Capítulo 130. Caballo muerto
Como cada sábado, doña Matilde aguardaba con ilusión la llegada de su hijo, don Ricardo, y de su joven nuera, doña Virginia.
Solían llegar en coche a media mañana y permanecían hasta la tarde del domingo.
Ese día se levantó temprano y, mientras desayunaba, llegó Evaristo, hombre de confianza de la casa, para comunicarle con urgencia que habían encontrado muerto en las cuadras a uno de los caballos de los Alhama.
—Te refieres al caballo negro de Paula, el más viejo, ¿verdad? —preguntó doña Matilde.
—No, señora. Es el potro joven, el del hijo de don Fernando. Ya sabe usted que los Alhama vienen todos los sábados a ver los caballos, y me preocupa que la hija menor vea el cadáver —respondió Evaristo con seriedad.
—Ese potro es muy joven. Tendrá tres o cuatro años. ¿De qué ha muerto?
—Parece un cólico equino —contestó él.
—Haré venir al veterinario, para que confirme la causa.
Después avisaré al doctor Alhama para que, si lo considera oportuno, no traiga a sus hijos.
¡Dios mío, qué tristeza! —exclamó doña Matilde con un dramatismo totalmente fingido, pues aquellos caballos no le interesaban en lo más mínimo; más bien le resultaban una molestia, ya que cada semana debían abrirles las cuadras a los Alhama.
—Sí, es una pena —dijo Evaristo sin variar el tono.
—Ocúpate de cerrar bien los establos. Que nadie entre.
—No se preocupe, señora —respondió Evaristo antes de salir.
Doña Matilde volvió a quedarse sola, sumida en sus pensamientos, como si buscara la forma adecuada de comunicarle la noticia al doctor Alhama.
En cuanto don Ricardo y su esposa llegaron, doña Matilde les informó de lo sucedido y de que ya había avisado al doctor Alhama y al veterinario, a los que esperaban de un momento a otro. Entonces, don Ricardo expresó en voz alta:
—En estas circunstancias, no sería mala idea que nos deshiciéramos también del otro caballo.
Durante unos segundos, el silencio llenó la estancia. Doña Matilde, reclinada entre cojines en el sofá, valoraba la propuesta; pero fue doña Virginia quien reaccionó:
—No puedo creerlo. ¿Cómo puedes pensar en quitarle al muchacho el único caballo que le queda, el que fue de su madre? Acaba de perder uno. Por favor.
—Estamos cansados de ver a los Alhama cada semana. El otro día incluso trajeron a un retratista y se hicieron fotos con los caballos —dijo don Ricardo.
—¿Y qué perjuicio causan? Sólo vienen un rato a ver sus caballos —respondió doña Virginia con calma.
Doña Matilde respaldó a su nuera y, al dirigirse a su hijo, afirmó:
—Virginia tiene razón. No podemos impedirles que vengan. Por cierto, la niña estaba encantadora con su vestido de lunares, posando para la fotografía subida al caballo de su madre.
—¿Vamos a permitir que sigan trayendo fotógrafos al cortijo? —preguntó don Ricardo con desdén.
—Sólo ha ocurrido una vez. Además, existe un acuerdo con los Alhama, firmado ante notario, que les permite venir cuando quieran a ver sus caballos —comentó doña Matilde.
—Si no hubiera caballos, se acabarían sus visitas a El Zamacal. Por eso propongo deshacernos del caballo viejo. Es la manera más segura de poner fin a este asunto.
—replicó don Ricardo, a la defensiva.
—¿Qué problema? El verdadero problema lo tendremos nosotros si le hacemos daño a un caballo nacido en las cuadras de La Quintana —dijo doña Matilde.
—¿Por qué dice usted eso? —preguntó doña Virginia.
—Porque en esta casa siempre se ha dicho que quien maltrate a un caballo nacido en las cuadras de La Quintana acabará pagándolo con años de desgracias —explicó doña Matilde.
—Eso son supersticiones —contestó don Ricardo, visiblemente molesto.
—Tal vez esté exagerando —añadió doña Virginia con ironía, dejando escapar una risa sutil.
Doña Matilde trató de reconducir la conversación:
—Escuchad. Nos estamos desviando del asunto principal. Cuando llegue el doctor, debemos facilitarle las cosas. Podemos ofrecerle enterrarlo en nuestro cementerio de caballos. Es un lugar autorizado.
—Me parece bien —admitió don Ricardo, sin ánimo de contrariar a su madre.
—Olvídate del caballo de Paula, hijo. Considéralo intocable. No queremos cargar con maldiciones ni con años de mala suerte —insistió doña Matilde.
La firmeza con la que su madre le hablaba, delante de su esposa, incomodó a don Ricardo. Entretanto, doña Virginia exclamó:
—¡Al diablo con los caballos de los Alhama! Hemos venido a disfrutar del fin de semana. Me voy a dar un paseo, ¿vienes, Ricardo? —dijo doña Virginia.
—No. Ve tú sola, me quedaré con mi madre a esperar al doctor Alhama —respondió don Ricardo, mientras una idea oscura, relacionada con el caballo negro de Paula, comenzaba a abrirse paso en su pensamiento.
Decidió darse un margen de unas semanas para reflexionar ya que era un animal viejo, cercano a los treinta años; no sería una gran pérdida para los Alhama.
Doña Matilde observó a su hijo con detenimiento. Lo conocía tan bien que a veces creía adivinar sus pensamientos. La posibilidad de acabar con la vida del caballo de Paula la perturbó y, cuando se quedaron a solas, su voz tembló ligeramente al decir:
—Ricardo, debemos cuidar del caballo de Paula con la misma dedicación y esmero que si fuera nuestro, como si hubiéramos hecho una promesa sagrada.
—No se preocupe, madre —respondió él con escasa convicción—. Los Alhama han sido nuestros vecinos durante años y son buena gente. En realidad, no nos causan ninguna molestia cuando vienen.
—No debemos olvidar la maldición de las cuadras de La Quintana —insistió doña Matilde.
—¿Cómo puede creer en esas supersticiones? —replicó don Ricardo, visiblemente irritado.
Doña Matilde carecía de argumentos sólidos para convencerlo, y optó por no discutir. En ese momento, la conversación quedó interrumpida al oír la llegada del coche del doctor; ambos salieron a recibirlo.
El doctor Alhama aceptó la propuesta de enterrar el caballo de su hijo en el cementerio equino de El Zamacal.
Sin embargo, puso dos condiciones: la primera, estar presente en el entierro para conocer el lugar exacto donde reposaría el animal y poder indicárselo a su hijo; la segunda, obtener un certificado del veterinario que confirmara que la muerte se había producido por causas naturales, tal como afirmaba doña Matilde.