Capítulo 131. Irreparable
Después de varias semanas pensándolo detenidamente, don Ricardo decidió por fin deshacerse del caballo de los Alhama. Se dirigió discretamente a los establos, procurando que su madre no lo viera, para poder hablar con Evaristo y hacerle el encargo que exigía absoluto sigilo.
Al entrar en las cuadras, Evaristo lo vio y se acercó:
—Buenos días, don Ricardo. ¿Desea algo?
—Justamente te buscaba. Enséñame el caballo de los Alhama.
—Sígame, por favor. Está en la mejor zona del establo. Recibe un trato especial por orden de doña Matilde.
Al contemplar al animal, don Ricardo sintió que lo observaba con recelo, como si adivinara sus intenciones. Prefirió no mencionar allí el encargo. Una vez fuera de las cuadras, ordenó:
—Evaristo, ven conmigo. Alejémonos un poco más.
El hombre lo siguió obediente. Cuando se alejaron unos metros, Evaristo preguntó:
—¿Ocurre algo, don Ricardo?
—Prefiero hablar de esto lejos de las cuadras: debes envenenar al caballo de los Alhama sin que mi madre lo sepa. Quiero absoluta discreción.
—Tenga usted en cuenta, don Ricardo, que es un caballo especial. Además, existe un compromiso con los Alhama de cuidarlo.
—Lo sé. Aun así, haz lo que te digo. Envenénalo cuando me haya marchado o, como muy tarde, mañana, por si necesitas tiempo para conseguir el veneno.
—¿Qué veneno?
—Supongo que tendrás algún producto para las plagas. Tú sabrás cómo hacerlo.
—Sí, señor —respondió Evaristo, mientras pensaba que quizás el heno de alfalfa envenenado sería la mejor opción.
Evaristo no puso objeciones. Desde niño había aprendido que las órdenes de los señoritos no se discutían.
Sabía que negarse podía costarle el empleo; de modo que cumplió la orden sin comentarlo con nadie.
No entendía la insistencia de don Ricardo por eliminar al animal.
Le sorprendía, además, que actuara a espaldas de doña Matilde, ya que sabía que madre e hijo solían coincidir en lo esencial.
Al día siguiente, Evaristo cerró las puertas de los establos, asegurándose de quedarse solo. Por la estrecha ventana se filtraba una luz tenue que apenas iluminaba los pesebres donde descansaba la media docena de caballos. El aire olía a heno húmedo y a estiércol reciente.
Se acercó al caballo negro de los Alhama. El animal respiraba con inquietud, como si el extraño silencio del establo lo hubiera puesto en alerta. Evaristo se detuvo frente a él. Entre sus manos sostuvo un manojo de alfalfa envenenada durante unos segundos, dudando. Después lo dejó en el pesebre.
El caballo bajó la cabeza y empezó a comer sin sospecha. Evaristo le pasó la mano por el cuello con un gesto breve, casi automático, y retrocedió de inmediato. No quiso quedarse a mirar.
Salió por la puerta trasera con paso rápido, temiendo que alguien pudiera verlo y relacionarlo con lo que acababa de hacer. Mientras se alejaba, sintió un peso denso en el pecho, como si el aire del establo se hubiera quedado adherido a él.
Dentro, el sonido de la masticación del animal continuó, indiferente. A lo lejos ladró un perro. Y en el silencio que siguió, Evaristo comprendió con una claridad helada que lo que había hecho era ya irreparable.
Dos días después de haber ingerido la alfalfa envenenada, el caballo apareció muerto en el establo.
Tras la muerte del segundo caballo de los Alhama, doña Matilde intuyó cómo había ocurrido al advertir el nerviosismo de Evaristo y la extraña actitud de Ricardo al apremiar al veterinario para que certificara el día y la hora de la muerte, especificando que había ocurrido por causas naturales.
Su hijo se empeñó, además, en anular los acuerdos que permitían a los Alhama visitar las cuadras de El Zamacal.
Enterraron al caballo de Paula en el cementerio de caballos, junto al otro que había muerto semanas antes.