VI. Un alma atormentada en la casa del capitán
Aliosha cargaba con un dolor auténtico, de los que rara vez había conocido. Se había lanzado de cabeza y había quedado en el más absoluto ridículo, precisamente en la materia más delicada: los asuntos del corazón.
¿Qué sé yo del amor?, se preguntó por centésima vez, sonrojándose de vergüenza. ¿Qué derecho tengo a juzgar estas cosas?
La vergüenza en sí no le preocupaba tanto. No, merezco sentir vergüenza. Es lo justo. La verdadera tragedia es que quizá haya causado una desdicha aún mayor.
Su stárets lo había enviado al mundo para reconciliar a la gente, para unirla.
¿Así se logra la reconciliación? Recordó de pronto cómo había instado a Dmitri e Iván a darse la mano, y una nueva oleada de humillación lo invadió.
Aunque haya actuado con total sinceridad, reflexionó, debo aprender a ser más prudente en el futuro.
La conclusión no le trajo consuelo alguno, ni siquiera el amago de una sonrisa.
El encargo de Katerina Ivánovna lo llevaría a la calle Ozyornaya.
Sin embargo, el alojamiento de Dmitri quedaba de camino, en un callejón cercano.
Aliosha decidió pasar primero por allí, aunque sospechaba firmemente que no encontraría a su hermano en casa.
De hecho, sospechaba que Dmitri podría estar evitándolo a propósito.
Aun así, se sentía obligado a intentarlo.
El tiempo se le escapaba. Desde que había salido del monasterio, no había dejado de pensar ni un solo instante en el stárets moribundo.
Un detalle de la petición de Katerina Ivánovna también se le había grabado en la mente.
Cuando ella mencionó al pequeño colegial que había corrido llorando tras su padre durante la terrible humillación pública, Aliosha se preguntó de inmediato si ese niño sería el mismo muchacho que le había mordido el dedo aquel día, cuando lo interrogó con tanta insistencia.
Ahora estaba casi seguro, aunque no habría sabido explicar por qué.
Absorto en estos nuevos pensamientos, fue olvidando poco a poco el error que creía haber cometido. Resolvió no atormentarse con un arrepentimiento sin fin, sino hacer lo que debía y dejar que las consecuencias siguieran su curso.
Esa decisión le devolvió cierta calma. Al girar hacia el callejón que conducía al alojamiento de Dmitri, notó que tenía hambre. Metió la mano en el bolsillo, sacó el panecillo que había cogido de casa de su padre y se lo comió por el camino. La sencilla comida le devolvió las fuerzas.
Dmitri no estaba en casa. Los ocupantes de la pequeña vivienda —un carpintero, su anciano padre y la mujer de este— miraron a Aliosha con inconfundible recelo.
—No ha dormido aquí en tres días —respondió el viejo carpintero tras las repetidas preguntas de Aliosha—. Quizá se haya ido a algún sitio.
Aliosha percibió de inmediato que la respuesta había sido ensayada. Para ponerlos a prueba, preguntó abiertamente:
—¿Está con Grúshenka? ¿O escondido otra vez en casa de Fioma?
Ante eso, los tres intercambiaron miradas ansiosas.
Lo están protegiendo, pensó Aliosha. Le son fieles.
Buena señal. Se marchó sin insistir más.
Al fin encontró la casa de la comerciante Kalmýkova en la calle Ozyornaya.
Era un edificio pequeño, viejo y torcido, con solo tres ventanas a la calle y un patio embarrado donde pastaba una vaca solitaria, como olvidada por el resto del mundo.
La entrada atravesaba el patio hasta un pequeño vestíbulo.
A la izquierda vivían la anciana casera y su hija, también anciana, ambas al parecer sordas.
Cuando Aliosha preguntó por el capitán retirado, tuvo que repetir la pregunta varias veces hasta que una de las mujeres entendió que preguntaba por los inquilinos.
Sin decir palabra, señaló hacia la puerta del cuarto delantero, al otro lado del vestíbulo.
La vivienda del capitán resultó ser una simple isba campesina. Aliosha llevó la mano al pestillo de hierro, pero se detuvo antes de abrirlo. Un silencio extraordinario reinaba al otro lado de la puerta. Katerina Ivánovna le había dicho que el oficial retirado vivía con su familia.
Quizá estén dormidos, pensó. O tal vez me han oído llegar y esperan a que llame.
Pensando que sería más cortés, llamó a la puerta. La respuesta no llegó de inmediato. Pasaron casi diez segundos antes de que una voz fuerte, deliberadamente ronca, gritara desde dentro:
—¿Quién es?
Aliosha abrió la puerta y cruzó el umbral.
Se encontró en una isba que, aunque bastante espaciosa, estaba tan abarrotada de gente y enseres que parecía no quedar rincón vacío.
A la izquierda había una gran estufa tradicional de ladrillo.
Desde la estufa hasta la ventana del mismo lado se extendía una cuerda con ropa tendida y prendas gastadas.
Contra cada pared lateral había una cama cubierta con mantas de punto. En la de la izquierda se alzaba una pirámide de cuatro almohadas de percal cuidadosamente dispuestas, cada una más pequeña que la de debajo. La cama de la derecha solo tenía una almohada diminuta.
En el rincón del fondo, una cortina —o quizá solo una sábana— colgada de otra cuerda delimitaba un pequeño espacio para dormir. Detrás, Aliosha distinguió un camastro improvisado con un banco y una silla arrimados.
La tosca mesa de madera había sido desplazada de su rincón habitual y puesta bajo la ventana central.
Las tres ventanas, cada una dividida en cuatro cristalitos verdosos, turbios y manchados por la edad y el moho, estaban herméticamente cerradas, y la habitación quedaba oscura, sofocante, cargada de aire viciado.
Sobre la mesa había una sartén con restos de huevos fritos, un trozo de pan a medio comer y una botella con apenas unas gotas de licor en el fondo.
Junto a la cama de la izquierda estaba sentada una mujer con el aire inconfundible de quien en otro tiempo se había tenido por dama.
Llevaba un sencillo vestido de algodón estampado.
Tenía el rostro dolorosamente delgado y amarillento por la enfermedad; sus mejillas hundidas hablaban de un largo sufrimiento.
Pero lo que más impresionó a Aliosha fue su expresión: sus grandes ojos castaños se posaron en él con una curiosa mezcla de incertidumbre inquisitiva y orgullo inflexible.
Hasta que habló, fue desplazando en silencio aquella misma mirada interrogante e imperiosa de Aliosha al dueño de la casa y viceversa.
Junto a la ventana de la izquierda había una joven de rostro más bien vulgar y cabello rojizo y ralo. Aunque vestía con modestia, iba impecablemente aseada. Observó a Aliosha con un aire inconfundible de reserva, casi de desagrado.
En el lado opuesto de la habitación, cerca de la otra cama, estaba sentada otra joven de unos veinte años cuyo aspecto despertaba compasión inmediata.
Era jorobada y tenía las piernas inútiles, que, como Aliosha sabría más tarde, se le habían atrofiado por la enfermedad.
Sus muletas descansaban en el rincón junto a la cama.
Sin embargo, sus ojos eran extraordinariamente hermosos —dulces, luminosos y llenos de serena bondad— y se encontraron con los de Aliosha con apacible calma.
Sentado a la mesa, dando cuenta de los últimos huevos, había un hombre de unos cuarenta y cinco años.
Era bajo, delgado y de constitución frágil, con el pelo rojizo y una barba rala del mismo color, tan desgreñada que parecía un estropajo deshilachado.
Por alguna razón inexplicable, esa imagen se le grabó a Aliosha en la mente y allí se quedó.
No cabía duda de que era el hombre que había gritado a través de la puerta: «¿Quién es?». No había ningún otro varón adulto en la habitación.
Pero en cuanto Aliosha entró, el hombre se levantó del banco como impulsado por una fuerza repentina. Se limpió las manos a toda prisa en una servilleta raída llena de agujeros y corrió hacia su inesperado visitante.
—¡Un monje que viene a pedir limosna para su monasterio! ¡Desde luego sabía dónde acudir! —comentó en voz alta la joven apostada en la esquina izquierda.
El hombre que había corrido hacia Aliosha se volvió de inmediato.
—No, Varvara Nikoláyevna —exclamó con voz agitada, entrecortada—. En absoluto. Está usted completamente equivocada.
Luego se volvió hacia Aliosha con la misma brusquedad.
—Y permítame preguntarle, a cambio —dijo con formalidad exagerada—, ¿qué le ha impulsado a visitar... estas humildes profundidades?
Aliosha lo estudió atentamente. Era la primera vez que veía a aquel hombre.
Había en él algo torpe, inquieto, perpetuamente tenso. Aunque era evidente que había bebido, no estaba ni mucho menos borracho. Su rostro mostraba una expresión de audacia casi escandalosa, pero mezclada con una timidez igualmente inconfundible.
Parecía alguien que hubiera pasado años soportando humillaciones y sumisión y que de pronto hubiera decidido imponerse por fin... o, quizá con más exactitud, alguien desesperadamente ansioso por golpear a otro y al mismo tiempo aterrorizado de recibir un golpe a cambio.
Incluso su forma de hablar reflejaba esa contradicción.
Su voz, bastante aguda, tenía un humor peculiar, casi bufonesco, que oscilaba inquieto entre la burla y el nerviosismo, incapaz de mantener un tono coherente.
Cuando habló de «estas humildes profundidades», pareció casi temblar de emoción; abrió mucho los ojos y se acercó tanto a Aliosha que el joven monje retrocedió un paso por instinto.
Su ropa era apenas menos llamativa que sus modales.
Llevaba un abrigo oscuro y raído de tela barata, remendado en varios lugares y manchado por el uso.
Los pantalones eran extrañamente pálidos, de una tela a cuadros anticuada tan fina que ya nadie parecía usar nada semejante.
Se le arrugaban torpemente en los tobillos y le subían por encima de los zapatos, como si se le hubieran quedado pequeños igual que a un niño que no para de crecer.
—Soy... Alexéi Karamázov —comenzó Aliosha con educación.