de terquedad brilló en sus ojos.
—Y ahora voy a enviarle unos pasteles a propósito. Antes no le había enviado ninguno, pero Dmitri me acusó de ello de todos modos. Así que ahora sí lo haré. Adrede.
En ese momento entró Fenya con una carta. Grushenka gimió.
—Ah, ahí viene con otra.
Se la arrebató.
—Lo que me imaginaba. Es de los polacos otra vez.
Puso los ojos en blanco.
—Quieren dinero. Otra vez.
Pan Musyalovich había enviado, en efecto, una de sus cartas largas y elaboradas, como era habitual en él. Esta última solicitaba un préstamo de tres rublos. Venía adjunto un pagaré formal que garantizaba el reembolso en tres meses. Pan Wroblewski también lo había firmado.
Grushenka ya había recibido toda una serie de cartas así de su antiguo amante.
Habían empezado poco después de su recuperación, unas dos semanas antes.
Sin embargo, sabía que ambos polacos habían venido a preguntar por su salud incluso cuando ella estaba enferma.
La primera carta había llegado en un sobre grande sellado con un impresionante escudo familiar.
Era tan ornamentada, tan enrevesada y ceremoniosa, que Grushenka solo logró leer la mitad antes de dejarla a un lado sin haber entendido ni una palabra.
En aquel momento tenía otras preocupaciones.
Al día siguiente llegó una segunda carta.
En ella Pan Musyalovich solicitaba un préstamo de dos mil rublos por un período muy corto.
Esa carta también quedó sin respuesta. A partir de entonces llegó toda una sucesión de cartas, una cada día.
El estilo seguía siendo igual de grandioso y digno, pero las sumas solicitadas iban disminuyendo gradualmente.
De dos mil rublos a cien. De cien a veinticinco. De veinticinco a diez.
Y finalmente, un día, ambos caballeros solicitaron conjuntamente un solo rublo y adjuntaron otro pagaré firmado en el que prometían el reembolso.
Fue entonces cuando el corazón de Grushenka se ablandó.
Una tarde, al anochecer, fue a verlos ella misma.
Encontró a los dos polacos sumidos en una pobreza miserable.
Casi no les quedaba nada. Ni comida. Ni leña.
Ni cigarrillos. Estaban endeudados con su casera.
Los doscientos rublos que Dmitri había perdido contra ellos en Mokroye habían desaparecido de algún modo con asombrosa rapidez.
Lo que más sorprendió a Grushenka, sin embargo, fue que a pesar de sus circunstancias la recibieron con toda la dignidad del mundo. Se mostraron ceremoniosos, orgullosos, independientes, prodigándose en discursos formales y cumplidos rebuscados.
Todo aquello le pareció absurdamente divertido.
Riéndose, entregó diez rublos a su antiguo admirador.
Más tarde le contó la visita a Dmitri, también entre risas.
En aquel momento él no había sentido celos en absoluto.
Pero desde entonces los dos caballeros se aprovecharon de su generosidad.
Las cartas empezaron a llegar a diario. Todas pedían dinero.
Y cada vez ella les enviaba algo. Hasta que de pronto, precisamente hoy, Dmitri se había puesto furiosamente celoso.
—Fui lo bastante tonta como para volver a visitarlo —continuó Grushenka, hablando atropelladamente—. Solo un minuto, de camino a ver a Dmitri. El pobre también había enfermado.
Se rio.
—Y ahí me tienes, contándoselo todo a Dmitri. Le dije: «Imagínate, mi viejo polaco sacó una guitarra y se puso a cantarme nuestras viejas canciones. Se cree que me voy a ablandar y me voy a escapar con él».
Su expresión se ensombreció.
—Y Dmitri se levantó de un salto y se puso a gritar.
Se cruzó de brazos.
—Pues entonces, ¡razón de más para enviarles pasteles a los polacos!
Se volvió hacia la puerta y llamó:
—Fenya, ¿sigue esperando esa niña?
—Sí.
—Bien. Dale los tres rublos. Y envuélvele diez pasteles en papel. Dile que lo lleve todo enseguida.
Luego se volvió hacia Aliosha.
—Y tienes que decirle a Dmitri sin falta que les envié los pasteles.
—Desde luego que no —respondió Aliosha con una sonrisa.
—Ah, crees que está sufriendo.
Su sonrisa se desvaneció.
—Solo fingió estar celoso. Eso es lo peor. En el fondo no le importa nada.
—¿Cómo puedes decir que solo fingió? —preguntó Aliosha.
—Eres tonto, Aliosha. Eso es lo que eres.
Grushenka sacudió la cabeza con impaciencia.
—Con lo listo que eres, no entiendes nada de esto.
Se inclinó hacia él.
—No son los celos en sí lo que me duele. Si no hubiera estado celoso, eso me habría dolido mucho más. Así soy yo. Los celos no me molestan. Tengo un corazón bastante fiero. Yo también sería capaz de sentir celos.
Su voz se endureció.
—Lo que me duele es que no me quiere. Por eso fingió estar celoso.
Se golpeó el pecho.
¿Crees que soy ciega? ¿Que no veo lo que pasa?
De pronto empezó a hablar más deprisa.
—Se pone a hablar de ella, de Katerina. Me cuenta lo maravillosa que es. Que trajo a un médico de Moscú para salvarlo. Que contrató al mejor abogado de Rusia. Al más famoso que pudo encontrar.
Soltó una risa amarga.
—Si me la alaba a la cara, es que la quiere. ¿Por qué si no iba a hacerlo?
Le relampaguearon los ojos.
—Sabe que él tiene la culpa. Así que me ataca primero a mí. Quiere hacerme culpable a mí antes de tener que dar explicaciones.
Su voz se volvió más cortante.
—Es como si dijera: «Tú tenías a tu polaco antes de conocerme, así que ahora yo tengo derecho a Katerina». Eso es lo que hace. Quiere echarme toda la culpa a mí.
Dio un golpe suave en la mesa.
—Provocó esa pelea a propósito. A propósito, te lo digo. Y yo...
Se interrumpió. De pronto se cubrió el rostro con un pañuelo y rompió a llorar.
—No quiere a Katerina Ivanovna —dijo Aliosha con firmeza.
—Bueno, si la quiere o no, pronto lo averiguaré.
Bajó el pañuelo. Ahora había algo casi amenazante en su voz. Su rostro había cambiado por completo. Solo un momento antes parecía dulce y alegre. Ahora tenía un aire sombrío, amargo, airado.
—Basta de tonterías —dijo bruscamente—. No te pedí que vinieras para esto.
Le agarró la mano.
—Aliosha, querido Aliosha, ¿qué va a pasar mañana?
Le tembló la voz.
—Eso es lo que me atormenta. Es lo único que me atormenta.
Miró a su alrededor, desvalida.
—Miro a todo el mundo y parece que nadie piensa en ello. A nadie le importa. ¿Tú piensas en ello?
Lo miró fijamente.
—Mañana lo juzgan.
Entonces las palabras le salieron a borbotones.
—Dime cómo lo van a juzgar. Dime qué van a hacer. ¡Fue el criado, el criado lo mató! ¡El criado!
Juntó las manos.
—¡Dios mío! ¿De verdad van a condenarlo por el crimen de un criado? ¿Es que nadie va a defenderlo?
Se inclinó hacia delante, ansiosa.
—Apenas interrogaron al criado, ¿verdad?
—Lo interrogaron muy a fondo —respondió Aliosha, pensativo—. Pero todos llegaron a la conclusión de que no era el responsable.
Hizo una pausa.
—Ahora está muy enfermo. Ha estado enfermo desde el ataque.
Luego añadió en voz baja:
—Realmente está enfermo.
—¡Oh, Señor!
Grushenka se levantó de la silla.
—Deberías ir tú mismo a ver a ese abogado y contárselo todo cara a cara. Dicen que lo trajeron de Petersburgo por tres mil rublos.
—Los tres mil los pusimos entre los tres: mi hermano Iván, Katerina Ivánovna y yo —explicó Aliosha—. El médico de Moscú lo pagó Katerina sola. Puso dos mil rublos de su propio bolsillo.
—¿Y el abogado?
—Fetiukóvich podría haber cobrado mucho más. Pero este caso se ha hecho famoso en toda Rusia. Todos los periódicos escriben sobre él. Todas las revistas lo comentan.
Aliosha sonrió levemente.
—Vino en parte por la publicidad. El caso se ha vuelto demasiado conocido como para ignorarlo.
—Ya veo.
Se inclinó hacia delante, ansiosa.
—¿Y qué dijo? ¿Hablaste con él?
—Sí.
—¿Y?
—Escuchó.
—¿Y?
—No dijo nada.
Grushenka alzó las manos.
—¿Nada?
—Dijo que ya se había formado una opinión definitiva. Pero prometió tener en cuenta mis observaciones.
—¡Tener en cuenta!
Casi gritó las palabras.
—¡Canallas! ¡Lo destruirán!
Entonces otra idea le cruzó la mente.
—¿Y por qué trajo Katerina a ese médico de Moscú?
—Como testigo experto.
Aliosha sonrió con tristeza.
—Esperan demostrar que mi hermano sufría una demencia temporal, que cometió el asesinato sin saber lo que hacía.
—¡Pero eso es cierto, si lo hubiera matado!
Las palabras se le escaparon sin querer.
—Estaba fuera de sí entonces. Completamente fuera de sí.
Su rostro se descompuso.
—Y fue culpa mía. Mía. Yo soy la desgraciada que lo empujó a ello.
Entonces se contuvo.
—¡Pero no lo hizo! ¡No lo hizo!
Su voz resonó por la habitación.
—Y sin embargo, todo el mundo dice que lo hizo. Toda la ciudad.
Contó con los dedos.
—Incluso Fenya dio un testimonio que lo hace parecer culpable. El tendero. Ese funcionario. La gente de la posada que lo oyó antes.
Su voz se apagó.
—Todos. Todos están en su contra. No dejan de hablar de ello.
—Sí —dijo Aliosha con tristeza.
—Las pruebas en su contra se han multiplicado terriblemente.
—Y Grigori Vasílievich sigue sin ceder —continuó Grushenka—. Insiste en que la puerta estaba abierta. Jura que la vio él mismo. No hay quien lo mueva. Incluso fui a verlo e intenté convencerlo.
Alzó las manos.
—Y solo me regañó.
—Sí —dijo Aliosha en voz baja—. Esa puede ser la prueba más contundente contra mi hermano.
—Y en cuanto a que Dmitri estaba fuera de sí, bueno, en cierto modo todavía lo está.
De repente bajó la voz y se acercó más.
—Sabes, Aliosha, hace tiempo que quiero contarte algo.
—¿Qué es?
—Lo visito todos los días, y últimamente me asombran las cosas que dice.
Vaciló.