Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 127. Artes adivinatorias
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Capítulo 127. Artes adivinatorias

Desde el pasillo, tras la puerta cerrada, Aina oía el sonido del agua en la bañera donde doña Assumpta se lavaba.

—¿Se encuentra bien, señora? ¿Necesita algo? —preguntó Aina.

—No te necesito. Puedes irte. El señor llegará pronto —respondió doña Assumpta.

Aquello era justo lo que Aina esperaba oír.

Hacía días que observaba que la señora, pese a la felicidad de su embarazo, no terminaba de encontrar sosiego.

Había escuchado el rumor de que una vieja del pueblo, con supuestas artes adivinatorias, le había anunciado a doña Assumpta que tendría un sólo hijo y sería una niña.

Aquella predicción no encajaba con sus deseos, pues anhelaba un varón que asegurara la continuidad del apellido Anglada.

Cuando don Jaume llegó a casa, doña Assumpta ya había terminado el baño y descansaba acomodada en el sofá, con los pies sobre un taburete, vestida con camisón y bata.

—¿Cómo te encuentras, querida? —preguntó él.

—Tengo los pies algo hinchados, pero no es grave —dijo ella, y agradeció mudamente cuando Jaume se arrodilló para masajearle los pies. La presión de sus manos le resultó reconfortante. Se sentía cómoda en el salón, rodeada de objetos valiosos, alfombras de calidad y el piano que a veces tocaba.

—Estás muy callada. ¿En qué piensas?

Observó el rostro de su esposo y creyó descubrir en él ciertos rasgos que le recordaban a Magdalena.

Aquella semejanza la hizo pensar en los comentarios, a veces malintencionados de su cuñada, sobre su falta de hijos hasta que logró quedarse embarazada.

No compartió aquellos pensamientos, pero sí habló del sexo de su futuro hijo:

—Siempre hablas de nuestro hijo como si fuera un varón. ¿Y si es una niña?

—Es sólo una manera de hablar —respondió él.

—No me has contestado. ¿Y si es una niña?

—Lo fundamental es que nazca sano.

—Lo has dicho otra vez, querido.

—¿Qué he dicho?

—Ha dicho “sano”, no “sana”. Tu inconsciente te traiciona.

—El sexo no importa. Además, tendremos más hijos —aseguró él.

—No, Jaume. No tendremos más.

—¿No quieres más hijos?

—No es eso —respondió ella con tristeza.

—Entonces, ¿qué quieres decir?

—No me hagas caso. Es una tontería —concluyó la señora de Son Carvall, acariciándose el vientre, orgullosa ante la idea del futuro heredero de los Anglada.

Aquel pensamiento eclipsaba cualquier otra preocupación y todo lo demás perdía importancia para ella. Aunque hacía tiempo que sospechaba la naturaleza de la relación entre Jaume e Irene, prefirió apartar aquellos pensamientos de su mente. Se convenció de que todo terminaría cuando naciera el niño.

Esa misma noche, mientras doña Assumpta dormía, don Jaume salió al balcón para fumar un cigarro.

Desde allí contempló el cielo estrellado, las extensas tierras fértiles y el agua que descendía desde la Sierra de Tramuntana por antiguas canalizaciones que regaban los huertos.

Era consciente de que la posesión Son Carvall había sido, durante más de dos siglos, uno de los pilares esenciales de la economía mallorquina.

El transporte de mercancías hacia puertos y mercados había sido complejo, primero mediante carros tirados por mulas y, con el paso del tiempo, sustituido en parte por camiones.

Sin embargo, desde la guerra, la producción de Son Carvall apenas había progresado.

La falta de maquinaria moderna y las dificultades para importarla obligaban a posponer proyectos que consideraba imprescindibles.

Aquellos pensamientos se enlazaban con uno de los momentos más decisivos de su vida: la próxima llegada de su hijo. Aunque su papel al frente de la empresa familiar era esencial, su futura paternidad adquiriría una relevancia igual o incluso mayor.

Comprendió que ambas cuestiones estaban íntimamente ligadas. Un heredero en la familia Anglada representaba la continuidad de su esfuerzo, daba sentido a su trabajo y lo mantenía atento a cualquier oportunidad.

Hasta entonces había dedicado casi todo su tiempo a planificar y supervisar los negocios de Son Carvall, siempre bajo la orientación de su cuñado, don Alfonso García, y del propio amo de la posesión. Pero con el nacimiento de su hijo tendría que ordenar su vida con mayor equilibrio.

De pronto, don Jaume distinguió a lo lejos la figura legendaria del jinete del aire, que cabalgaba majestuosamente sobre la colina. Interpretó aquella visión como un signo de prosperidad y esbozó una sonrisa.

Convencido de su buena suerte, no contempló la posibilidad de que el niño no llegara a nacer o incluso pudiera morir.

Confiaba plenamente en la leyenda del jinete del aire, que, como un espejismo, recorría sus tierras tanto para anunciar nuevos herederos en la familia Anglada como para despedirlos al final de sus vidas.

Cuando la figura del jinete se desvaneció en el horizonte, don Jaume permaneció unos instantes contemplando sus tierras. Después regresó al interior de la casa, se acomodó en su sillón favorito frente a la crepitante chimenea, convencido de que el porvenir le pertenecía.