Los hermanos Karamázov VI. El fiscal toma la delantera
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VI. El fiscal toma la delantera

Lo que siguió fue del todo inesperado. Ni un minuto antes habría podido Mitya imaginar que alguien se atreviera a tratar así a Dmitri Karamázov.

Lo peor no era el registro en sí. Era la humillación.

Y de parte de ellos, según le parecía, había algo arrogante y levemente despectivo en todo aquello.

Quitarse el abrigo habría sido una cosa.

Pero exigían mucho más. Querían que siguiera desnudándose.

En realidad, no se limitaron a pedírselo.

Se lo ordenaron. Mitya lo comprendió perfectamente.

Por orgullo, y también por desprecio, se sometió sin protestar.

Detrás del biombo no solo estaba Nikolái Parfyónovich, sino también el fiscal.

Habían traído además a varios campesinos como testigos.

Para dar más peso al asunto, pensó Mitya con amargura. O quizá para algo peor.

—¿Qué, debo quitarme también la camisa? —preguntó con brusquedad.

Nikolái Parfyónovich no respondió. Él y el fiscal ya estaban absortos examinando el abrigo, los pantalones, el chaleco y la gorra. Ambos parecían profundamente interesados en la inspección. Ni la más mínima ceremonia, pensó Mitya. Ni siquiera son capaces de guardar un mínimo de cortesía.

—Pregunto por segunda vez —dijo, con más brusquedad aún—. ¿Debo quitarme la camisa o no?

—No se preocupe. Ya le informaremos cuando sea necesario.

Al menos así le sonó a él la respuesta. Los investigadores prosiguieron con su cuidadosa discusión en voz baja.

Descubrieron grandes manchas de sangre seca en el abrigo, especialmente en la parte inferior del lado izquierdo, por detrás.

La sangre había endurecido la tela y aún no había desaparecido del todo.

También había manchas en los pantalones.

En presencia de los testigos oficiales, Nikolái Parfyónovich examinó personalmente las costuras, los puños, el cuello y el forro tanto del abrigo como de los pantalones, recorriendo cada pliegue con los dedos como si buscara algo oculto.

Dinero, obviamente. Ni siquiera intentaron disimular su sospecha de que Mitya podría haber cosido billetes en la ropa.

Así es como tratan a un ladrón, pensó, no a un oficial. Lo que más le irritaba era la extraordinaria franqueza con que discutían sus sospechas delante de él. El secretario, que también había pasado detrás del biombo y ayudaba con el examen, señaló de pronto la gorra de Mitya.

—¿Recuerda usted al secretario Gridenka, señor? —comentó—. El que fue a cobrar los salarios de la oficina el verano pasado y afirmó que había perdido el dinero estando borracho.

—¿Dónde lo encontraron al final?

—En la propia gorra, señor. Los billetes de cien rublos estaban enrollados en pequeños tubos y cosidos dentro del ribete.

Tanto el fiscal como el investigador recordaban el incidente perfectamente. Así que apartaron la gorra de Mitya para una inspección más minuciosa posterior, junto con el resto de su ropa.

—¡Un momento!

exclamó de pronto Nikolái Parfyónovich. Su atención se había fijado en el puño doblado de la manga derecha de la camisa de Mitya. El interior del puño estaba empapado de sangre.

—Un momento. ¿Qué es esto?

Lo miró fijamente.

—¿Sangre?

—Sangre —respondió Mitya con sequedad.

—¿Quiere decir esta sangre? ¿Y por qué estaba el puño doblado hacia dentro?

Mitya explicó cómo se había manchado la manga durante la pelea con Grigori y cómo había vuelto el puño hacia dentro más tarde, en casa de Perkhotin, al lavarse las manos.

—Tendremos que llevarnos también la camisa —dijo Nikolái Parfyónovich—. Es una prueba importante.

Mitya se puso rojo como la grana. La ira le volvió al instante.

—¿Y qué se supone que debo hacer entonces? —gritó—. ¿Quedarme aquí desnudo?

—No se preocupe. Haremos algún arreglo. Por ahora, quítese también los calcetines, por favor.

—No puede estar hablando en serio.

Sus ojos relampaguearon.

—¿Es realmente necesario?

—No es momento para bromas —respondió Nikolái Parfyónovich con firmeza.

—Bueno, si debe hacerse...

Mitya se dejó caer pesadamente en la cama y comenzó a quitarse los calcetines.

La humillación era insoportable. Todos los demás permanecían completamente vestidos mientras solo a él lo desnudaban.

Por extraño que pareciera, en cuanto se quitó la ropa comenzó a sentirse culpable ante ellos.

Peor aún, casi aceptó él mismo su juicio.

De alguna manera se sentía reducido, disminuido, rebajado.

Ahora tienen derecho a despreciarme, pensó. Si todos estuvieran desnudos, no habría vergüenza en ello. Pero un hombre está desnudo mientras todos los demás miran: eso es deshonra.

El pensamiento se repetía una y otra vez.

Como una pesadilla. He soñado humillaciones así antes.

Incluso quitarse los calcetines era doloroso.

Estaban sucios. Su ropa interior no estaba mejor.

Ahora todos podían verlo. Y sobre todo, siempre había odiado sus pies.

Por razones que él mismo nunca pudo explicar, había pasado toda su vida considerando feos los dedos gordos de sus pies.

La uña del dedo gordo derecho le disgustaba particularmente: una uña ancha y aplanada que se curvaba torpemente hacia abajo.

Ahora todos verían eso también. Abrumado por la vergüenza, se volvió deliberadamente más áspero. Con un movimiento airado se arrancó él mismo la camisa.

—¿Quieren registrar en otra parte ya que están? —dijo con amargura—. ¿O incluso eso les avergonzaría?

—No. No por el momento.

—¿Así que me quedo desnudo?

La pregunta sonó casi salvaje.

—Sí. Por el momento, es necesario.

—Por favor, siéntese aquí. Puede envolverse en la manta de la cama. Yo me ocuparé del resto.

Mostraron toda la ropa a los testigos oficiales.

Se preparó un informe de inspección. Por fin Nikolái Parfyónovich salió de la habitación, llevándose la ropa consigo.

El fiscal también se marchó. Solo quedaron los testigos campesinos.

Permanecieron en silencio, sin apartar los ojos de Mitya.

Al envolverse en la manta, de pronto se dio cuenta del frío que tenía.

Sus pies descalzos sobresalían por debajo de los pliegues, y por mucho que ajustara la manta no lograba cubrirlos bien.

Nikolái Parfyónovich permaneció ausente durante lo que pareció una eternidad.

Una eternidad intencionalmente cruel. Piensa que soy un cachorro, pensó Mitya con amargura, rechinando los dientes.

Y ese fiscal también se fue. Por desprecio, sin duda.

No podía soportar la vista de un hombre desnudo.

Aun así, Mitya suponía que simplemente estaban examinando su ropa y que pronto se la devolverían.

Su indignación, por tanto, fue completa cuando Nikolái Parfyónovich finalmente reapareció.

El investigador no traía ni rastro de la ropa de Mitya.

En su lugar, un campesino lo seguía con un conjunto de prendas completamente diferente.

—Bien, aquí tiene su ropa —anunció Nikolái Parfyónovich con aire de satisfacción.

Parecía verdaderamente complacido con el éxito de su gestión—.

El señor Kalgánov ha tenido la generosidad de ofrecerlas para esta ocasión tan inusual, junto con una camisa limpia.

Por suerte, todo estaba en su baúl. Puede quedarse con su propia ropa interior y calcetines.

Mitya estalló.

—¡No quiero ropa ajena! —gritó furioso—. ¡Devuélvanme la mía!

—Es imposible.

—¡Devuélvanme mi ropa! ¡Al diablo con Kalgánov, con su ropa y con él mismo!

Les costó mucho calmarlo. Al final lograron hacerle comprender que sus prendas, manchadas de sangre, debían añadirse a las pruebas materiales. De hecho, le explicaron, dado el posible desenlace del caso, ya ni siquiera tenían derecho a dejárselas.

Finalmente Mitya lo entendió. Guardó silencio y comenzó a vestirse con sombría resignación. Mientras lo hacía, notó que la ropa era más fina que la suya. Eso solo empeoró las cosas.

—No quiero llevarla puesta —murmuró.

Entonces se le ocurrió otra queja.

—Me queda ridículamente ajustada. ¿Se supone que debo hacer de payaso de circo? ¿Es eso lo que quieren?

De nuevo intentaron tranquilizarlo. El señor Kalgánov, aunque más alto que Mitya, solo lo era ligeramente, le explicaron. Los pantalones podían quedarle un poco largos, pero por lo demás le sentaban bien. La chaqueta, sin embargo, le quedaba realmente estrecha de hombros.

—Maldita sea —refunfuñó Mitya, forcejeando con los botones—, ya cuesta bastante abrocharla.

—Y hagan el favor de informar al señor Kalgánov de inmediato que yo nunca pedí su ropa y que me han disfrazado de bufón contra mi voluntad.

—Él lo comprende perfectamente —dijo Nikolái Parfyónovich, incómodo—. Y lo lamenta mucho. No por la ropa, por supuesto. Por toda esta desafortunada situación.

—¡Al diablo con su compasión!

Mitya se ajustó la chaqueta de un tirón.

—¿Adónde voy ahora? ¿O se supone que debo quedarme aquí sentado para siempre?

Le pidieron que regresara a la sala principal.

Obedeció. Tenía el rostro ensombrecido por la ira y evitaba mirar a nadie.

Llevar ropa ajena le hacía sentirse completamente deshonrado.

Se sentía avergonzado incluso ante los campesinos y ante Trifón Borísovich, cuyo rostro apareció brevemente en el umbral y luego desapareció.

«Vino a contemplar el espectáculo», pensó Mitya con amargura. «A echarle un vistazo al payaso». Volvió a sentarse en la misma silla. Todo a su alrededor le parecía absurdo, de pesadilla. Por momentos sentía que estaba perdiendo la razón.

—Y bien —dijo entre dientes, dirigiéndose al fiscal—, ¿qué viene ahora? ¿Una flagelación, quizás? No les queda mucho más por hacer.

Ni siquiera se volvió hacia Nikolái Parfyónovich. Ya no quería hablar con él. «El hombre pasó media hora examinando mis calcetines», pensó. «Incluso me hizo darles la vuelta. A propósito. Solo para que todos vieran lo sucia que estaba mi ropa interior».

—Ahora debemos proceder con el interrogatorio de los testigos —respondió Nikolái Parfyónovich, como si respondiera a la pregunta.