VI. El fiscal toma la delantera #3
Sin decir palabra, el juez de instrucción colocó sobre la mesa un gran sobre oficial. Era de papel grueso y aún conservaba tres sellos intactos. El sobre en sí, sin embargo, estaba vacío. Uno de los lados había sido rasgado.
—¿Reconoce este objeto? —preguntó.
Mitya lo miró fijamente. Los ojos se le abrieron de par en par.
—Ese es... ese es el sobre de mi padre.
Su voz se redujo a un murmullo.
—El que contenía los tres mil rublos.
—Y la inscripción... déjeme ver...
—Sí...
«Para mi pollita...»
¡Tres mil rublos!
Lo señaló con agitación.
—¡Tres mil! Ahí, ¿no lo ven?
—Lo vemos perfectamente —dijo Nikolái Parfyónovich.
—Pero el dinero no estaba dentro.
—Encontramos el sobre vacío, tirado en el suelo junto a la cama, detrás del biombo.
Durante varios segundos Mitya permaneció inmóvil. Aturdido. Entonces, de pronto, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Smerdiákov!
—¡Señores, fue Smerdiákov!
—¡Él lo mató!
—¡Él lo robó!
—¡Solo él sabía dónde estaba escondido el sobre!
Su voz iba en aumento.
—¡Ahora está claro!
—¡Perfectamente claro!
—Pero usted también sabía del sobre —respondió el fiscal—. Y sabía que se guardaba bajo la almohada de su padre.
—¡Yo nunca supe eso!
Mitya casi no podía articular las palabras.
—Nunca había visto eso hasta hoy.
—Es la primera vez.
—Todo lo que sabía me lo dijo Smerdiákov.
—Él sabía dónde estaba escondido.
—Yo no.
—Y sin embargo —continuó el fiscal—, hace poco usted mismo nos dijo que el sobre estaba debajo de la almohada de su padre.
—Lo dijo con toda claridad.
—Quedó registrado —confirmó Nikolái Parfyónovich.
—¡Tonterías! ¡Puras tonterías!
Los pensamientos de Mitya se agolpaban.
—No sabía que estaba debajo de la almohada.
—Que yo sepa, ni siquiera estaba debajo de la almohada.
—Simplemente lo supuse.
—Lo dije al azar.
—¿Qué dice Smerdiákov?
—¿Le preguntaron dónde estaba escondido?
—¿Qué les dijo?
—¡Eso es lo importante!
Sus palabras se atropellaban unas con otras.
—Quizás mentí sin pensar.
—La gente dice cosas.
—Las palabras se escapan.
—Pero Smerdiákov sabía.
—Solo él lo sabía.
—¡Nadie más!
—Nunca me dijo siquiera dónde estaba.
—Pero es él.
—Tiene que ser él.
—Ahora lo veo tan claro como la luz del día.
—¡Él lo mató!
Cuanto más hablaba, más se agitaba. Sus argumentos se repetían. Sus pensamientos se enredaban.
—¿No lo entienden?
—¡Arréstelo!
—¡De inmediato!
—Debe haberlo hecho después de que me fui.
—Después de que Grigori quedara inconsciente.
—Ahora está claro.
—Él dio la señal.
—Mi padre le abrió la puerta.
—¿Quién más podría haber sido?
—Solo él conocía las señales.
—Y sin esas señales mi padre nunca habría abierto la puerta a nadie.
—Pero una vez más —respondió el fiscal, aún sereno, aunque ahora con el aire inconfundible de quien se sabe cerca de la victoria—, pasa por alto un hecho importante.
—Si la puerta ya estaba abierta mientras usted aún se encontraba en el jardín...
—Entonces no hacía falta señal alguna.
—La puerta... la puerta...
Mitya repitió las palabras en voz baja, con la mirada fija en el fiscal. Luego, sin fuerzas, se dejó caer en la silla. El silencio se adueñó de la habitación.
—Sí, la puerta... —murmuró al fin.
—Un fantasma.
—Dios mismo está en mi contra.
Hablaba ya sin convicción, con la mirada perdida, como si los pensamientos lo hubieran abandonado.
—Ya ve —dijo el fiscal con gravedad—, considere nuestra posición, Dmitri Fiódorovich.
—Por un lado tenemos este testimonio sobre la puerta abierta, la misma puerta por la que, según las pruebas, debió de pasar el asesino.
—Un testimonio que pesa gravemente sobre usted y sobre nosotros.
—Por otro lado, tenemos su persistente, decidida, casi desafiante negativa a explicar el origen del dinero que de pronto apareció en sus manos.
—Solo tres horas antes, según su propio relato, se vio obligado a empeñar sus pistolas para obtener apenas diez rublos.
—Y de pronto, lleva encima cientos.
—Dadas estas circunstancias, díganos con franqueza: ¿qué quiere que creamos?
—¿En qué debemos confiar?
—Y no nos acuse de ser fríos cínicos o escépticos incapaces de apreciar los nobles impulsos de su alma.
—Intente más bien comprender también nuestra posición.
Mitya estaba en un estado de agitación indescriptible. El color había desaparecido de su rostro. Durante unos instantes permaneció inmóvil. Luego, de pronto, se incorporó de un salto.
—¡Muy bien!
Las palabras le brotaron a borbotones.
—¡Muy bien!
—Les diré.
—Revelaré mi secreto.
—Les diré de dónde vino el dinero.
—Revelaré mi propia vergüenza.
—Así ni ustedes ni yo tendremos motivo para reprocharnos nada después.
—Créame, Dmitri Fiódorovich —exclamó Nikolái Parfyónovich, con la voz teñida de un alivio casi jubiloso—, cualquier explicación completa y sincera dada precisamente en este momento puede tener después un efecto enormemente favorable sobre su situación. De hecho, puede incluso...
En ese instante el fiscal le dio un codazo por debajo de la mesa.
La advertencia bastó. Nikolái Parfyónovich se detuvo de inmediato.
Pero Mitya no había escuchado nada. Ya estaba en otra parte.
La decisión estaba tomada. Había llegado al punto en que ya no podía resistirse.
Pasara lo que pasara, el secreto que había guardado con tanto celo estaba a punto de salir a la luz.