Capítulo 132. Noches estrelladas
Don Javier Merino, reconocido notario en Córdoba, tenía aquella mañana de octubre una cita con don Ricardo Montalbán para resolver un asunto menor relacionado con los caballos de los Alhama, que habían permanecido alojados en las cuadras de El Zamacal.
Ambos animales habían muerto con menos de un mes de diferencia; el último, el caballo favorito de Paula, apenas dos días antes.
Don Ricardo pretendía revocar el acuerdo notarial que autorizaba a los Alhama a acceder a los establos del cortijo, y aportó como prueba los certificados de defunción firmados por un veterinario. Tras examinar la documentación, don Javier aceptó la petición y se despidió con cortesía de su cliente.
Cuando don Ricardo se fue, el notario permaneció sentado en su despacho.
Miró distraídamente la mesa de nogal, el sofá adquirido pocos meses antes, la alfombra persa y el abrecartas de plata que reposaba junto a los documentos.
Luego alzó la vista hacia la plaza, donde los árboles, casi desnudos, anunciaban el otoño.
Todo aquello reflejaba su posición acomodada y el éxito de su carrera profesional.
En medio de esos pensamientos, sonó el teléfono, y él mismo atendió la llamada.
Al otro lado, una voz masculina, con acento extranjero, preguntó con formalidad:
—¿Puedo hablar con don Javier Merino?
—Sí, soy yo. Dígame.
—¿Conoce a la señora Paula Sureda Montes?
—¿Quién lo pregunta?
—Le hablo desde el consulado español en Orán, Argelia.
—Sí, la conozco —respondió don Javier.
La voz continuó:
—Lamento comunicarle que la señora Paula Sureda ha fallecido en un accidente aéreo junto a su acompañante, José García. Ambos murieron en el acto.
Don Javier guardó silencio unos instantes, como si necesitara asimilar la noticia. Tardó en reconocer tras aquel nombre el de Mateo Morales, a quien él mismo había ayudado años atrás en la obtención de una nueva identidad. Aun así, consiguió formular la pregunta inevitable con voz firme:
—¿Cómo ocurrió?
—Viajaban en un avión que cubría la ruta Orán-Dakar, donde pensaban establecerse. Durante el despegue, la aeronave perdió altitud y se estrelló. Todos los ocupantes perecieron en el accidente.
Se produjo otra pausa de varios segundos.
—Señor Merino, ¿sigue ahí?
—Sí, disculpe —contestó el notario.
—¿Conocía a José García?
—Sí.
—¿Es usted familiar de alguno de ellos?
—No soy familiar. ¿Por qué me han llamado a mí?
—Porque hemos encontrado sus datos entre la documentación de la señora Sureda. ¿Cuál era su relación con ella?
Le incomodó que su interlocutor siguiera refiriéndose a Paula como “la señora”.
Para él no era “la señora Sureda”, sino Paula a secas.
Dudó un instante. Podría haber explicado que la conocía desde que ella tenía once años, que su vínculo se había mantenido durante más de tres décadas y que siempre la había querido.
Sin embargo, ante el funcionario de un consulado, eligió una respuesta contenida:
—Soy notario y Paula era clienta mía.
—¿Puede indicarnos algún familiar cercano para notificar la defunción?
Tras recuperar la compostura, respondió:
—El esposo de Paula, el doctor don Fernando Alhama, trabaja en un hospital de Córdoba. Le facilitaré el número de teléfono. También tiene una sobrina en Mallorca, doña Assumpta Villalonga. Mi secretaria le proporcionará los datos necesarios. Gracias por avisarme.
Iba a concluir la conversación cuando vio sobre la mesa el certificado de defunción del caballo de Paula. Lo abrió y comprobó la fecha y la hora. Impulsado por una intuición, preguntó:
—¿Podría indicarme el día y la hora del accidente aéreo?
—Sí. Según consta en nuestros registros, ocurrió el 7 de octubre a las nueve y media de la mañana.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de don Javier.
La fecha y la hora del fallecimiento de Paula coincidían con las del caballo.
Recordó entonces la leyenda de La Quintana sobre las almas gemelas.
No pudo continuar la conversación; la emoción le impidió expresarse con claridad, así que se despidió con una frase breve y pidió a su secretaria que continuara atendiendo las gestiones con el consulado.
Miró el reloj y salió a la calle a dar un paseo corto.
En contadas ocasiones había llorado en su vida, pero si alguna merecía sus lágrimas, era aquella en que conoció tan devastadora noticia.
El destino trágico de Paula y Mateo pesaba sobre su corazón.
Podía imaginar a Paula muerta, sentada en el avión junto a Mateo Morales, su amante.
El recuerdo de Mateo lo llevó atrás en el tiempo. Cinco años antes, había asumido riesgos para ayudarlo a obtener documentación falsa. Ahora se preguntaba por qué aquel final había sido tan cruel y por qué la vida sólo les había concedido a la pareja tres años de felicidad.
Durante los primeros años tras su partida, Paula le enviaba cartas y postales con mensajes breves.
Él las leía con una sonrisa nostálgica antes de guardarlas en un cajón.
Todas procedían de África, pero con el tiempo dejaron de llegar.
Quiso creer que Paula seguía con vida, quizás recorriendo lugares remotos sin servicio de correo o tal vez en el Sáhara disfrutando de espléndidas noches estrelladas.
En el fondo, deseaba que regresara cuando finalizara la guerra mundial.
Ahora, su muerte cerraba cualquier duda.
Ya no tenía sentido esperar noticias de ella ni su regreso; debía aceptar la realidad.
Caminó durante unos quince minutos sin reparar en las calles ni en la gente que lo saludaba; respondía casi por costumbre.
Luego se dio la vuelta hacia la notaría, aunque el nudo en la garganta no aflojaba.
Quiso borrar a Paula de su memoria por unos instantes, pero comprendió que, sin ese recuerdo, su soledad sería aún mayor.
Regresó a la notaría. Era la hora del almuerzo y estaba solo. En ese momento, no pudo contener más las lágrimas y lloró en silencio. Intentó recordar la última vez que había llorado y tuvo que remontarse al 5 de noviembre de 1925, el día de la muerte de su padre. Habían pasado diecisiete años.
Don Javier nunca supo, pues Paula jamás lo mencionó en sus cartas, que a veces creía escuchar el lejano relincho de su caballo, estuviera donde estuviera: en una aldea perdida del desierto o en una gran ciudad de África.
Aquel sonido la acompañaba como una certeza íntima y le devolvía, sin esfuerzo, la imagen del animal corriendo en libertad por las tierras andaluzas, tan libre como ella se sentía en el continente africano.
Aquella misma sensación la acompañó en los últimos instantes del accidente aéreo.
Paula volvió a percibir aquellos sonidos.
No supo si era el viento o su propia memoria.
El eco se confundía con la brisa y traía consigo recuerdos de La Quintana, el rostro de Fernando y el de sus hijos, Fernando y Adela.
Segundos después de ver morir a Mateo, Paula creyó escuchar por última vez el lejano relincho de su caballo negro.
El sonido pareció quedar suspendido en el aire, como si el propio mundo vacilara antes de dejarlo extinguirse.
Comprendió, con una claridad serena, que sin Mateo nada la retenía ya en el mundo.
Paula cerró los ojos .