Los hermanos Karamázov V. Angustia en el salón #4
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V. Angustia en el salón #4

Katerina Ivánovna se volvió tan bruscamente y desapareció tras la cortina con tal rapidez que Aliosha no tuvo ocasión de decir una sola palabra.

Había querido pedirle perdón, echarse la culpa, lo que fuera.

Tenía el corazón rebosante y no podía soportar la idea de marcharse sin hablar.

Pero la señora Jojlakova lo agarró firmemente del brazo y lo sacó ella misma.

Al llegar al vestíbulo, lo detuvo de nuevo, igual que antes.

—Es orgullosa, terriblemente orgullosa, y vive en perpetua lucha consigo misma. Pero también es bondadosa, extraordinaria y generosa —susurró la señora Jojlakova con emoción—. ¡Oh, cuánto la quiero, sobre todo en momentos como este! ¡Y qué contenta estoy con todo lo que ha pasado hoy!

Se inclinó hacia él.

—Mi querido Alexéi Fiódorovich, usted no lo sabía, pero ha de saberlo.

Todas nosotras, las dos tías de ella, yo misma, todo el mundo, incluso Lise, hemos pasado el último mes esperando y rezando para que rompa con ese Dmitri Fiódorovich al que usted tanto aprecia.

Él no la valora ni la ama de verdad. Todas queríamos que se casara con Iván Fiódorovich: un joven culto y admirable que la ama más que a nada en el mundo.

Sonrió con aire de complicidad.

—Prácticamente hemos formado una alianza secreta. Me atrevería a decir que la única razón por la que no he abandonado la ciudad es precisamente esta.

—Pero estaba llorando —protestó Aliosha—. Se ha sentido herida otra vez.

—Mi querido Alexéi Fiódorovich —respondió la señora Jojlakova con aplomo—, nunca se fíe de las lágrimas de una mujer. En estos asuntos, siempre me pongo del lado de los hombres.

—Madre, lo estás malcriando, lo vas a echar a perder —se oyó la voz fina de Lise desde detrás de la puerta cerrada.

—No —insistió Aliosha con pesar—. Todo ha sido culpa mía. Tengo una culpa terrible.

Abrumado de vergüenza por su arrebato, se cubrió el rostro con las manos.

—Al contrario —dijo la señora Jojlakova—. Se ha comportado como un ángel. ¡Como un ángel! Podría repetirlo mil veces.

—Madre, ¿por qué se ha comportado como un ángel? —preguntó Lise de nuevo desde dentro.

—De repente me convencí —continuó Aliosha, como si no la hubiera oído—, al ver cómo se desarrollaba todo, de que Katerina Ivánovna amaba a Iván. Y entonces solté aquel pensamiento estúpido...

Sacudió la cabeza con angustia.

—¿Qué va a pasar ahora?

—¿Con quién? ¿Con quién? —gritó Lise con impaciencia—. ¡Madre, me vas a volver loca! Te pregunto y te pregunto, ¡y no me contestas!

En ese preciso instante, una criada entró corriendo en el vestíbulo.

—Es Katerina Ivánovna —exclamó la criada—. Algo va mal. Están con ella ahora, está llorando. Le ha dado un ataque de histeria.

—¿Qué? —gritó Lise, con la voz de pronto llena de alarma—. ¡Madre, la que está a punto de que le dé un ataque de histeria soy yo, no ella!

—Lise, por el amor de Dios, no grites, que vas a acabar conmigo —suplicó la señora Jojlakova—. Todavía eres demasiado joven para saber todo lo que saben los mayores. Volveré y te contaré lo que convenga.

Levantó las manos con agitación.

—¡Ay, Dios mío, ya voy, ya voy! Un ataque de histeria es en realidad una buena señal, Alexéi Fiódorovich, una señal excelente. Es exactamente lo que tenía que pasar. En situaciones como esta, siempre estoy en contra de las mujeres, en contra de todos estos ataques y estos mares de lágrimas.

Volviéndose hacia la criada, ordenó:

—Yulia, corre y diles que voy enseguida.

Luego, casi sin tomar aliento, continuó:

—Y si Iván Fiódorovich se marchó como se marchó, la culpa es solo de ella. Pero no se irá. Estoy segura.

Echó un vistazo hacia la habitación de Lise.

—¡Lise, por favor, no grites!

Luego se rio de sí misma.

—Ah, no estás gritando, la que grita soy yo. Perdona a tu pobre madre. ¡Pero estoy encantada, sencillamente encantada!

Se volvió una vez más hacia Aliosha.

—¿Y se fijó en lo joven que parecía Iván Fiódorovich cuando se marchó?

Cómo habló con tanta pasión, tan abiertamente, con tanta honestidad juvenil e inexperiencia...

Siempre me lo había imaginado como un erudito severo, un académico enterrado entre libros, y de pronto se mostró tan cálido e impulsivo.

Fue maravilloso, ¡maravilloso! Casi como usted.

Juntó las manos.

—¡Y luego citó aquella frase en alemán! Justo como habría hecho usted.

Volviendo en sí de golpe, se apresuró hacia las escaleras.

—Pero de verdad que debo irme. Alexéi Fiódorovich, cumpla su encargo lo más rápido que pueda y vuelva pronto. Lise, ¿necesitas algo? Y por el amor de Dios, no entretengas a Alexéi Fiódorovich ni un momento más. Volverá enseguida.

Por fin, la señora Jojlakova se marchó a toda prisa. Antes de irse él también, Aliosha se acercó a la puerta de Lise con intención de abrirla.

—¡No! —gritó Lise desde dentro—. ¡De ninguna manera! Habla a través de la puerta.

Luego, tras una breve pausa, exigió:

—¿Cómo es que de repente te has convertido en un ángel? Es lo único que quiero saber.

—Por hacer algo increíblemente estúpido, Lise. Adiós.

—¡No puedes irte así! —le gritó.

—Lise, ahora mismo llevo un gran pesar encima. Volveré pronto, pero en este momento tengo algo profundamente doloroso que sobrellevar.

Y dicho esto, salió apresuradamente de la casa.