III. El colegial
Kolya ya no escuchaba. Por fin era libre de marcharse. Al cruzar la verja, echó un vistazo alrededor, se encogió contra el frío y murmuró:
—Menudo frío.
Luego echó a andar calle abajo y giró por un callejón lateral que conducía a la plaza del mercado.
Una casa antes de llegar a la plaza, se detuvo ante una verja, sacó un silbato del bolsillo y lanzó un pitido agudo, evidentemente una señal acordada de antemano.
Esperó menos de un minuto. De repente, un muchacho de unos once años con las mejillas sonrosadas salió disparado de la verja y corrió hacia él.
También iba bien abrigado, con un abrigo pulcro e incluso un poco elegante.
Era Smurov, alumno de la clase preparatoria, cuando Kolya ya estaba dos cursos por encima. Smurov era hijo de un funcionario próspero, y al parecer sus padres no aprobaban que se relacionara con el notoriamente travieso Kolya Krasotkin. Por eso el chico había salido a escondidas.
Si el lector recuerda, Smurov era uno de los muchachos que, dos meses antes, habían tirado piedras a Ilyusha desde el otro lado de la zanja. También era el chico que más tarde le había hablado de él a Aliosha Karamázov.
—Llevo una hora esperándote, Krasotkin —declaró Smurov mientras se dirigían juntos hacia la plaza.
—Me retrasé —respondió Kolya—. Circunstancias.
Tras una pausa, añadió:
—No te azotarán porque te vean conmigo, ¿verdad?
—Venga ya. Nadie me azota.
Sus ojos se posaron en el perro.
—¿Y Perezvon también ha venido?
—Perezvon también ha venido.
—¿Lo llevas allí?
—Lo llevo allí.
—¡Ojalá fuera Zhuchka!
—No puede ser Zhuchka. Zhuchka ya no existe. Zhuchka se desvaneció en la oscuridad de lo desconocido.
Smurov se detuvo de repente.
—¿Crees que podríamos decirle que es Zhuchka? —preguntó con esperanza—. Ilyusha dice que Zhuchka también era peludo y gris, casi del mismo color que Perezvon. Quizá se lo crea.
Kolya le dirigió una mirada severa.
—Colegial, aprende a despreciar la mentira. Primera lección. Incluso cuando la mentira pretende un buen fin, segunda lección. Y lo más importante: confío en que no le hayas dicho a nadie que voy.
—Santo cielo, por supuesto que no. Lo entiendo.
Smurov suspiró.
—Pero Perezvon no lo consolará de verdad.
—¿Te refieres a Ilyusha?
—Sí.
Caminaron unos pasos en silencio.
—¿Sabes qué? —dijo Smurov—. El capitán, su padre, dijo que hoy le traerá un cachorro. Un verdadero cachorro de mastín con la nariz negra. Cree que animará a Ilyusha. Pero lo dudo.
—¿Cómo está?
—Mal. Muy mal.
El rostro de Smurov se ensombreció.
—Creo que tiene tisis. La cabeza la tiene perfectamente bien, pero la respiración... no es normal. El otro día les pidió que le ayudaran a vestirse y a salir. Le pusieron las botas e intentó caminar, pero casi se desploma.
Smurov hizo una pausa.
—Entonces dijo: «Os lo dije, papá, esas botas viejas no sirven. Antes también me costaba caminar con ellas».
El chico sacudió la cabeza con tristeza.
—Pensó que eran las botas las que lo hacían caerse. Pero no era eso. Simplemente estaba demasiado débil.
Otro silencio.
—No creo que dure otra semana.
—¿Herzenshtube todavía lo visita?
—Sí. Con regularidad.
—Y ahora les va bien, ¿no? Tienen dinero otra vez.
—Sí, bastante.
—Canallas —murmuró Kolya.
—¿Quiénes son canallas?
—Los médicos —respondió Kolya—. Los médicos y toda la fraternidad médica en general, y en particular. Rechazo la medicina por completo. Una institución completamente inútil. Aunque aún estoy investigando el asunto.
Luego le dirigió a Smurov una mirada de reojo.
—¿A qué viene todo ese sentimentalismo que tenéis montado allí? Parece que toda la clase se ha mudado a su casa.
—No toda la clase. Quizá diez de nosotros vamos. Todos los días, más o menos. No hay nada malo en eso.
—Lo que más me sorprende es Aliosha Karamázov. Su hermano está a punto de ser juzgado por asesinato mañana o pasado, y aun así encuentra tiempo para pasarse los días haciendo de niñera de colegiales.
—No tiene nada de sentimental.
Smurov sonaba ofendido.
—Después de todo, eres tú quien va a hacer las paces con Ilyusha ahora.
—¿Hacer las paces? —repitió Kolya con una leve sonrisa—. Qué expresión tan ridícula. En cualquier caso, no permito que nadie analice mis motivos.
—¡Pero Ilyusha estará tan contento de verte!
Smurov habló de repente con verdadero sentimiento.
—No tiene ni idea de que vienes. ¿Por qué esperaste tanto? ¿Por qué no quisiste venir antes?
—Querido muchacho, ese es asunto mío, no tuyo.
Kolya habló con estudiada solemnidad.
—Voy porque yo elijo ir. Eso es todo. A los demás os llevó Aliosha Karamázov. Eso marca una diferencia. Y que tú sepas, puede que no vaya a hacer las paces con nadie. Es una frase absurda.
—No fue Aliosha en absoluto... no realmente.
Smurov se apresuró a defenderlo.
—Empezamos a ir por nuestra cuenta. Sí, él nos llevó al principio, pero después seguimos yendo porque queríamos. No hubo nada sentimental. Ninguna tontería. Vino un chico, luego otro. El padre de Ilyusha se puso contentísimo de vernos.
Hizo una pausa.
—Sabes, perderá la cabeza del todo si Ilyusha muere. Sabe que se está muriendo.
La voz del chico se apagó.
—Y está tan contento de que nos hayamos reconciliado con Ilyusha. En cuanto a ti, Ilyusha pregunta por ti a veces. Nunca dice mucho. Solo pregunta y luego se queda callado.
Smurov le dio una patada a un trozo de nieve helada.
—Creo que su padre acabará perdiendo la cabeza o ahorcándose. Incluso antes de todo esto, se comportaba casi como un loco. Pero es un buen hombre. Un hombre honrado. Todo pasó por un malentendido. Fue ese parricida quien lo empezó todo cuando le pegó.
—Aun así, Karamazov sigue siendo un misterio para mí.
Kolya se quedó pensativo un momento.
—Podría haberlo conocido hace mucho. Pero hay situaciones en las que prefiero mantener mi dignidad. Además, me he formado cierta opinión de él. Aún tengo que verificarla.
Se quedó callado. Smurov hizo lo mismo. Naturalmente, Smurov veneraba a Kolya Krasotkin y jamás se le habría ocurrido considerarse su igual.
Ahora, sin embargo, estaba más intrigado que nunca.
Kolya había insistido en que venía por iniciativa propia.
Eso solo podía significar que había algo oculto en su decisión de ir a visitarlo precisamente hoy.
Cruzaron la plaza del mercado. A pesar del frío, estaba abarrotada.
Había carretas de campesinos por todas partes, y habían llegado jaulas llenas de aves de corral de los pueblos de alrededor.
Bajo toscas cubiertas de madera, las mujeres del pueblo vendían roscas, hilo y toda clase de artículos menudos.
A estas reuniones dominicales las llamaban pomposamente ferias en nuestro pueblo, aunque eran cosa bastante modesta. Aun así, había muchas a lo largo del año.
Perezvon trotaba delante de excelente humor. De vez en cuando se desviaba a la izquierda o a la derecha para investigar algún olor irresistible. Cada vez que se encontraba con otro perro, lo saludaba con entusiasmo y cumplía con todas las formalidades que exige la sociedad canina.
—Me gusta observar el realismo, Smurov —anunció Kolya de repente.
—¿Te has fijado en cómo se encuentran los perros y enseguida empiezan a olisquearse? Parece que hay alguna ley universal de la naturaleza detrás de eso.
—Sí —respondió Smurov—. Es bastante gracioso.
—No, ahí es donde te equivocas.
Kolya lo corrigió enseguida.
—No es gracioso en absoluto. No hay nada ridículo en la naturaleza, por muy ridículo que pueda parecerle al hombre en su ignorancia. Si los perros pudieran razonar y criticar, probablemente encontrarían tantas cosas de las que reírse en la sociedad humana, y quizás muchas más.
Se entusiasmó con el tema.
—De hecho, lo repito: muchas más. Estoy completamente convencido de que los seres humanos cometen más tonterías que los perros.
Asintió satisfecho.
—Esa es una de las ideas de Rakitin. Una idea excelente.
Tras una breve pausa, añadió:
—Soy socialista, Smurov.
Smurov parpadeó.
—¿Qué es un socialista?
—Un socialista cree que todos deberían ser iguales. Todo pertenece a todos. Nada de matrimonio. La religión y las leyes son lo que la gente decida. Y todo lo demás.
Kolya hizo un gesto vago con la mano.
—Todavía eres demasiado joven para estas cosas. Sería perder el tiempo contigo.
Luego se encogió de hombros protegiéndose del viento.
—Hace frío.
—Sí —dijo Smurov—. Doce grados bajo cero. Mi padre miró el termómetro antes.
—Sabes, Smurov —comenzó Kolya de nuevo—, ¿te has fijado alguna vez en que en pleno invierno, cuando hace quince o incluso dieciocho bajo cero, no parece hacer tanto frío como ahora?
A principios del invierno, cuando llega de repente la primera helada de verdad, como hoy, a doce bajo cero, y apenas hay nieve, el frío se nota mucho más.
Hablaba con la seguridad de quien imparte una conferencia científica.
—Eso es porque la gente todavía no se ha acostumbrado. Los seres humanos viven de la costumbre. Todo depende de la costumbre. Incluso los gobiernos y la política. La costumbre es la principal fuerza motriz de la civilización.
Se interrumpió de golpe.
—Qué campesino tan gracioso.
Kolya señaló a un campesino alto que estaba junto a un carro. El hombre llevaba un pellizo y tenía un rostro ancho y bondadoso. Se frotaba las manos enguantadas para entrar en calor. Su larga barba rubia estaba completamente cubierta de escarcha.
—¡Tienes la barba helada! —le gritó Kolya con picardía al pasar.
—Como muchas otras —respondió el campesino tranquilamente.
—No te metas con él —murmuró Smurov.
—No le importará. Es buen tipo.
Kolya levantó la mano.
—Adiós, Matvey.
—Adiós.
El campesino lo miró con curiosidad.
—Espera un momento. ¿Cómo sabías que me llamo Matvey?
—No lo sabía.
—¿No lo sabías?
—Lo adiviné.
El hombre se echó a reír.
—Vaya, vaya.
Luego entrecerró los ojos mirando a Kolya.
—¿Eres estudiante?
—Sí.
—¿Te azotan?
—No exactamente. Pero algo parecido.
—¿Duele?
—A veces.
El campesino suspiró desde lo más profundo de su alma.
—Ah, la vida.
—Adiós, Matvey.
—Adiós.
El hombre sonrió con calidez.
—Pareces buen muchacho, eso es.