Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 126. En la vendimia
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Capítulo 126. En la vendimia

Don Jaume llegó a la casa del amo Tomeu. La puerta estaba abierta; asomó la cabeza y saludó a Aina:

—Buenos días. He venido a buscar a tu marido.

—Buenos días, don Jaume. Tomeu está en la vendimia. Se levantó muy temprano —respondió ella.

El señor de Son Carvall asintió y se encaminó hacia los viñedos, acortando el trayecto por el pequeño huerto situado detrás de la casa.

A medida que se acercaba, las voces de los jornaleros se hicieron más nítidas y el olor de la uva madura se volvió más intenso.

Inspiró hondo mientras observaba a Tomeu, que, con los brazos desnudos y bronceados por el sol, cortaba los racimos y los colocaba en cajas de madera apilables para cargarlas después en el carro junto al camino.

Lo hacía con la seguridad que le daba la experiencia.

Al ver a don Jaume, Tomeu pensó que había ido a supervisar el trabajo de los jornaleros. Se apresuró a saludarlo y se dio cuenta de que se había equivocado cuando don Jaume se ofreció:

—Buenos días, Tomeu. He venido a echar una mano. Traigo unos guantes. Dime en qué puedo ayudar.

Su presencia en el viñedo estaba motivada por el deseo que sentía por Irene.

Tenía la intención de reanudar su relación amorosa con ella, pues, desde que se enteraron del embarazo de Assumpta, ella le había dejado claro que no deseaba mantener relaciones íntimas hasta después del parto.

Por eso le había pedido a Irene que acudiera a media mañana con algo para merendar.

Tras un rato trabajando junto a los jornaleros y aprovechando una pausa de éstos, don Jaume se apartó discretamente del viñedo para reunirse con Irene. Fuera de la vista de los demás, se abrazaron como dos amantes que, tras semanas separados, por fin vuelven a encontrarse.

—Ven conmigo. Conozco un lugar tranquilo cerca de aquí —dijo él.

Ella aceptaba aquellos encuentros en secreto, pero esta cita al aire libre le pareció un gesto distinto. Sonrió mientras caminaban cogidos de la mano.

—Aquí nadie nos verá. Extiende el mantel en el suelo —ordenó él.

—Le he dicho a Aina adónde iba. Sabe que estoy contigo. No puedo quedarme mucho tiempo… —empezó ella.

Él no la dejó terminar. Se arrodilló frente a ella y susurró:

—No sabes cuánto te deseo.

—¿Cuánto? —preguntó ella, con una leve sonrisa pícara.

—Ahora, más que nunca. No sabría cómo vivir sin ti.

Irene lo miró en silencio. Había en sus palabras algo que la desarmaba y la sostenía al mismo tiempo, como si en ellas se confirmara una elección que ya había tomado sin admitirlo del todo.

Don Jaume le apartó con suavidad una greña de la cara y la atrajo hacia sí.

Irene no se resistió. Sintió los labios de su amante acariciándole el cuello y el cálido aliento envolviéndola, provocándole un delicioso escalofrío.

El mundo se redujo al calor, al contacto, a la cercanía de un cuerpo conocido.

Todo lo demás quedó suspendido, como si el campo entero hubiera dejado de existir por unos instantes.

Anhelaba volver a pertenecer al hombre que amaba y, al mismo tiempo conservar cierto control sobre él.

Cerró los ojos y se dejó llevar por la pasión del señor de Son Carvall, sintiendo que la fuerza irresistible del deseo volvía a unirlos.

Cuando volvió a abrirlos, el silencio parecía más denso.

Se apartó despacio y comenzó a arreglarse el vestido. Don Jaume hizo lo mismo, sin prisa.

No estaban lejos de los viñedos. El calor aumentaba y el aire arrastraba el aroma de la tierra seca y de la uva madura.

Caminaron en silencio. Jaume tomó la mano de Irene durante unos metros, sin mirarla. Luego la soltó. Se separaron hacia caminos opuestos, como si nada hubiera ocurrido.

A lo lejos volvieron a escucharse las voces de los jornaleros, cada vez más claras.

De alguna forma, ese sonido los devolvía a ambos a un mundo que fingían no haber abandonado; Assumpta cruzó fugazmente el pensamiento de Jaume, pero se desvaneció entre las voces del viñedo, cada vez más cercanas, y el recuerdo todavía cálido de Irene.

Al regresar a la casa señorial, Irene divisó a lo lejos a Aina y se detuvo para esperarla. Se sentía satisfecha por lo ocurrido y, en el fondo, sabía que seguía enamorada del señor de Son Carvall, aunque cada encuentro con él la ataba un poco más a un destino incierto.

Irene y Aina se encontraron en el cruce de caminos. Esta última levantó con cuidado una punta del mantel. Sonrió al ver la comida intacta y preguntó con ironía:

—¿Su majestad no tenía hambre?

—Parece que no —respondió Irene, riendo con dulzura.

—¿Tal vez tenía otros apetitos? —añadió Aina.

—Tal vez —repitió Irene, con una expresión sugerente en la mirada.

—¿Y si buscamos un rincón tranquilo y merendamos? —dijo Aina.

—Me parece bien.

Si había alguien a quien Aina apreciaba y respetaba, esa persona era Irene. Quizás porque ambas habían crecido bajo el mismo techo, marcado por privaciones y obediencia. Aina conseguía ver más allá de la belleza y juventud de su amiga, y reconocía la inteligencia que se adivinaba en su mirada.

Aunque no vivieran juntas y su esposo fuera su mejor confidente, era a Irene a quien recurría para compartir ciertos secretos y preocupaciones. En aquel instante percibió en ella una felicidad nueva, una luz radiante que sólo el amor del señor de Son Carvall podía explicar.

Desde ese momento, Aina decidió encubrir la relación de los amantes.

Cuidaba cualquier detalle que pudiera delatarlos.

Incluso se lo ocultó a Tomeu, porque sabía muy bien cómo reaccionaría si lo supiera: no habría comprensión.

Tanto reprocharía la imprudencia de Irene como el adulterio de don Jaume.

Irene y Aina caminaron abrazadas por la cintura, envueltas en los sonidos del campo, mientras las sombras de los pinos centenarios parecían aguardarlas con su calma y su aire ancestral.