Capítulo 133. El futuro de la familia Anglada
El teléfono sonó con insistencia en el hogar de los señores de Son Carvall. Don Jaume permanecía en la estancia contigua, atento a la conversación. Doña Assumpta acudió a atender la llamada, sin advertir su presencia. Descolgó el auricular y dijo únicamente:
—Dígame.
—¿Podría hablar con doña Assumpta Villalonga i Sureda? —preguntó una voz masculina, que sonaba distante.
Antes de responder, doña Assumpta se acomodó en la silla junto al teléfono.
—Soy yo. Dígame —repitió.
—Me llamo Javier Merino. Soy…
Ella lo interrumpió con tono altivo y, al mismo tiempo, curioso.
—Sé quién es usted. ¿Qué quiere de mí?
—Estoy a punto de retirarme de mi profesión y, entre mis documentos, he hallado unos papeles que, antes de destruirlos, he considerado que podrían interesarle —explicó él.
—¿Qué documentos son esos?
—Están relacionados con su tía Paula. Me los remitieron desde el consulado de Orán, en Argelia.
—¿Qué contienen esos documentos? —preguntó con interés.
—Indican la localización exacta en el cementerio donde reposan los restos de su tía, tras el accidente aéreo ocurrido el 7 de octubre de hace dos años.
Doña Assumpta guardó silencio. Sin embargo, una oleada de irritación, semejante a la que siempre sentía al pensar en su tía, la invadió. Entonces respondió con firmeza, dispuesta a poner fin a la conversación:
—Por las fechas que usted menciona, recibí una llamada del consulado de Orán. Les dije que no conocía a ninguna Paula Sureda Montes.
—Entiendo —contestó él.
—Preferiría que usted pensara lo mismo. No me interesa saber en qué cementerio está enterrada mi tía. Le ruego que no vuelva a ponerse en contacto conmigo.
—Lo comprendo. No volveré a molestarla. Disculpe.
Don Javier se despidió con cortesía y finalizó la llamada.
Doña Assumpta no podía evitar que, al pensar en Paula, recordara la imagen de ella montando a caballo.
Había pasado algunas semanas de su infancia y adolescencia en el cortijo La Quintana.
En aquellos recuerdos, también resonaban en su mente los relinchos inconfundibles de los caballos, como si aún estuviera allí.
Desde niña, había escuchado las historias que su abuela Lola le contaba sobre leyendas y maldiciones ligadas a las cuadras del cortijo.
Por un instante, una leve inquietud la invadió al pensar que aquellas antiguas supersticiones pudieran alcanzarla por haberse negado a reclamar los restos de su tía y permitir que permaneciera enterrada en tierras extranjeras.
Respiró hondo, como si intentara apartar aquella sensación, y se dirigió al salón.
Allí se sorprendió al ver a su esposo.
—¿Con quién hablabas por teléfono? —preguntó él con curiosidad.
—¡Ah! No sabía que estabas aquí. Se han equivocado al marcar el número —respondió ella.
Don Jaume percibió la falsedad de la respuesta, no sólo porque había escuchado el nombre de Paula Sureda, sino también por el tono evasivo y el leve titubeo que siempre la delataban. La observó mientras se colocaba las gafas, cogía la novela que había dejado abierta y se sentaba frente a él.
Fingía leer mientras seguía pensando en su tía Paula.
No sentía tristeza por su muerte; hacía muchos años que la relación se había enfriado.
Los recuerdos de su adolescencia se habían ido espaciando con el tiempo.
Ni siquiera valoraba aquella época de inusual cercanía cuando le mostró a su tía la primera carta que recibió de Jaume desde Barcelona.
Al reflexionar sobre el desprecio que sentía hacia la hermana de su madre, se preguntó qué la había llevado realmente a romper el vínculo de forma tan tajante, hasta el punto de negar conocerla ante el empleado del consulado.
Paula había abandonado a su familia por un amante y, cada vez que recordaba esa traición, la imagen de Jaume junto a Irene acudía a su mente; temía que él hiciera lo mismo y la abandonara.
A día de hoy, algunos de sus gestos del pasado seguían afectándola sin poder remediarlo. Uno de los que más le dolía era la fotografía que Paula le había enviado años atrás. Aquella imagen demostraba que no era más que la nieta de una sirvienta.
Desde entonces vivía atrapada por ese secreto. No había podido despedir a Irene cuando descubrió su relación con Jaume, ni tampoco podía permitirse enfrentarse a las infidelidades de su esposo.
Bastaría que aquella fotografía saliera a la luz para derrumbar la imagen que había construido durante toda una vida. Sabía que tenía demasiado que perder. Por eso callaba. Por eso soportaba. Por eso seguía siendo la señora de Son Carvall. Levantó la vista y encontró a Jaume mirándola.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? ¿Tienes algo que decirme, querido?
Don Jaume estuvo a punto de reprocharle su mentira y de preguntarle por qué se había negado a conocer el paradero de los restos de su tía Paula, pero decidió no hacerlo. Prefería no alterar la calma que, a sus treinta y cuatro años, sentía en su vida matrimonial.
Cambió su impulso y sonrió:
—Sólo miraba lo hermosa que eres. Nuestra hija se parece a ti.
—¡Pero si Marisa sólo tiene tres años! —respondió ella sonriendo. Después volvió a su lectura.
Don Jaume no insistió en la conversación.
Volvió a sus propios pensamientos, convencido de que, con los años, había sabido gestionar las tierras y la ganadería de Son Carvall con mayor acierto que su padre.
Atribuía la prosperidad de la posesión, desde que la heredó cinco años atrás, a su carácter emprendedor, al trabajo de los jornaleros y a la eficacia de sus administradores y asesores.
Ese mismo éxito, a su juicio, se repetía en su vida privada con sus seres más cercanos: su hija, su esposa y también su joven amante.
Marisa llamó a su madre. Doña Assumpta se levantó con rapidez para atenderla. Cerró la puerta para evitar molestar a su esposo.
Él dejó el periódico sobre la mesa, abrió una caja de puros habanos que un amigo de la familia le enviaba regularmente desde Cuba y encendió uno.
Disfrutaba de fumar mientras contemplaba el impresionante retrato al óleo que un pintor mallorquín le había hecho unos meses antes. El parecido era extraordinario.
La imagen mostraba la elegancia y el carisma de un hombre que consideraba su vida cercana a la perfección: amante de Irene, esposo de Assumpta y padre de Marisa.
Deseaba con pasión a Irene y no pensaba renunciar a ella bajo ninguna circunstancia.
Apreciaba la discreción de Assumpta, que jamás le reprochaba sus ausencias nocturnas.
Y, por encima de todo, estaba su hija. Apenas tenía tres años, pero don Jaume ya imaginaba el día en que heredaría Son Carvall y prolongaría el linaje con una futura generación de la familia Anglada.
Tres pilares, Assumpta, Irene y Marisa, que convivían bajo el mismo techo en un delicado equilibrio. Sabía que bastaría un sólo error para derribarlos.
FIN del libro 2