Capítulo 128. La heredera
Incluso el pequeño Jordi Mayans, que empezaba a dar sus primeros pasos, tuvo su momento de protagonismo. Don Jaume siempre había mostrado cierto interés por el hijo del amo Tomeu, aunque, desde el embarazo de su esposa, había dejado de prestarle demasiada atención.
Pocos días después del nacimiento, decidió tomar a Jordi de la mano y, acompañado de Tomeu, conducirlo hasta la casa principal.
—Tomeu, tu hijo será un hombre fuerte. Basta ver cómo se aferra a mi mano —dijo don Jaume, soltando una carcajada.
—Tiene usted razón —respondió Tomeu con una sonrisa.
Al llegar al portal, don Jaume se dirigió a Tomeu:
—Puedes irte. Voy a llevar a tu hijo a que conozca a mi hija. Después, Irene lo acompañará a tu casa.
Tomeu asintió y regresó a sus faenas.
Mientras se dirigían a la sala donde estaba la heredera, don Jaume le dijo al pequeño:
—La futura señora de Son Carvall se llama María Luisa Magdalena Esperanza Anglada i Villalonga, pero todos la llamaremos Marisa. Tendrás que aprender ese nombre.
—Sí —contestó Jordi con su voz infantil, asintiendo.
—Deberás tratarla siempre con respeto y obediencia.
—Ma —exclamó el niño con alegría.
—Debes decir “Marisa”. No “Ma” —lo corrigió don Jaume.
—Ma —repitió Jordi.
En ese momento, la recién nacida se movió en la cuna. El pequeño se acercó con pasos inseguros y, desde su pequeña estatura, se puso de puntillas y se sostuvo de los barrotes para mirar en su interior. Una carita redonda y sonrosada le devolvió una sonrisa entre telas blancas.
A pocos pasos, doña Assumpta conversaba con dos amigas.
—Assumpta, ¿ya tienes preparada la ropa para el bautizo? Es importante organizarlo todo con tiempo —dijo una de ellas.
—Sí, ya está preparada. Es un antiguo faldón de organza de seda blanca, el mismo que usé en mi propio bautizo. Tiene un gran valor sentimental para mí.
—Me encanta la organza. Es una tela maravillosa —comentó la otra.
Él escuchaba sin intervenir. La niña permanecía despierta, tendida boca arriba, vestida con un faldón de seda y encaje bordado, y una capota de organdí.
Jordi, aún sujeto a los barrotes de la cuna, se volvió hacia don Jaume y exclamó:
—¡Ma!
Las señoras, que hasta entonces no habían reparado en la presencia de ambos, se volvieron hacia el pequeño. Con tono alarmado, doña Assumpta dijo:
—¡Jaume! ¡Por el amor de Dios! No dejes que ese niño la toque. No quiero que la ensucie ni le contagie nada.
Él se acercó, apartó con suavidad las manos de Jordi de los barrotes, sacó un pañuelo y los limpió con cuidado.
—No puedes tocar a Marisa, ¿de acuerdo? —le dijo don Jaume a Jordi.
El pequeño asintió.
—Muy bien. Sé que eres listo —concluyó.
Doña Assumpta volvió a dirigirse a sus visitas y cambió de tema mostrando su descontento:
—El problema de algunas enfermedades nace de la falta de higiene, y gracias a Dios que…
Don Jaume no se quedó a escucharla. Guio al pequeño hasta la salida y buscó a Irene, se acercó y le pidió con cortesía:
—Por favor, acompaña al niño de vuelta con su madre.
Al acercarse a ella percibió el perfume discreto de su cabello. La oyó responder:
—Sí, enseguida.
—Ah, por cierto. El niño tiene las manos sucias. Debió de jugar con tierra y ha manchado la cuna —añadió él en voz baja, con tono confidencial.
—¿Jugar con tierra? Claro. La tierra puede ser un buen juguete —contestó Irene.
—La tierra no es un juguete. La tierra es para trabajarla —afirmó él con firmeza.
En ese momento doña Assumpta salió a despedir a sus visitas, de modo que Irene respondió con brevedad y respeto:
—Tiene usted razón.
Irene acompañó a Jordi y, tras alejarse unos pasos, se agachó para susurrarle:
—Algún día te compraré una palita para que juegues con la tierra sin ensuciarte. ¿Te gustaría?
Jordi asintió. Ella no supo si la había entendido, pero lo alzó en brazos y le dio un beso sonoro y cariñoso en la mejilla.
Don Jaume subió por la escalera principal y recordó su conversación con Irene: «La tierra es para trabajarla y explotarla», se repitió. No concebía que pudiera ser de otro modo.
Al evocar el aroma del cabello de Irene, volvió a encenderse la pasión que sentía por ella y que tanto se esforzaba por ocultar.
Irene tenía veinte años, y él la deseaba con intensidad.
Se recordaba una y otra vez que era un hombre casado, padre de familia y dueño de una posición respetable; sin embargo, cada vez que pensaba en Irene sentía renacer el deseo de estrecharla entre sus brazos.