Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 129. Breve nota
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Capítulo 129. Breve nota

Una de las sirvientas de Son Carvall llamó suavemente a la puerta del despacho de don Jaume.

Tras recibir permiso, entró y se aproximó a él, que permanecía sentado ante su escritorio.

Lo saludó y le entregó un sobre que había encontrado en el suelo de la biblioteca, probablemente caído de algún libro durante la limpieza de los estantes.

Don Jaume lo cogió y aguardó a que ella saliera antes de usar el abrecartas para levantar la solapa.

Pronto advirtió que el sobre ya estaba abierto.

De su interior extrajo una fotografía antigua.

En ella reconoció a su padre junto a su primera esposa, doña Carmen de La Fuente, acompañados por una sirvienta. En el reverso había una breve nota:

“Querida Assumpta,

Aquí puedes ver a tu abuela Lola cuando era sirvienta en la casa de los señores de Son Carvall. No olvides nunca tus orígenes humildes aunque ahora seas la señora.”

La firma, clara y legible, era de Paula Sureda.

Don Jaume volvió a colocar la foto en el sobre, se levantó y fue hasta la estancia contigua para entregárselo a su esposa.

—Assumpta, este sobre te pertenece.

Ella lo reconoció al instante y preguntó, alterada:

—¿Por qué lo tienes tú?

—La sirvienta lo encontró en el suelo de la biblioteca.

—No tiene importancia. Es sólo una fotografía —respondió ella.

—¿Tu abuela se llamaba Lola y trabajó en Son Carvall? —preguntó don Jaume. Él mismo se respondió—: Es evidente que así es.

Él le extendió el sobre con la fotografía.

En ese momento, doña Assumpta habría podido explicar que los años de servicio de su abuela en Son Carvall no definían el destino de la familia, pues una inesperada herencia la había convertido después en propietaria del cortijo cordobés La Quintana.

Sin embargo, cualquier explicación habría sonado a justificación.

Prefirió mantener la postura erguida, casi desafiante, a pesar de saber que nada borraría los seis años de su abuela como sirvienta de la familia Anglada, la clara evidencia de la condición humilde de su familia cordobesa.

Se limitó a decir:

—Así es. Paula Sureda es mi tía y Lola Montes, mi abuela.

—Me gustaría saber por qué nunca me hablaste de ellas —dijo don Jaume con tono neutro.

Doña Assumpta comprendió que su esposo había descubierto la fotografía en el peor momento, justo cuando ella había decidido despedir a Irene, su amante.

Este descubrimiento la había golpeado donde más le dolía. Durante años había cultivado una imagen de respetabilidad y linaje que ahora aparecía surcada por una grieta imposible de ignorar. Respondió, no obstante, con firmeza:

—Como ya te he dicho en otras ocasiones, aparte de mi abuelo Pascual y mis padres, no he tenido más familia a la que querer. Tú eres mi única familia. Mi abuela Lola ha muerto y mi tía Paula no existe para mí.

Él no contestó. Asintió levemente y salió del salón, dejándola sumida en sus pensamientos.

Doña Assumpta permaneció inmóvil, con la imagen aún entre las manos.

Por primera vez en mucho tiempo tuvo la sensación de que el suelo firme sobre el que había construido su autoridad comenzaba a resquebrajarse.

El apellido Villalonga ya no le otorgaba la fuerza moral ni el prestigio social que creía necesarios para estar a la altura de los Anglada e imponer su incuestionable determinación.

No sólo tendría que renunciar a despedir a Irene, sino que también debería aprender a soportar los rumores sobre la infidelidad de su esposo. Aquella certeza le resultó más amarga que la propia fotografía.